martes, noviembre 29, 2016

Espejo Mágico

       Andrés había ahorrado durante meses para comprar un espejo mágico. Desde que lo viera en un programa de tele-tienda, en una de sus innumerables noches en vela, quiso aquel espejo al que podría preguntar quién era el más guapo del barrio, más que nada por confirmar lo que ya suponía. Andrés había echado muchos años de gimnasio para moldear unos músculos de escultura griega. Ponía especial celo en su cuidado personal: se trataba el cutis con las mejores lociones, perfilaba sus cejas en cuanto un vello escapaba del perímetro de la decencia y mantenía su pelo a raya con ungüentos subyugantes. Andrés también se había operado de la miopía, no para ver mejor sino para quitarse unas gafas que le hacían los ojos muy pequeños. Se sometía a blanqueamientos dentales como el que va al bar de abajo y tomaba pastillas para que sus ojeras no pareciesen dos solapas negras cayendo sobre las mejillas. Andrés se untaba en cremas y tenía una piel tan suave como la espalda de una rana. En verano se cuidaba de tomar el sol sin protector y en invierno disfrutaba con un soplo de viento gélido que le estirase las patas de gallo. Además, estudiaba con denuedo cada revista de moda y luego se iba de tiendas para encontrar el modelito más actual. Andrés, en resumen, estaba hecho un pincel.
Ese día madrugó para ponerse bien guapo. Un sms del distribuidor le informó la tarde anterior de que su paquete llegaría a primera hora de la mañana. Tomó un desayunito frugal de fibras y frutas. Se duchó y se enjabonó con metódica obsesión. Se afeitó, primero hacia abajo y luego hacia arriba. Se perfumó. Se peinó, bien engominado. Se puso ropa sin estrenar, tan moderna que parecía recién salido de una película antigua. No iba a dejar que, por un descuido, se le estropease la experiencia con su espejo nuevo.
Cuando el repartidor de SEUR le entregó el espejo en la puerta de su casa, Andrés estaba ya tan nervioso que poco faltó para que lo destrozase en el corto trayecto hasta la habitación. Por suerte, el paquete venía bien embalado y los trompazos los amortiguaba el corcho que lo cubría. Esto no impedía que, a cada golpe, el espejo se quejase con firmeza: “Ay, ay, tenga usted cuidado” le decía, “que no soy de piedra”. Y Andrés se reía por lo bajinis, ji ji ji, contentísimo con escuchar al espejo opinando antes de sacarlo de su caja.
Lo colocó en una esquina de su habitación, convenientemente girado para que la luz del ventanal le llegase sesgada, evitando las sombras y buscando la iluminación natural de los reportajes del Men’s Health. Se aclaró la voz con un carraspeo y preguntó:
- Espejito, espejito ¿quién es el más bello de la barriada?
El espejo se tomó un tiempo y, tras varios crujidos del marco de madera de pino, contestó con tajante voz de barítono:
- No me atrevo con los juicios impepinables, señor. La belleza es cosa subjetiva. Ya dijo George Sand que la belleza exterior no es más que el encanto de un instante y que la apariencia del cuerpo no siempre es el reflejo del alma.
Andrés se quedó estupefacto frente al espejo, pues no esperaba esa respuesta, así que insistió:
- Espejito, espejito ¿pero no es verdad que yo soy el más guapo de toda esta parte de la ciudad?
- La razón se compone de verdades que hay que decir y verdades que hay que callar - Respondió el espejo, sin atender al gesto de contrariedad que asomaba en el rostro de Andrés.
- Pero ¿qué mierda de espejo mágico eres tú? Ya me parecía a mí que costabas muy poco como para ser un espejo mágico decente - Dijo Andrés con fastidio.
- Donde hay educación no hay distinción de clases.
- Ni educación ni hostias. Dime quién es el más guapo de todo Legazpi o te calzo un puñetazo que te enseño a contestar - Amenazó Andrés bastante alterado y con el puño ya apretado.
- La violencia es el último recurso del incompetente – alcanzó a decir el espejo justo antes de que un certero golpe de púgil lo partiese en dos.
Entonces la mitad izquierda del espejo dijo con voz más aguda:
- Lo que se obtiene con violencia, solamente se puede mantener con violencia.
Y la mitad derecha añadió con timbre de tenor:
- Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego.
Andrés andaba perdiendo la compostura mientras las dos partes del espejo se enzarzaban en una acalorada argumentación sobre los orígenes de la violencia. En un momento en que la mitad izquierda del espejo citaba las palabras de Martin Luther King, Andrés interrumpió con calma forzada, intentando volver a centrar la conversación:
- De verdad que siento haberos dado un golpe. Pero es que yo he pagado para que me contestéis. ¿No soy acaso el más guapo de por aquí?
- Mire, señor, usted ha creado un cisma, partiendo en dos lo que era uno, todo un cataclismo para un espejo. Entenderá que no nos vamos a enredar ahora con adulaciones. Sea usted guapo o no, que eso ha dejado de tener importancia frente a un asunto de más calado como el que nos atañe, lo que sí le recomendaría es que se curase la herida que se ha hecho en el puño.
- No estaría de más, es cierto. - apuntó el lado derecho - Además, a pesar de lo que acaba de indicar mi otra mitad, le haré notar que una mano sanguinolenta no ayuda a realzar la belleza de nadie, pues añade un toque siniestro que echa bastante para atrás, la verdad.
Andrés, visiblemente alterado, le dio un puntapié al espejo, que se volvió a quebrar. Y luego le atizó un cabezazo que lo rompió en varios trozos más. Multitud de vocecitas atipladas se elevaron desde el marco de madera, todas clamando por el fin de la violencia.
-¡La agresividad contra el frágil destapa la más despreciable de las facetas del hombre! ¡El fascismo de la belleza no nos obligará a cambiar de opinión! ¡Nada es más detestable que el feo vicio de la sinrazón! Es usted realmente feo. Más feo que una rata. El más asqueroso de los hombres, por mucho empeño que ponga en arreglarse como un lechuguino.
Mientras las vocecitas se unían en un solo clamor de gritos fragmentados, Andrés, con el puño y la frente sangrando, había ido al desván y había regresado empuñando un martillo. Con furia desatada, se lio a porrazos con el espejo y a cada golpe los gritos se multiplicaban, primero por cientos y luego por miles. Después, fue a la cocina a por una escoba y barrió todos los pedazos. La bolsa donde los echó era un runrún tumultuoso que no callaba. Bajó a la tirar la bolsa en un contenedor que se transformó en un altavoz a favor de la abolición de lo aparente y contra la dictadura de lo físico. Volvió a subir las escaleras a grandes zancadas, intentando no pensar y conteniendo las lágrimas, con el sabor de la contrariedad agarrado a la garganta. Entró en casa y fue corriendo al baño, donde se miró en el viejo espejo lleno de picaduras que había sobre el lavabo. La sangre manaba con ganas del corte en la frente, chorreaba por su rostro recién afeitado y goteaba sobre la loza, donde se deslizaba haciendo meandros hasta el desagüe. Observando su malogrado reflejo, preguntó con voz temblorosa:
- Espejo mío, en el que tantas veces me he mirado, ¿no es verdad que tú siempre pensaste que yo era el más guapo?
El espejo no contestó.
- ¿No me vas a contestar? - Volvió a preguntar. - ¿También crees que soy un asco?
- No sé, Andrés. - contestó el espejo. - Yo no he visto a mucha gente y tampoco tengo mucho que decir, soy un espejo barato. A mí no me pareces feo, pero esa raja en la cara no te no favorece nada, las cosas como son.
Andrés se echó a llorar, incapaz de aguantar por más tiempo. Quizás habría sido mejor no preguntar y ahora que lo había hecho, querría no haber oído la respuesta. Si algo había aprendido de esta lección, es que tendría que haber ahorrado más para comprar un espejo de los buenos, uno de los que dicen la verdad.

martes, noviembre 08, 2016

Leche


Cuando no ocurría de manera más o menos improvisada, en mitad de una noche partida repentinamente en dos, la mujer prefería sentarse con su bebé en la butaca de piel cuarteada, frente a la ventana del salón. Durante muchos meses, dio a su hijo de mamar mientras se entretenía mirando a los transeúntes por la rendija que dejaba entre las cortinas. Se mecía con parsimonia e invitaba al bebé a tomar más leche susurrándole siempre al oído: “así se hace, muy bien, mi pequeño, sigue así, un poquito más, así me gusta…”, hasta que una gota amarillenta y densa se escapaba de entre los labios del niño, resbalaba dubitativa por la barbilla y anunciaba que, aunque el ansia pidiera seguir, el estómago no daba más de sí.

En un hostal pequeño de un pueblo también pequeño, en una habitación malamente iluminada de ventanas escuetas y visillos desgastados, el chico y la muchacha se desvestían con lentitud. Se tocaban con la delicadeza dubitativa de los primeros encuentros, esos en los que cada movimiento forma parte de una coreografía improvisada que no admite atropellos. Tumbado sobre las ásperas sábanas de la cama, el chico se extasió por primera vez frente al cuerpo desnudo de la muchacha. Trazaba con la mano el camino caprichoso de sus lunares, enroscaba divertido un dedo en los rizos morenos de su pubis y repasaba con caricias la areola de sus tetas. Después de besarle en los labios, el chico deslizó su lengua por el mentón, hizo un charquito de saliva en el hueco del cuello y siguió bajando cada vez con más premura y menos sigilo hasta un pezón. “Sigue así, eso me gusta, así se hace, muy bien, un poquito más”, dijo ella, y a él le entraron ganas de beber leche. El pezón se le antojó menos apetecible, sin saber muy bien por qué, pero lo chupó con más brío por no dejar que se notase la distracción. “¡Ay!” se quejó la muchacha y él levantó su mirada para disculparse, como un crío alzando la vista para pedir perdón por sus enredos. Hicieron el amor muchas veces aquel fin de semana y cada vez que la chica se moría de placer, al chico se le venía a la mente su madre.

Desde la barra de latón de esta cafetería antigua, el hombre observa a los transeúntes caminar por la calle. Sentado al lado de esta amiga que tanto le gusta, le cuenta con una sonrisa la historia de una muchacha cuya locuacidad en la cama le arruinaba la pasión. El hombre sabe que hablar de aventuras antiguas no le ayuda en su propósito, pero no encuentra mejor manera de pedirle, entre bromas y circunloquios, que guarde silencio el día en el que finalmente acaben en una cama.

Música Underground


No quiero conversar con nadie cuando me dirijo al trabajo por las mañanas. Tampoco me apetece escuchar a músicos que se buscan la vida en escaleras y vagones del metro. Por fortuna, no suelen madrugar y dejan sus repertorios para por la tarde.
 
Casi todos.

Uno de ellos recorría la línea 1 muy de mañana con una guitarra eléctrica y un micrófono que alteraba tanto su voz como la calma matinal del vagón. Este hombre tocaba una sola canción, hablar de repertorio sería exagerado. La primera vez que lo escuché reconocí los acordes de una canción que no atinaba a acertar. El hombre se empleaba a fondo en su entonación, con afán de concurso televisivo, y acompañaba la melodía con punteos virtuosamente exagerados, que son los que aflojan los monederos. Cantaba en inglés con voz engolada y con un acento latino que, de tanto que se empeñaba en ocultarlo, ponía muy de manifiesto. Luego recordé que había oído esa canción, Father and Son de Cat Stevens,  por primera vez en un disco de Francis Dunnery, un visionario que acabó entregado a la práctica de la astrología. La versión de Dunnery era sobria y elegante y me gusta más que otras, acaso porque fue la primera que escuché. La original es meliflua y me aburre como casi todo en Cat Stevens. La adaptación que este hombre interpretaba en el metro me estaba sacando sin remedio de mis casillas. Aún así, reconociendo su impetuosa entrega eché unas monedas al cepillo.

En la canción, un padre mantiene un diálogo con su hijo. El padre, que está satisfecho con la vida que ha llevado, le recomienda al hijo que no haga locuras, que no tire por la vía de Tarifa, que no se enrede en fantasías y que asuma la vida sencilla, que se le coge el gusto a no ser nadie. El hijo ha visto una oportunidad, no dice cuál, la vida ofrece escapar y jugárselo todo a una. El padre insiste, olvídate de eso, échate una novia, deja los sueños para los del colegio de pago. El padre dice quédate. El hijo dice me largo. Yo, en secreto, apoyaba al hijo.

La crónica de este paripé musical se repitió durante algunos meses. El intérprete aparecía con su guitarra y me hablaba como el padre que no era mientras yo replicaba desde mi asiento como el hijo rebelde que nunca fui. Poco a poco, la canción terminó por diluirse entre el traqueteo del tren y los anuncios de las estaciones y pronto dejé de prestarle atención.

Pero llegó el verano y un día sonó diferente. Mientras unas estrofas las cantaba el de siempre, las siguientes las entonaba con desgana un muchacho cuyo rostro se parecía inconfundiblemente al que ya conocía bien. Tenía que ser su hijo. Fue la última vez que vi al músico madrugador de la línea 1.

Pienso muchos días en ese chico y en cómo su padre le invitaba, seguramente sin darse cuenta, a seguir tocando en el metro cada día, pasando la gorra para ganarse la vida. Quizás el muchacho, siguiendo su voluntad discordante, acabara sentado un día en un vagón de metro, como yo hago cada día, leyendo un libro hasta el final de la línea para subirse a continuación a un autobús que le llevaría a una parada a las afueras de Madrid.

Y quién sabe si, de haber echado a correr un día sin atender a consejos ajenos, no sería yo el que le estaría recordando desde el otro lado del vagón, con una guitarra y un altavoz, que ninguno de los dos quisimos ser como nuestros padres.
 

martes, octubre 18, 2016

Mi tío Mamerto

Hace unos días volví a ver a mi tío Mamerto. No recuerdo cuándo fue la última vez que nos encontramos, quizás haga más de diez años, pero no me equivocaría mucho si dijese que casi todas las semanas me acuerdo de él.


En las comidas familiares, llegando a ese punto en el que ya no hay más que añadir, mi hermano y yo recurrimos a la rutina de imitar a nuestro tío. Hemos desarrollado la habilidad de dar circunloquios alrededor de este tipo de ligerezas con tal de no arriesgarnos a entrar en lo personal. La risa que nos provoca recordar su carácter hiperbólico es un salvavidas tan efectivo que difícilmente podría señalar una sola de las preocupaciones que aquejan a mi familia. Creo que todos preferimos que sea así. Se duerme mejor.

Durante todo este tiempo en el que no supe nada de mi tío, no obstante, me acostumbré a hablar de él casi con cualquiera a quién quisiera entretener. Enumerando sus exageraciones (llegó a trocear un queso manchego entero como aperitivo en una tarde en que mis padres fueron a visitarle), inventándome en su nombre menús pantagruélicos (un espeto de atunes para merendar, una vaca frita de desayuno…), imitando su voz nasal y sus resoplidos al hablar y remedando los apelativos nada cariñosos con los que se refería a casi cualquiera al que mentase – Ramonín era un matao y su amigo el Bellido un pelapollas jarto de vino fino - acabé por convertir a mi tío en un personaje de chiste del que todos mis amigos acabaron sabiendo.

Así que, cuando hace unas semanas volví a verlo, se me ocurrió que tenía que hacerle una foto para refrendar que yo no voy por ahí inventándome a mis tíos. Lo más complicado era encontrar el momento adecuado y hacerlo sin que nadie se percatase. Estábamos en el velatorio de Manuel, otro de mis tíos que en paz descanse,y no podía ir por ahí con mi teléfono apuntando con descaro al personal. Mamerto se movía de un lado para otro, sin descanso, saludando efusivamente y dando muchas opiniones peregrinas. La sala del tanatorio estaba abarrotada por mucho primo y mucha prima, y yo arrastraba los pies en esa atmósfera luctuosa, y sentía mucha pena por ver cómo se marchan aquéllos a los que más queremos. Este dolor, que me venía de natural y cuya intensidad quería atesorar para mi catálogo de experiencias abrumadoras, se interrumpía a menudo por la impaciencia de fotografiar a mi tío. Entre apretones de manos y besos a parientes lejanos desconocidos, entre palabras de consuelo con el gesto contraído y otros menesteres propios de un funeral, me hallaba sacando el móvil del bolsillo y ensayando el disparo de reojo.

La mujer del muerto, mi tía Antoñita, daba grandes suspiros y se acercaba a la vitrina donde se exponía al desafortunado protagonista para acariciarlo con su mirada por última vez. Me decía “míralo niño, parece que al fin descansa después de tanto padecer”. Y mi pecho se encogía al verla despedirse de su esposo. Momentos tan íntimos e intensos no deberían esfumarse por la veleidosa urgencia de tomar una foto. Pero eso fue lo que ocurrió de nuevo cuando mi tío Mamerto se acercó a su hermana para acodarse a su lado, de espaldas a la vitrina y dándome la cara. No había nadie entre nosotros y no iba a encontrar mejor ocasión para el retrato. Así que saqué el teléfono del bolsillo del pantalón, dejé caer el brazo y pulsé el botón. Guardé de nuevo el móvil, como si sólo lo hubiera sacado para airearlo. Poco después, se llevaron a mi tío Manuel al crematorio y yo me despedí de todos, otra vez embargado de pesar, sabiendo que no volvería a ver a muchos de aquéllos hasta el próximo entierro, si es que acaso no sería uno de ellos (nosotros) el que estaría detrás del cristal.

Cuando llegué a casa y busqué la foto en el móvil, comprobé que el encuadre era casualmente bueno. Había logrado tomar una triste estampa con mis tíos Antoñita y Mamerto juntos, en plano americano. Con cierta sorpresa, descubrí que el reflejo del flash en la vitrina ocultaba el rostro de mi tío Manuel, con quien no contaba en la foto y que permanecía impertérrito en su ataúd. Volví a mirar las caras de mis tíos y fue entonces cuando me percaté de que Mamerto, iluminado por un flash que no debía haber saltado y mirando muy fijamente a la cámara, decía con sus cegadas pupilas rojas: “Mira tú, otro gilipollas más".
 

domingo, abril 17, 2016

1459 días

Pasado mañana habrán transcurrido cuatro años desde que no me siento a escribir.
Casi a diario pienso que mi vida tendría más sentido si me pusiera a hacerlo.
Y prácticamente todos los días pienso que no hay demasiado sentido en lo que hago.

No quería dejar que llegasen a cumplirse esos cuatro años (mil cuatrocientos sesenta y un días) sin haber añadido una sola palabra a este blog, que en algún momento fue motivo de un orgullo relativo.

Voy a volver. No sé si lo reflejaré aquí o si lo mantendré en privado.

Escribir es el objetivo.

Y luego el resto.






miércoles, abril 18, 2012

Las Razones Reales

Si hay una cualidad que se repite en cada uno de nosotros, histórica y generacionalmente, es la complacencia y la indulgencia para con uno mismo. Es difícil reconocer en alguien la virtud de la corrección perpetua y más aún la moderación para no caer en vicios, ocultos por vergonzantes, y la posterior asunción del mal proceder, en caso de ser advertido en la falta. No tengo la desvergüenza de no reconocer que a lo largo de mi vida no haya caído en deslealtades, en silencios que me favorecían, en retorcer el discurso para salir victorioso de una trifulca. Uno se excusa, lo cual es principio de la aceptación del fallo, si se ve atacado por su comportamiento y justifica sus hábitos o deslices en la necesidad, el descuido o el capricho, asumiendo de modo torticero que lo que se hizo tenía que ser hecho y disfrazando la infracción con la pátina del arrepentimiento o la contrición y el remordimiento, fingidos la mayor de las veces y exculpatorios siempre. El antojo no menoscaba la culpa, ni la ignorancia exime del cumplimiento de la ley, como afirmaban ya los primeros legisladores. Me lo pedía el cuerpo, podremos esgrimir como alegato, aunque se comprenderá que la satisfacción de las voluntades personales no sirva como defensa de nada sino de un hedonismo egoísta y resulte, a la postre, en agravante mayor. No me di cuenta del perjuicio que pude crear, se asevera también cuando el mal ya está hecho, acaso sin ocasión de repararlo y con seguridad habiendo obtenido el premio o la satisfacción y atesorándolos bien para no perderlos mientras nos lamentamos por las consecuencias del daño infligido. Míralo, diremos, tanto le costaba aguantarse que acabó por entregarse al mal hacer, traicionó al que en él confiaba, perdió lo que tenía o se metió en asuntos turbios por no haberlo pensado dos veces.
Tan escasa firmeza en la inculpación particular no parece tener parangón cuando se trata de señalar con dedo oprobioso al otro. El refranero no está exento de tal saber y acierta cuando llama a no mirar como paja en el ojo ajeno lo que es viga en el propio. Sin embargo, la realidad es que uno se entrega con alacridad a la maledicencia, a la crítica, al análisis infamante del otro mientras se reserva los tonos templados sobre el comportamiento propio. Ejemplos sobran y no hay más que entretenerse en hojear la prensa, la seria o la amarilla, o quizás encender el televisor y atender durante no mucho a los noticiarios e incluso, si uno tiene coraje, a los programas del corazón. No se tardará apenas en encontrar a quien entone un parlamento exculpatorio, lleno de pompa y engolada dignidad, enumerando con precisión la lista de razones que le llevaron a hacer tal o cual cosa y los motivos que le habrían de exonerar de la culpa. También se escucharán prédicas cargadas de chismes, veneno, rabia y envidia. La lista es interminable y crece exponencialmente a medida que la exposición de todos es cada vez mayor, y más dificultoso mantener los secretos y los asuntos privados a salvo del escrutinio y la difusión universal. No faltan administradores que malversan, jueces prevaricadores, asesinos a sueldo o por convicción, ladrones de guante blanco y chorizos sin clase, adúlteros recalcitrantes o taimados celestinos conchabados con paparazzis sin escrúpulo, árbitros vendidos, extorsionadores y secuestradores, guerrilleros que mataron porque es lo que mandaban los tiempos y curas castrenses leales a Dios a espaldas de los hombres, especuladores y usureros, yonquis y violadores, políticos que mienten y ciudadanos que no pagan sus impuestos, jefes con retranca y subordinados que se escaquean… cada uno con sus razones y cada cual con sus excusas. El mundo parece estar subido en una atracción feria que despacha traiciones, felonías hinchadas de egolatría y narcisismo.
La ejemplaridad a la que cada uno debería aspirar habría de tener un modelo en personajes públicos que alcanzan la notoriedad y honestidad suficiente como para sentar unas bases de lo que habría de ser patrón. Ejemplos también los hay y por ser escasos llaman la atención. Al menos lo que ha trascendido de ellos les ha llevado a ser considerados como paradigma de la bondad, del respeto o de la misericordia, en la medida en que ésta última pueda ser considerada virtud. Ahí están Jesucristo, Martin Luther King, la madre Teresa de Calcuta o Gandhi, arquetipos de lo que uno aspiraría a ser como ente social, aunque pocos parecen disponer de tamaña resignación como para entregar su vida a fines tan loables. Nadie sabe, o no conviene airear, cuáles eran los motivos que llevaron a estas celebridades a tales cotas de sacrificio. Uno bien pudo ser un orate, todo parece indicar que era un chalado con buenas ideas (aunque vergonzosamente repudiase a su padre seminal) y abocado a un final calamitoso, otro un señor que ansiaba el poder o el dinero defendiendo a su raza oprimida, la tercera tener un temor reverencial al fuego eterno y preferir el roce con un leproso que una eternidad a fuego lento. El último, qué se yo, igual es que no le quedaba otra. Aquí me veo, buscándole los tres pies al gato para desmontar la leyenda. Y es que casi da rabia descubrir que uno nunca va a ser ejemplo de nada, que no se hablará de ti después de un rato muerto y que tu paso por este valle de lágrimas será tan efímero e insustancial que nadie hará el menor esfuerzo por recordarte. Y acaso abandonados a la certeza de que no vamos a poder disfrutar de la posteridad, porque no es posible, que ni si siquiera el más afamado o egregio de los humanos ha podido regodearse en su fama póstuma, acaba uno entregándose a la buena vida, sin discernir muy bien entre lo que es lícito o no con tal de satisfacer cada placer inmediato y reparando lo justo en las circunstancias del resto.
Intento así comprender qué haría yo en diferentes circunstancias, metido en el papel de otro, un juego entretenido y con tantas partidas como personalidades pretenda suplantar en mi imaginación. De tal forma, me pongo en el rol de alguien que vive rodeado de prosélitos y advenedizos, de chupasangres y arribistas que besan el camino por el que piso. Me imagino heredero de un abolengo cuyas raíces se pierden en la historia, con antepasados sátrapas, absolutistas, vividores y tiranos e izado al puesto por un dictador visionario que además lo era por la gracia de Dios. Entiendo asimismo que no tengo que responder ante la justicia, que todo me ha sido regalado, que difícilmente me faltará el dinero, ni a mí ni a mi prole, que salvo circunstancias excepcionales todo lo que ha sido, seguirá siendo, y además a mi favor. E imagino también que me queda poco para doblar la servilleta, para entregar la cuchara y marcharme al otro barrio. Y sé además, porque así lo he sentido desde el día en el que nací, que no importa cuántas calamidades pase el pueblo al que digo representar, que yo siempre he cenado con cubertería de plata, vajilla fina, buenas viandas y mejores vinos y que si por protocolo cínico afirmo que sufro por ellos, con la misma jeta vivo como a mí me da la gana. Así que entiendo su proceder, y lo justificaría si fuese el mío porque me reconozco débil como un monarca, y que si me apeteciese irme como John Huston se piró a África, con distintas excusas y el mismo fin, a cazar paquidermos, pues agarro mi escopeta, me alquilo un avión, y me voy a darme el gusto porque puedo. Porque me sale de los cojones, que habrá pensado el rey. Y ahí no me queda más remedio que darle la razón al señor. Olé sus huevos reales y pobres los míos, que sólo han visto elefantes en el zoo, roídos de mierda y comiendo cacahuetes con mirada de reo político.
Y acabo por decir que el rey piensa como tal y que si fuera proletario pensaría de otra forma y abdicaría y disolvería ese oprobio a la razón, esa caduca e inverosímil institución que le sostiene, y que si se pusiera en nuestro papel pues no eludo que entendiese que lo veamos como un farsante y un sinvergüenza, un caradura, un usurpador, un cuentista y un mamón. Pero como no lo es y además le hemos pillado en un renuncio, pues ha pedido perdón y ha hecho acto de contrición. Pues eso, lo que hacemos todos. Pero por mí, como sé que el cinismo es su especialidad, se puede meter sus disculpas en el ojete, porque no me las creo.

miércoles, abril 04, 2012

El Sabor de las Palabras

El paladar, y hablo del gusto por los sabores que no de las partes de la boca, es cosa curiosa. Como todo lo relacionado con las preferencias, el paladeo empuja a uno hacia gustos sofisticados y a otros hacia sabores más prosaicos. Vaya usted a saber por qué mientras unos tiemblan de placer ante la visión de una onza de chocolate amargo, otros la repugnan pero se lanzan con fruición a la ingesta de una cuña de queso enmohecido. Ignorándolo todo sobre zoología, no creo que dentro de una jauría de hienas carroñeras haya alguna que se ponga fina y, rechazándolas con gesto de contrariedad, afirme ante unas vísceras esparcidas por la sabana, “hoy preferiría tomarme unas trufas”. Hay perros, o mascotas, que repudian el pollo con arroz y zanahorias, pero se zampan babeantes un platito de carne ultra procesada sacada de una lata. Supongo que, al igual que sus dueños, sus renuencias atienden más a una voluntad caprichosa que a la necesidad de alimentarse, que nunca parece necesidad, más bien hábito y rutina, mientras no se padece de forma continuada, o no al menos mientras sea más frecuente la refección que el ayuno.
Por tanto, ha de ser el gusto asunto consuetudinario, de vicios o de voluntades, cuando no de persistencia. Uno no acaba por entender la afición, abusiva y exagerada, por la comida especiada de Asia o por los picantes manjares de Méjico y sin embargo no perdona la morcilla añeja del cocido madrileño, que no deja de ser un mantra estomacal y un recital de regüeldos cargados de arrepentimiento durante el resto del día. Tampoco hay quien no tuerza el gesto cuando se fuma su primer cigarro o se bebe un aguardiente, y pasado el tiempo lo saboree y hasta juguetee con el humo o el licor entre las encías. Es a eso a lo que me refería cuando apuntaba a la costumbre, o a la voluntad, como fundamento del paladar de cada uno, por lo que hay que concluir que los gustos van, casi siempre, por latitudes y hasta credos, y que un filete es un filete y una brújula siempre apunta en la misma dirección en Argelia y en Siberia, pero que no es lo mismo un serranito en Sevilla que un escalope marinado en Yucatán, y que en asuntos de estómago cada uno tiene su norte.
Pero más allá de los regionalismos, también cabría distinguir entre los gustos de las clases sociales. Quizás la repetición de sabores poco accesibles para el humilde, como el caviar o el paté fino, el vino bien envejecido o las trufas blancas le hacen al opulento rechazar productos como la patata, el pollo frito o el vino de mesa. He visto caras de horror cuando asevero que el mejor de los manjares es un bocadillo de chorizo malo con queso bueno. Y leche. Supongo que, en muchas ocasiones, la palabra malo o incluso la palabra chorizo, de pronunciación sonora y burda como casi todo lo que sale del pueblo llano, mueve al exquisito a rechazar rotundamente aquello de lo que se habla. En ocasiones se tratará de pura petulancia frente a la vulgaridad. Que no es lo mismo agarrar con fuerza media barra de pan rellena de embutidos que sujetar un biscote crujiente untado de huevas de esturión, comido, eso sí, con el meñique enhiesto. Y no es que yo desprecie lo segundo, que bien me tomaría tal o cual delicadez, pero que esto no me lleva a repudiar lo primero, por vulgar que parezca.
Los labios, los dientes, la lengua y el paladar que tanto tienen que ver en la experiencia gastronómica, son también los ejecutores finales del habla. Si la lengua se necesita para degustar un tomate, con todas sus papilas gustativas trabajando, también hace falta para ir al frutero y pedirle que te los dé, eso sí, a cinco euros el kilo. No están los tomates como para tirarlos a un escenario, que casi le haces un favor al bufón de turno si le lanzas hortalizas al proscenio.
Al igual que el paladar es más o menos delicado según la persona que lo ejercita, ocurre lo mismo con las palabras que salen de según qué bocas. El lenguaje áspero, rápido y explícito es el del pueblo, un habla ausente de florituras, más bien plano y sin metáforas, pero efectivo. La plática de las élites, la de los prohombres de la sociedad, se enreda en retruécanos y en sinónimos, en tropos y eufemismos, y se distancia tanto del de aquéllos como un plato de coliflor rehogada se distancia de una soufflé de El Bulli. Mientras el primero de los discursos se dedica a comunicar sin dilación, igual que el guiso casero tiene por objeto la alimentación inmediata, el segundo parece destinado al placer de escucharse a uno mismo, al entretenimiento de los sentidos, a un onanismo puro tal como el que dan los platos finos, escuetos en cantidad y propiedades, descontextualizados hasta el infinito como lo hace el soufflé en el camino que lo lleva de la huerta al plato.
Es por eso que, al igual que en los gustos por la alimentación, en el lenguaje hay una distancia insalvable entre los que hablan por necesidad y los que lo hacen por gusto. Es por eso que, mientras que a un trabajador las palabras “aumento de sueldo” o “vacaciones” le desatan la salivación, a la patronal le mortifican como un ataque de acidez. Sin embargo, un gerente se deleita con la “desmovilización” y a un obrero, con cierta educación forzosa del paladar, eso le suena a “despido” y rápidamente le sobreviene una arcada. “Desmovilizar” es a “despedir” como un vino salido de una barrica de roble americano es a un pirriaque procesado en alambiques ilegales de sótano.
Cuando escuchas a ciertos políticos hablar de arrimar el hombro, ya te echas a temblar. Pues cada vez que te invitan a empujar, se te queda un trozo de carne en la carreta. Cuando a un digno mandatario se le llena la boca al decir España, el ciudadano de turno escucha “español”, que es un plato similar pero de sabor bastante más amargo. Y es que, al final, los que se mueven en cocinas espléndidas nos quieren vender sus elaborados platos sin darse cuenta de que lo que nos llega son unas migas de pan, unos huesos roídos y las sobras de su especulación. Porque la realidad es un camarero malo al que se le ha caído tu bandeja llena de manjares. Y no estaría de más que invitásemos a los políticos, a los finos especuladores, a los gerentes que con la tripa llena nos enseñan su banquete a que probasen el menú diario que nos componen cada día. A que degusten la comida mala que ellos camuflan y venden como maná del cielo, a pesar de que siempre tiene un regusto muy serio a mierda pura.

martes, marzo 06, 2012

De Cráneos y Corbatas

Existen corrientes de pensamiento que, al igual que ciertas modas, acaban por caer en desuso y se convierten en objeto del olvido, cuando no de la burla. Esto no quiere decir que, llegados a un punto, no pueda uno volver a desempolvarlas y recurrir a ellas con el convencimiento particular de que tienen una vigencia renovada o, al menos, una validez que a uno le persuade.

Y de tal modo, igual que en pleno siglo XXI y en puro arrojo de trasgresión estética, algunos deciden calzarse unas gafas de concha o de carey, una camisa con hombreras y flecos o unos zapatos de rejilla, que a mi parecer son los complementos más lábiles de la historia de la vestimenta contemporánea, no veo por qué no puede uno recurrir a la aplicación de ciertas teorías caducas u olvidadas, denostadas por el pensamiento científico y rigoroso, por la corrección moral o por el pulso renovador de los tiempos.

La frenología, doctrina que se puso en boga a comienzos del siglo XIX, venía a marcar el carácter de un sujeto atendiendo al estudio de su cráneo, así como de sus facciones. Visto a priori, el asunto tiene pinta de patraña, cosa subjetiva de la percepción, un invento chusco cercano a la superstición, a la quiromancia o a cualquier invento con más base fantástica que de verdad irrefutable.

Aún así, no conozco yo a casi nadie que no crea poseer esta capacidad de análisis o presciencia acerca de las personalidades y que justifique con una fuerte intuición propia, como todas las que tendemos a arrogarnos sin entrar en comparativas, sólo mediante la introspección y la aguda, o más bien obtusa, visión que tiene uno acerca de sí mismo y que no es más que un ejercicio de vanidad y autocomplacencia.

Quién tiene el valor de afirmar que nunca se ha cambiado de acera cuando en la dirección opuesta se acercaba un tipo mal encarado, de mirada torva o de aspecto sucio, bravucón u hostil. Quién no ha pensado en alguna ocasión, este tío tiene cara de cabrón, o de borracho, vaya aspecto infame, menudo elemento, ése seguro que atiza a su mujer, aunque ella también tiene cara de bruja inaguantable… y así hasta la extenuación. Y que cada uno se fije en lo que más se le aleja, que alguien elegante, repeinado y de finas maneras conjeture, mirando mi rostro apenas afeitado, mi camisa descolorida o los bajos raídos de mi pantalón, que soy un menesteroso, mientras al tiempo yo hago un rápido juicio de valor y me lanzo a pensar, ése es un petimetre, qué encopetado, madre mía, menudo estirado, qué capullo, en resumen.

Aseveran los ingleses que no conviene juzgar un libro por sus tapas, a la vez que los más castizos coinciden en que las apariencias engañan, mientas que Campoamor se mostraba más prudente y se quedaba en el término medio, en el de afirmar que la realidad dependía del color del cristal a través del cual se la mirase.

Seguro que no le faltaba razón al poeta, que la cosa no es maniquea, que las facetas del hombre no han de ser inequívocas o simples o sujetas al arbitrio de un canon, como si se estuviese hablando de una banqueta a la que simplemente se le exige que no se tambalee y que aguante el peso del que se sienta encima. Y puede parecer una perogrullada afirmar que a una persona no ha de etiquetársela por su apariencia, sino más bien por su manera de actuar, pues su rostro o su atuendo pueden haber sido marcados por vicisitudes que a él escapen, accidentes, calamidades o mal gusto, pero al pensamiento es más complicado deformarlo si no existe una connivencia y un relajo en las maneras, una complacencia que no depende tanto de la fortuna como de la integridad moral. No voy a entrar en situaciones excepcionales, de ésas que llevan al pusilánime a empuñar una pistola o al discreto a dar una voz. Hablo de mantener, en circunstancias normales, una actitud clara y distintiva que lo defina mejor como humano que la observación subjetiva de su aspecto.

Todo este modus operandi de las buenas formas, de la mesura y el equilibrio en la catalogación de las personas se desmorona como una techumbre de paja cuando intentamos aplicarla al terreno de la política. Porque el político, a estas alturas de la película, da mayor peso al retrato suyo que aparece en carteles, pancartas y trípticos que al discurso con el que pretende sugestionarnos. Y quizás lo haga basándose, precisamente, en la certeza de que al final nos dejaremos guiar por ese pálpito tan arraigado que se esconde en lo más profundo de nuestras convicciones y que nos indica que, de hecho, las apariencias sí están a la altura de lo que se nos ofrece, que la portada resume bien el libro y que la realidad la acabaremos mirando con las gafas del color más sugerente y no necesariamente del que más reduzca nuestra ceguera.

Y aunque el discurso que nos entreguen esté empaquetado con impecable gusto, con corrección gramatical, elegancia en el verbo y cubierto por una pátina dulce, no hay que esperar más que unos días más allá de las elecciones que llevan a unos al poder y defenestran a otros para ver que todo ese artificio no era más que palabrería hueca y los valores que se vendían con tanta convicción son tan quebradizos como esa capa de azúcar que cubre almendras amargas. Donde dije digo, digo Diego. Un sí es ahora un tal vez. No se convierte en quizás. De blanco a negro. El día y la noche.

Y sin embargo, los trajes, el maquillaje y los peinados siguen inalterados. No queda más, al final, que mirar a un político a la cara e intentar penetrar en su mirada, en las zanjas de su pelo engominado, en sus formas, adivinar el engaño de su disfraz o acaso, con fortuna, descubrir humildad o sinceridad.

Sí. A eso parece haberse reducido la opción democrática a día de hoy. Al uso correcto de la laca, a la combinación más acertada de los complementos, a las maneras teatrales, al retoque fotográfico y a la sonrisa impostada.

Y también al convencimiento de que cuando los que mandan nos miran desde sus tribunas piensan, en la más acendrada costumbre frenológica, míralos ahí, pobrecitos, qué cara de pardillos.

jueves, enero 12, 2012

Relato Perdedor

Un Mono del Revés

Entiéndase que yo nunca había contemplado la idea de asistir a un festival de música popular y contemporánea, donde adivino una multitud agitada y bulliciosa, un tumulto de jóvenes enardecidos por el alcohol. Me imaginaba yo molido a codazos, pisoteado, ensordecido y extenuado por mi imposible batalla contra un entorno de vehemencia primitiva. ¡Un mono! Un mono aparecía en carteles y cuartillas, un mono coronando un cartel lleno de promesas hueras de diversión, nombres impronunciables de bandas internacionales, charlas de vaya usted a saber quién sobre temas oscuros que no era capaz de entender... Un mono, un bicho sucio, irracional y piojoso que sin duda venía a confirmar los presentimientos más ominosos que me asaltaban sobre el certamen.
Tres días en un pueblo costero, a su vez, no parecen un suplicio tan dramático. El clima marítimo de la costa gaditana puede calmar el espíritu del oficinista comprometido, a pesar del salitre y la obsesión por los pescados fritos. Y eso que alejarme de mis rutinas es siempre traicionar a un protocolo de evasión de fin de semana refinado durante años y que nunca incluye desplazarme al litoral del país como un chamarilero ambulante.
Aparece aquí una joven que me había prestado particular atención en la oficina en la que empeño mis horas y que me invita a acompañarla nada menos que a Cádiz, a escuchar música durante tres días. Una muchacha comprometida con su tiempo que se empecina en sacarme a bailar, en llevarme a ver películas de países remotos, en enviarme canciones extrañas a mi cuenta personal de correo electrónico.
Llámenme Romeo si quieren, pero la idea de establecer vínculo emocional con tal mujer me hizo sentirme mareado y casi llegué a pensar que podría alocarme un poco. Nunca concebí que los pálpitos del corazón me moviesen a sumergirme en tal desvarío. Ahí los veía yo, felices, yendo en procesión de un escenario a otro, moviendo sus cabezas acompasadamente como reses embobadas, transportados a un universo psicodélico para chalados. Ni los ritmos, ni las estridencias distorsionadas, ni siquiera el entusiasmo que algunos intentaban transmitir me llegaban de modo alguno. Por la noche, entre los muros históricos de un monasterio ciertamente hermoso, seguían bailando con frenesí y entonando canciones que yo no soy capaz de aprehender. Cadencias infinitas interpretadas con discutible habilidad. Un horror.
La joven me despidió a mitad de un concierto, aludiendo a mi falta de espíritu, a mi olor a ropa enmohecida, a mi seriedad exasperante e inquebrantable. Exhortado a irme, ella se volvió hacia la masa y volvió a enarbolar su sonrisa absorta y a contonearse como una poseída.
Qué humillante experiencia. Me quedaré en la ciudad la próxima vez.
Y sin embargo, todo el mundo parecía pasárselo bien. Los periódicos alababan la organización y la oferta musical y el entorno y la oportunidad de recuperar un espacio para el disfrute y el gozo. ¿Disfrute? ¿Gozo? La perdición, ¡por Dios! El mundo está loco.

(relato presentado al concurso organizado por Monkey Week - Gibson - Ruta 66)

lunes, abril 25, 2011

La Segunda Cruz de Dios

La primavera, además de alergias y resfriados, del entusiasmo por las terrazas o de la inquietante agitación que provoca la frescura sugestiva de las mozas, trae consigo la tarea de aplicarse en la declaración de la renta.
Este año también ha coincidido la Semana Santa con la obligación del diezmo para paganos y píos. Vaya mezcla. Me entrego al cálculo del IRPF y ya me ando lamentando de no conocer más rezos, pues algo de fe en el Gran Chiste podría ganarme una reducción en lo que a pagar se refiere. Con recelo místico voy rellenando las casillas que detallan lo que he ganado, lo que tengo y lo que debo. No me importa pagar. Significa que al menos tengo un sueldo. Ya quisieran otros poder hacerlo.
Pero llegamos a la cruz, no la del Gólgota, sino la de la aportación a los de la sotana, y me enfurezco con más inquina por estar en plena vorágine cofrade. Ay. Me palpita la sien. Me pregunto yo a cuento de qué se me sugiere la posibilidad de arrearle parte de mis cuartos a esos jetas. En base a qué, en un estado aconfesional como el nuestro, tengo que contribuir a los miles de millones que ya se les sueltan por la puta cara. Cuando alguien marca esa cruz, elude el precepto cristiano de compartir con todos para entregárselo a los que siguen la proselitista voz de su amo. Ese dinero que le dan al clero se lo están quitando a los que no coincidimos con sus fantasías de más allá.
Qué oscuro poder ha de concitar la iglesia en un estado para que éste falte flagrantemente a su constitución. Siempre blandiendo la amenaza y recordando el castigo. Y cada año, además, salen a enseñarnos el rostro luctuoso y siniestro de Jesús. Si Dios hizo eso con su propio hijo, intentan decirnos, qué no hará contigo. Tanta sangre, tanta casquería y tanto lamento parecen querer recordarnos “pon tú la cruz, que siempre será mejor a que te la pongamos nosotros”. Nunca una cruz, o dos, fueron tan rentables.

domingo, marzo 27, 2011

Pobres Diablos

Me entretuve el otro día viendo un vídeo de una chavala, Rebecca Black, en la que canta con cierto desatino juvenil, de cómo llega el viernes y las ganas que tiene de salir, y de cuando se sube en el coche con sus coleguis y le mola ir en el asiento de delante. Y de lo guay que es salir de cachondeo. Y echarse un noviete. Y tal. Y después dicen en los periódicos que es la peor canción de la historia del pop. Y además que la muchacha es una ridícula.
Luego escucho la radio y uno dice que la Sinde es una inútil y un instrumento del diablo. Otro que Zapatero es un matao y un tipo deleznable. Y otros hablan de Belén Esteban. Una advenediza chunga y paleta que hace dinero vendiendo su vida y emociones al montón.
En la cola del INEM, estoy seguro, se trata a Mourinho como a un gestor torpe que está arruinando la tradición incólume del fútbol matritense. O de Torrente, que es una porquería soez. Y otros hablarán de las grandes castañas en las que actúa Nicholas Cage, de las mierdas que canta Justin Bieber y de la ligereza de cascos de Paris Hilton.
Pero a mí, que también me lanzo a la maledicencia como si me fuese la vida en ello, se me aparecen otros pensamientos a la vez que los anteriores. Y son, por ejemplo, los siguientes: Nunca he hecho un vídeo que vean millones de personas, aunque yo canto mal, me gusta salir de juerga los viernes y elegir el sitio del coche en el que me siento. Y tampoco he llegado a ministro o a presidente. Ni arrastro a legiones de fans detrás de las historias de mi vida insulsa. Tampoco sé de fútbol, ni gano millones con películas de mal gusto. Ni me contratan en Hollywood, ni las jóvenes se desgarran las bragas escuchando discos que no he grabado, ni tengo un perfume con mi nombre o un avión privado.
Y entonces me pregunto yo quién es el que lo ha hecho tan mal.

lunes, febrero 28, 2011

Moralla

El otro día, al coger un taxi, agarré al vuelo el principio de una tertulia radiofónica. Sin darme tiempo a escuchar opiniones siempre expertas le espeté al conductor, esta gente sabe de todo, y a continuación me lancé a una diatriba de cinco minutos (era lo que duraba el trayecto) acerca de los que hablan de todo por oficio o por vicio y, en muchos casos, sin tener ni puñetera idea de lo que dicen. También sabía yo que estaba cayendo en el mismo pecado, el de comentar lo que no había tenido tiempo de escuchar y empaquetar un discurso más bien hueco que rellenase el silencio incómodo que siempre siento cuando voy en taxi, pero aún así comencé una conversación que no versaba sobre nada en particular y a la que yo mismo daba mucha pompa.
El cuerpo humano, con todas sus glorias y miserias, es una máquina excretora muy eficiente. Uno se zampa un cordero, un plato de pisto y dos vasos de vino y genera bastante energía como para pintar el Gernika o para salir a la calle a derrocar a tiranos. Pero me temo yo que todo este combustible , el que nos da energía para la vida o para realizar arte, no genera obras tan sublimes como el meteórico y proceloso epílogo de todo ese menú expulsado vía rectal. Ya sea sudor, mierda (ups!), semen o pis, mediante la deyección alcanzamos las más altas cimas del placer físico, desperdigando todo ese éxtasis glorioso por las cloacas de la ciudad.
Encuentro lógico que el placer intelectual se obtenga, del mismo modo, defecando filfa por la boca. Lo único lamentable es que no haya un retrete en el que deshacerse de tanta palabrería en la intimidad, sin apestar demasiado al resto. Pero es que uno, intentando compartir un bienestar que es particular tiende a regalar detalles que a nadie interesan para obtener un orgasmo tan físico como verbal. Y si no que me lo digan a mí, que me he quedado más ancho que alto rellenando esta columna, sin decir nada, pero con la misma sensación en el cerebro que tengo en el estómago después de haber dado lo peor de mí.

martes, enero 25, 2011

In Touch tol rato

Hace unos días, sentado a la mesa de un bar tomando cervezas, me percaté de que, en un momento dado, todos mis colegas dibujaban con un dedo sobre la palma de la otra mano. Jugaban abstraídos con sus móviles mientras yo me bebía una caña a solas, rodeado de amigos silenciosos. Cuando, tras elegir cuidadosamente las palabras, pregunté “¿Qué coño pasa aquí?”, alguno respondió “El iPhone, un invento cojonudo para estar en contacto con la gente”. Ciertamente no era conmigo, que llevaba varias semanas fuera del pueblo y no me había sentado aún con ellos a charlar un rato. Quizás no hubiese nada que decir porque, gracias al ciberespacio, todos sabían qué había hecho durante el último mes. No obstante, sentí muchísima nostalgia por esos momentos en los que, a falta de palabras para rellenar un vacío (para nada incómodo y prueba inequívoca de que con una amistad consolidada se puede estar a gusto sin decir ni pío), nos poníamos a ver pasar la vida.
El problema es que sigo encontrando gusto en conversar, en no recordar el nombre de un actor y pasar horas rebuscando en los trasteros de mi memoria o en verme perdido en medio de la ciudad y no tener más remedio que preguntar a un viandante cómo encontrar el lugar que indefectiblemente he fallado en hallar. Y del mismo modo, le veo la gracia a cabrearme al no tener cobertura en el móvil y recordar que no hace tanto, para hablar con tu tío de Cuenca, tenías que avisar a la telefonista, irte a tomar un cafelito y volver al rato cuando ya había línea.
De tal manera, encuentro lamentable que la tendencia sea la de estar en contacto permanente con todo el mundo que no está cerca y de alejarse misteriosamente del que anda alrededor, de haber perdido la privacidad y de mostrar todo el rato lo fantásticos que somos en frases de diez palabras que no son más que una descarada venta de humo. Y también es triste que ande yo impaciente y desasosegado porque el iPhone que de repente necesito va a tardar más de un mes en llegarme.

martes, diciembre 14, 2010

Sopa de letras

Como castigo por no acudir a la última huelga general, me obligué a leer la reforma laboral, ésta me condujo al estatuto de los trabajadores y, la verdad, al final tanto papel me llevó a un desánimo legal tal que acabé poniéndome a ver Eastbound and Down.
No obstante, antes de mostrar tal flaqueza en mi integridad, leí un buen pedazo del asunto. Tanto como para darme cuenta de que todo forma parte de un chiste bastante siniestro. El gobierno, con su buena disposición, reparte para todos intentando complacer al orbe entero. A los trabajadores nos entrega un documento lleno de bonitas palabras y publicado en el B.O.E. lo que no es poca cosa. A los empresarios, les da el mismo documento pero en clave de sopa de letras. Donde los curritos leemos de corrido, como nos enseñaron en la LOGSE, los empresarios, esos avispados, leen en diagonal, hacia atrás y con saltos de caballo van hacia arriba y hacia abajo. Como ellos además tienen abogados, son capaces de saber que donde pone chuleta, realmente quiere decir pescao azul.
Cuando leo fomentar el trabajo de los jóvenes, veo a becarios con condiciones laborales lamentables. Cuando leo I+D, veo a mis jefes frotándose las manos con los beneficios de proyectos hechos aprisa y sin calidad. Cuando leo abaratar el despido, ahí sí veo que en ocasiones yo también entiendo las cosas como los empresarios. En fin, que aquí lo que hace falta es cambiar la perspectiva. No necesitamos una reforma laboral, necesitamos una reforma moral. Cambiar de una vez la idiosincrasia de un país escaso de compromiso. Los empresarios persiguen el pelotazo y los trabajadores, bastante desmotivados, trabajamos sin ganas y por un sueldo menguante, justificando la desidia en las crisis: la económica, la de valores, la humana…
No sé cómo se arregla un país. Pero éste, me da a mí, necesita algo más que un encalado. Algo así como empezarlo desde los cimientos, y con tecnología extranjera.

miércoles, septiembre 22, 2010

Gombrowicz, La Forma y Yo

Hace poco leí "Ferdydurke", del polaco Witold Gombrowicz. Hay ocasiones en las que hago el esfuerzo por recordar las cosas que me pasan, y ese libro se mantuvo el rato suficiente en mi memoria como para germinar.

En resumen: es la historia de un treintañero que, tras una situación un tanto estrambótica, es tomado por un adolescente que se ausenta de la escuela y, ante el ímpetu inquebrantable de su mentor, se ve empujado sin descanso a tener que actuar como si, efectivamente, fuese un joven imberbe. Todas estas complicaciones, bastante cómicas a decir verdad, conducen al autor hacia un análisis acertadísimo acerca de conceptos que van más allá de la premisa de la novela. En particular, Gombrowicz reflexiona acerca de la forma: los convencionalismos que nos llevan a actuar de una manera o de otra, todo ese super ego que condiciona el modo en el que nos movemos por el mundo, la pose y lo que se espera de nosotros.

Ya dije el mes pasado que necesitaba unas vacaciones. Gratificantes en general, pues me he sentido inequívocamente libre, haciendo lo que quería, cuando lo deseaba y sin nadie que me conociese alrededor, para decirme la estás cagando, chaval, o qué bien lo estás haciendo.

Después de vagar de una manera algo caótica por el extranjero durante semanas, volver a tu hogar, donde a pequeña escala uno también es libre, se disfruta. Pero toda esta libertad se ve coartada por el retorno al trabajo, donde ha aparecido, de nuevo, La Forma. Y de vuelta otra vez a forzar el gesto, a perseguir el éxito, a cumplir con las maneras… No seré cínico, esas vacaciones tan reveladoras las ha pagado la obra de teatro que me veo obligado a representar cada mañana.

O sea, que tanto encorsetamiento es lo único que me permite no sufrirlo por escuetos periodos de tiempo. Es como si uno tuviese que cometer un delito, para acabar encerrado, sólo con la intención de saber cómo es la libertad. Ay madre. Qué crisis.

miércoles, agosto 25, 2010

Catástrofe Emocional Barata

Septiembre es un buen mes para volver a la actividad cerebral positiva. Pero mientras escribo esto es Agosto, así que me voy a entregar a una divagación complaciente de 1800 caracteres. Durante el verano, máxime si se ha quedado uno relativamente solo en una ciudad con árboles de hormigón, resta demasiado tiempo para pensar. Aunque casi mejor no hacerlo, porque hasta pensar da sudores.
Las obligaciones laborales me han llevado a postergar mis vacaciones de nuevo, así que posiblemente cuando algún aventurado esté leyendo esto, yo estaré por ahí, como una cabra loca, intentando reencontrar el vínculo interior que durante tantos meses de rutina y pose se ha ido al garete.
Durante este año particularmente ominoso en lo que se refiere a mis circunstancias vitales, he tenido tanto tiempo para pensar que me he destrozado el intelecto. Cierto es que padezco una tendencia mórbida hacia el auto desprecio, que si no tengo a alguien que me aleje de tanto castigo, la flagelación es lo único que me queda. Un disgusto de ego éste. Una pena no poder cambiarlo, venderlo, mandarlo a la mierda o convertirme en gorrión y no dar más vueltas al destino, al sentido de la vida y a todas esas paridas de novela barata.
En cualquier caso, consecuencia del tórrido verano que hemos sufrido o de mis propios baches emocionales, he vuelto a perder la senda del equilibrio. Ni le veo sentido a levantarme e ir a trabajar, ni se lo veo al devaneo chorra del día a día, ni encuentro un propósito que me llene de cierta ilusión.
No sé siquiera por qué utilizo esto como confesionario. Quizás porque no tengo a nadie más a quién aburrir con mis pensamientos de baja estofa. Está claro que necesito unas vacaciones. A ver si para el mes que viene tengo algo que decir, que doy pena. Si vuelvo igual que me voy, que alguien me recomiende a un buen terapeuta. Mientras tanto, gracias por haber leído hasta aquí.

miércoles, junio 23, 2010

José Saramago. Un amigo.

Me gusta practicar el ejercicio de la amistad. Me llena de euforia encontrarme con aquellos que me han dejado elegirlos como amigos. No encuentro nada más emocionante que sentarme a hablar con la gente a la que quiero.
Hay unos a los que veo con más frecuencia y hay otros a los que no tanto, pero siempre es motivo de gozo compartir mi tiempo con ellos. Se llenan tantos días con gente a la que no elegimos que me siento un privilegiado por encontrar a cuatro o cinco personas a las que no sólo me alegro de ver, sino que además (y me siento halagado por ello) también se complacen al juntarse conmigo. Y sin dar explicaciones. Todo un regalo.
Por otro lado, he establecido a lo largo de mi vida vínculos atípicos con otras personas con las que jamás me he cruzado, pero que me han proporcionado momentos de inmenso solaz. Superado por mis aficiones viciosas a la música y a la lectura, me arrogo la amistad de aquellos que llegan a mí a través del papel o del plástico, sin que ellos tengan el menor conocimiento de mi pasión por su trabajo y ni siquiera de mi existencia. Lo malo, como todo, es que también se mueren, y dejan un vacío imposible de rellenar.
José Saramago. Una voz auténtica, sin miedo y coherente. Un señor con unos principios tan sólidos que a veces, en su defensa particular, parecía un peón solitario frente a un ejército de reinas. Nunca escuché de su boca nada que no pareciese razonable o razonado. De tal manera, y para compensar la cantidad de tonterías que hay que escuchar y que leer en la imparable democratización de la imbecilidad, recomendaría que durante las vacaciones alguien lea a este gran hombre. Se podrá discrepar, pero nunca se encontrará la forma de callar una voz que sigue los dictados de una moral entera. Sólo la muerte se atreve con eso. Descanse tranquilo, señor.

miércoles, abril 28, 2010

Las Mierdas Voladoras

Es muy poco considerado defecar sobre alguien y salir volando. Las palomas, los gorriones y, en general, el mundo aviar comparten la dudosa afición de cagar sin mirar para abajo. Por otro lado, el ser humano camina erguido y mirando al frente, ajeno al peligro de ser tiroteado por un chorrete de mierda ornitológica. Si uno fuese mirando hacia el cielo y esquivando proyectiles Oreo, terminaría estampándose contra una farola o atropellado por un camión del Panrico. De forma que el único remedio posible es tirar para adelante, rezar por no ser alcanzado y si la mala fortuna le hiciese a uno diana de deyecciones volátiles, alzar el puño con gesto iracundo, lanzar invectivas y sufrir la silenciosa humillación de llevar un lamparón ocre en la solapa. Recuerdo pocas ocasiones en las que me haya sentido más impotente que luciendo el cagarro de un pájaro en el hombro.
En defensa de mi condición de ser humano, considerado por otros motivos un animal más, he de decir que yo nunca he excretado sobre otro ser vivo, o  al menos no lo he hecho de forma habitual y voluntaria. No quiero imponerme a una golondrina como ejemplo de evolución, simplemente expongo los hechos. Si no investigamos demasiado en comprometidas direcciones de internet, veremos que esta actitud tan pulcra es la más común entre los hombres.
Lo que ocurre últimamente es que las palabras de políticos, jueces, periodistas y expertos de la opinión también tienen alas, sobrevuelan nuestras cabezas como bandadas de estorninos y nos golpean el ego como las mierdas de los pájaros ensucian las estatuas. Si andamos mirando hacia arriba, más atentos a esos discursos diarreicos que a nosotros mismos, acabaremos igual que cuando no queríamos que nos guarrearan: atropellados por la realidad, que se aleja bastante del inevitable barullo de los que pueden volar y cagarte encima sin temor a ser alcanzados por una pedrada.

(este artículo es la versión cómica del dramático comentario de ayer.)

martes, abril 27, 2010

La Gresca Imparable

Todo es bronca. La vida actual se ha convertido en un barullo de voceríos y reproches que parece no tener final. Unos claman por su verdad y los otros pensamos en los sangrantes errores de percepción de los demás, y nadie está de acuerdo, y el rumor aumenta de volumen hasta que uno cree acabar rodeado por venas hinchadas, quejas destempladas y con la sensación de estar perdido en un mundo de necios incorregibles.
La única isla donde se descansa es el hogar, donde uno se reencuentra con la realidad, la calma y las cosas más o menos cocinadas con la receta que más agrada. Y eso si se es capaz de huir del murmullo televisivo, donde sigue el griterío. En general, parece que el motor del mundo es la discusión, un motor de muy bajo rendimiento, gastando energía para no mover nada. Las opiniones enquistadas cotizan alto y visten mejor que los trajes de Milano. Las conclusiones pactadas son los bonos basura de una actualidad sorda, ciega y tonta. La afición de moda por el discurso prefabricado e inalterable ha resultado en el fracaso de la sociedad ilustrada.
De manera que todo parece contagiado por el virus de la incomprensión. Y cuando tanto malestar se azuza desde la palestra política, cuando los que han de dar ejemplo todo lo ensucian y tergiversan, dejan la sensación de que el ser humano está condenado al Apocalipsis. Es así.
Un país en estado de catatonia, con políticos inútiles que se enzarzan en bullas infinitas, muertos que gritan desde sus tumbas, jueces que retuercen la ley para complacerse en venganzas personales, presidentes patronales endeudados, legisladores chorizos, trabajadores cabreados y jefes recelosos, todos clamando por su verdad particular. Cuarenta millones de opiniones no van a resultar en nada bueno. Y no es que yo pretenda predicar con el ejemplo. A mí me vale con pensar que quizás no lleve razón. No sé. De verdad. No lo sé. Pero si me equivoco no griten, que sólo me apetece un poco de silencio...

jueves, marzo 25, 2010

Semana Sátira

He de admitir que, a fuerza de parecer pesado, mis profundas convicciones ateas me hacen cavilar sobre asuntos divinos más de lo que lo hacen muchos de los creyentes que conozco. Practicar el ateísmo no es tarea fácil, y me encuentro muchas veces predicando la nada. Si bien atravieso momentos de debilidad, de tentación, en los que siento envidia verdadera de aquellos que tienen fe, pronto recompongo la figura y vuelvo a mis trece: no hay nada escrito, no hay más allá, la vida se acaba en un una lápida, el mundo tardó más de seis días en hacerse y, definitivamente, no hay jefe de obra.

Y llega la Semana Santa. Este odioso y oscuro período del año que, imponiendo el lamento como consigna, llena las calles de cofrades plañideros, de procesiones siniestras y de estatuas macabras que dejan en ridículo el imaginario sangriento de George A. Romero.

Las cabalgatas fantasmagóricas que animan (o desaniman) las calles de España durante estos días nos recuerdan que no hay que olvidar la muerte de Jesucristo, notable personaje que murió por nuestros pecados. Bueno, tenía un gran poder de anticipación por el que le felicito en retrospectiva milenaria, pero por mí parte se podía haber ahorrado el martirio. En cualquier caso es de agradecer tanta generosidad. No obstante, hubo algo de trampa en esa muerte, un Gürtel evangélico. Después de la crucifixión y del tormento público, su padre, juez único del Tribunal Supremo, lo devolvió a la vida y lo mandó al eterno Disneyworld.


Pues bien, el señor Ratzinger, el papa fashion de los escarpines colorados ha mostrado su malestar por las tropelías que han cometido algunos de sus acólitos. Abusos físicos, pederastia, guarrerías innombrables llevadas a cabo por algunos enfermos mentales vestidos de párroco. Un rezo, un acto de contrición, una actuación ejemplar para cerrar con un carpetazo una historia en la que las víctimas no tienen un padre tan importante, ni nadie que  los consuele. Agravio comparativo. Dos mil años llorando por una persona que no se sabe si existió a ciencia cierta. Una comparecencia de cinco minutos por cientos de niños ultrajados y humillados. Ningún llanto por todos los muertos causados por su religión. Eso sí que es para cantar saetas.