martes, junio 23, 2009

Bonobos

Si ya es difícil abrazar la inmensidad poliédrica de la realidad (con sus altos y sus bajos, sus alegrías y sus decepciones), la tarea se muestra titánica si se emprende el camino de la comprensión bajo la opresiva pero dulce embriaguez de los destilados. El ron y el güisqui disparan tanto la locuacidad como embrollan el ovillo de la percepción, y uno termina enredándose indefectiblemente en discursos ontológicos de a doce euros la botella.
En una de ésas me vi hace unos días. Aislado en una casa de campo, con lo indispensable para la supervivencia (alcohol, hielo y patatas fritas), y reunido con trece espíritus libres, comenzaba a percibir que a pesar de las circunstancias particulares de cada uno, y del ambiente festivo reinante, todos tendíamos ya a insinuar un apocalíptico desencanto treintañero. Expresada de distintas formas (suspiros, impaciencias, eructos, risas y temblores) todos parecíamos encaminarnos hacia la aceptación de lo evidente: la rutina da un poquito de asco. Acaso sea el gen del inconformismo, particularmente activo en los herederos de la clase media acomodada, pero la impresión era que ninguno de nosotros esperaba tal mediocridad de la vida. Una vida de trabajo, aislamiento forzado, alejamiento y pérdida.
Aun así, ese estado en el que la metáfora y la fantasía parecen unirse a la realidad en un magma uniforme muy accesible no tardó en llegar. No era mística o intelectualidad, era más bien un colocón de campeonato. Y al hilo de tanta reflexión, la ansiada respuesta a esta zozobra la encontramos en la transmutación del hombre en mono. Ahí sentado en una rama, sin aspiraciones, sin la angustia que genera la conciencia, abandonado a la primitiva y blanda relajación de no pretender nada más que comer plátanos y masturbarse en público, para gozo de documentalistas de televisión de pago.
Aquiescencia. Aplausos. Regocijo general.

Acaso Jane Goodall hallase cierto encanto en rodearse de gorilas, con su comunicación gutural y primitiva, pero los trece dipsómanos que estábamos encerrados en una casa rural teníamos serias dudas sobre que la solución a nuestros infortunios diarios, tras un rato de ingenuidad etílica, la encontrásemos en pertenecer a esa especie. Tengo la certeza de que la inconsciencia le proporciona al simio una vida tan grata como irracional, sin grandes dudas más allá de la búsqueda de alimento y de la cópula sin sofisticación…
Lo que un primate no puede afirmar, porque no puede afirmar, es que habría renunciado a esa desidia si sólo le hubiesen dado la oportunidad de leer a Dostoievski o a Vonnegut, o de ver El Padrino o un cuadro de Rothko o de escuchar a Mozart o a Nick Drake. A esto se le llama diletancia, y parece ser el germen del amor por la vida, más allá del instinto de supervivencia, de origen remoto pero incompatible con madrugar, ya siempre quieres morirte cuando suena el despertador.
La lucha empresarial, el dolor de muelas o el desafecto se superan con el placer de entregarse a las más diversas tareas de la razón… Si me lamento de los impedimentos que impone la rutina en mi camino hacia el hedonismo es porque incluso en esa queja encuentro cierta satisfacción. Y si bien es cierto que doy excesiva importancia a tanta calamidad, encuentro muchos más motivos para el gozo entre las páginas de algunas novelas, en una canción o en el cine. Disfruto amando a mi novia, zampándome un bocadillo de chorizo con queso o durmiendo bajo un árbol, contemplando embelesado la redondez de la luna… Razones suficientes para renunciar a la aparente placidez en la que viven los bonobos.
Pero esas no eran las circunstancias. Estábamos de fiesta, en una celebración exagerada de la sinrazón. Y había que dejarse llevar para encontrar el placer en el lujo de gritar y golpearse el pecho. Disfrutando del momento viviendo como monos.

lunes, abril 27, 2009

Las estaciones de un libro (Un cuento corto)

Encontró el libro un verano. En otoño estaba ya amarillento y cuando quiso empezar a leerlo, las hojas comenzaron a caer en un lánguido balanceo descendente. Cuando llegó el invierno, las pastas estaban frías y las letras, en el suelo, aparecían desvaídas en sus páginas. Esperó, paciente, a que llegase la primavera. Confiaba en que saliesen nuevas hojas cargadas de letras florecientes. Aguardaba con el nerviosismo contenido que se respira en las salas de espera de los hospitales. Pero del libro no salió nada, porque toda aquella fantasía de libros y el paso de las estaciones no tenía más causa que encuadernado tristemente pobre.

Prosopopeya

A fuerza de verla, escucharla y leerla, la crisis ha entrado en nuestras casas como un inquilino más. Un habitante que se levanta con nosotros, que se sube al metro y se acomoda entre los viajeros; un observador que se coloca a tu lado mientras trabajas o esperas en la fila de la oficina de empleo. Te vigila durante el almuerzo o cuando regresas a casa. Se sienta en el sofá a ver contigo las noticias, da las buenas noches a tus críos y al final del día se acuesta, entre tu mujer y tú, en una cama demasiado estrecha para tres.
Lo malo de las visitas es cuando aparecen sin avisar y se quedan sin saber a ciencia cierta si van a irse. Esta crisis es un primo lejano que aparece en casa con una maleta de cartón y una sonrisa impostada. Entre risas huecas y remembranzas infantiles, se sienta en el sofá y ya no hay manera de levantarlo. Y además se va a quedar unos días si no te importa ¿cómo me va a importar? ya lo sabía yo, ese es mi primo, ya lo sabía yo.
Lo que queda es llevarse el mentón al pecho y dejar que pase la tempestad con la ilusión de que la visita sea breve, más tarde con la sospecha de que quizás se esté alargando y finalmente con la certeza de que se irá cuando mejor le venga. La crisis es resbaladiza y no se deja atrapar fácilmente; no la puedes agarrar por las solapas y espetarle unas cuantas cosas en cara para después echarla a la calle.
Una crónica negra de tinte cinematográfico, esas de visitante siniestro y alienante. El que nos quita el trabajo y nos expulsa de nuestros hogares, el que hace tambalearse los pilares básicos de la rutina. El que tras mil tribulaciones cae mortalmente herido. Pero… ¿Quién le dará el estacazo final? Esa es la duda: si será un gobierno descentrado o una oposición sin ideas, ambos enzarzados en discusiones metafísicas de saldo. Hace falta un giro del guión. La fatalidad es que la dramaturgia anda también en estado crítico.

lunes, marzo 23, 2009

Sesión Continua

Los departamentos de Recursos Humanos han descubierto que el mejor currículum no es aquél en el que uno pretende venderse como puede. La impostura y cierta predisposición profesional eran las mejores tarjetas de presentación que yo conocía. La corbata y la gomina en tamaño carné imponían la distancia entre la realidad y el decorado fantástico del ruedo empresarial, y daban la medida de la servidumbre que estábamos dispuestos a transigir para entrar en ese limbo llamado el mundo laboral.
Pues ocurre que los que pretenden contratarte no reparan ya en tu inglés académico, o en si manejas con soltura un procesador de textos o una calculadora… y no lo hacen porque ahora se entretienen rebuscando entre los desechos de las redes sociales en las que uno, a falta de posteridad, deja detalles de su anodino peregrinar por la vida. Cuando en las empresas se afanan en escatimar horas de tu tiempo libre, el único en el que una persona sana puede formarse, en sus oficinas más oscuras hay un destacamento de carroñeros que escarban en las vidas privadas de sus futuros empleados.
¿Existe la obligación de entregar a la empresa algo más que tu intelecto y las horas del día en las que más brillante estás? ¿No basta acaso con la asunción de un contrato en el que se especifican los términos del trabajo? Pues no, no es suficiente. Ahora tu intimidad también es propiedad del patrón, y tu actitud, y tus voluntades y noluntades, y tus aficiones y tus perversiones. Y lo que antes era ocio, es ahora la extensión de esa obra teatral llamada: “Lo que se espera de ti”.
Si lo tuyo es la bohemia, o beber amontillado por celemines, si en tu tiempo libre te van el cuero o los jeans lavados al ácido, entonces eres carne de INEM. Porque tienes que fingir, chaval, ser correcto hasta cuando vas a cagar. Ya sabes que el mundo no puede pararse por un díscolo como tú.

martes, febrero 24, 2009

Sin Manual de Uso

No es lo mismo cantar que las nieves del tiempo platiaron tu sien que afirmar categóricamente que te estás haciendo viejo. Pero claro, tampoco es igual entonar tangos por los arrabales bonaerenses, entre humo, licores y mujeres licenciosas, que pasar los días encerrado en una oficina haciendo algo que no te gusta. Quizás no sean más que artificios metafóricos pero, para mí, no es lo mismo.
Georges Perec escribió una novela fabulosa llamada “La vida instrucciones de uso”. Lamentablemente, de manual no tenía nada. Nadie te enseña cómo funciona esto cuando no vas a ser aristócrata.
Yo no esperaba el día en que me preocuparía la facturación tramposa de una compañía eléctrica o que alcanzaría el paroxismo de la indignación al escuchar ciertas noticias. Ni siquiera se me ocurría hace unos años que un sábado por la noche no tuviese otro fin que el de tomarse unos cubatas y volver a casa buscando un sigilo frustrado irremisiblemente entre los trompicones y las risas incontenibles que provocaba el Johnny Walker. Ya ni los domingos por la tarde son lo mismo. Antes pasaba esas tardes con las orejas coloradas por el calor de la calefacción observando como mis padres jugaban a las cartas con mi abuelo, sin prisas, aguardando otro día sin expectativas.
Ahora tengo que echar cuentas, pienso que las pelusas que campan por el salón son otro propósito inconcluso y me lamento de lo efímero del fin de semana, del retorno al trabajo, de la espera interminable del próximo festivo.
El síndrome de Peter Pan resume esa necesidad tan habitual de anclarse en la juventud, disfrutando sin cortapisas de la libertad de no tener obligaciones. Pero si extraes a Peter Pan de su contexto de aventuras fantásticas, se convierte en una vieja gloria, en un libro que huele a moho. La entrada en la edad adulta era el deletéreo final de las hadas: la resignación al paso del tiempo. La peor forma de envejecer. ¿Cuál es la forma de llegar a viejo sin ser adulto? ¿Dónde está la salida a este camino que sólo avanza en una dirección? La respuesta, me temo, se esconde entre la risa, la burla y la pérdida de respeto hacia las formas encorsetadas que impone la costumbre. Y todo esto sin caer en la caricatura de la eterna juventud. Un equilibrio bastante complicado. Pero precisamente en la búsqueda de ese balance habita la ilusión de hacerse viejo.

martes, enero 20, 2009

La Web de los Güebs

Hoy me he convertido en fan de Paquirrín. He completado un test para saber qué haría yo en una isla desierta (como si pudiese, en mis trayectos diarios, caer en la bonita isla de Robinson Crusoe). He anunciado en la red que he comido lentejas y bonito. La capacidad para convertirnos en exhibicionistas y voyeurs a partes iguales a través del wi-fi es de psicoanálisis. También he visto un vídeo en el que siete majaderos se dan trompazos en monopatín y otro en el que a un pringado le revienta una bengala en el ojete. Finalmente, he añadido a mi lista de contactos a dos compañeros de colegio a los que no recordaba y sobre los que nunca volví a recapacitar hasta que me encontraron en Facebook. He abierto el e-mail y he borrado varias invitaciones al Casino Online, en el que debo tener acumulados unos veinte millones de dólares en bonos de bienvenida. He rechazado la oferta de un vicesecretario africano para compartir los beneficios de una herencia perdida y como hoy tampoco me voy a convertir la picha en un Corvette, me he puesto con los mensajes electrónicos que había recibido. Siete de ellos los he que reenviado a diez de mis amigos para no ser objeto del oprobio divino y otro se lo he mandado a toda mi lista de contactos y a una empleada de Nokia para que me den un móvil con mp3. También tenía una presentación en power point con fotos de paisajes, música mística y frases célebres... Ay, Internet querido, qué estrés me estás causando.
La cantidad de tonterías que circulan por Internet es asombrosa y lo curioso es que hay gente con el suficiente tiempo libre para inventárselas, lo que me sume en la depresiva certeza de que gestiono muy mal mis ratos de ocio... La sublimación de lo banal ha germinado en el mantillo virtual adecuado. Y yo pierdo todos los días un buen rato en satisfacer esta tonta fascinación por lo fútil. Voy a buscar en Google qué tengo que hacer para dejar de depender tanto de Internet.

lunes, diciembre 22, 2008

El Esquema Ponzi

Pensaba deshacerme en elogios hacia los creadores de este monstruo llamado Freek! que cumple 50 números. Todos editados con tesón, perseverancia y honestidad, lo cual no es poco. Pero no lo voy a hacer.
Se ha cruzado otro ejemplo de voluntad y empeño, no tanto de virtud, que me ha desencajado la mandíbula: Bernard L. Madoff. Un prohombre hasta hace unos días, un criminal hoy y alguien a quien el futuro pondrá en su lugar como un genio en la venta de humo, alguien que ha forjado un castillo de naipes cimentado sobre la codicia de los demás. Esquema Ponzi llaman a ese fraude donde el que está en la cúspide teje una red de mentiras que atrapa a miles de incautos a los que más tarde chupa la sangre.
Yo, que soy dado a establecer analogías sencillas, comencé a cavilar sobre otra estafa altamente lucrativa que tras empacar un producto bastante volátil y con unos réditos reintegrados con poca certeza y manifiestamente tarde, no ha sido penado con la inquina con la que se ha crucificado al simpático señor Madoff. Quizás crucificado no sea el adjetivo más adecuado para el negocio en el que pienso, cuyo buque insignia es una figura clavada a dos maderos trabados. Ofrecen una plaza en el paraíso y tranquilidad de espíritu a aquél que entregue su alma, su libertad intelectual y su dinero. A todo este paquete de inversión subprime se lo denomina fe, un término aséptico que se vende bien.
Toda una caterva de predicadores endosa los productos de un líder invisible (en los dos últimos milenios) y obtienen lucrosos beneficios hasta de gobiernos como el nuestro, lo cual es escandaloso. Legalmente dudoso, supongo.
Algún día habrá una crisis de fe y alguien tendrá que responder devolviendo expectativas y falsas promesas. Y yo quiero estar ahí para verlo. Porque me voy a reír un montón.

jueves, noviembre 20, 2008

Sosa Cáustica

Estoy muy disgustado porque no le hayan puesto una placa conmemorativa a Sor Maravillas. ¡Qué agria disputa es la que se ha llevado la palma de la actualidad política estos días! Si Bono llama hijos de puta a sus compañeros de partido con el tono patibulario que le da su recién estrenada melena, los periodistas se frotan las manos y ya tienen portada para una semana. La crisis da para rato pero a veces aburre, con lo cual es necesario acercarse al vulgo con un conflicto más palpable, comprensible y de tono popular como es el mentar a las madres de los demás.
Alguno debe pensar, porque si no soy incapaz de comprenderlo, que al populacho han de darnos espectáculo, porque si nos hablas de realidades igual nos da por incendiar cosas. Que no es que quiera yo incitar a la piromanía por gusto, pero siempre pensé que el fuego purifica y cierra heridas.
La cuestión es que el circo de la política es un artificio alambicado e inaccesible que oculta un entramado rematadamente sencillo. No soy yo el que con sesudo empeño se lee los periódicos y extrae jugosas meditaciones, pero a veces sospecho que la tomadura de pelo a la que nos someten es un monumento a la idiotez popular.
El mundo no funciona bien y eso a veces se nota. Es como las letrinas que montan en los campamentos de verano. Son agujeros que se van llenando de mierda y cuando huele a cien metros a la redonda los cubren con sosa cáustica para seguir cagando encima. Digamos que la sosa es una cumbre donde los que la han liado parda, ejecutan discursos grandilocuentes de un cuarto de hora y arreglan un desaguisado feroz en un par de días. Taparán el olor durante una temporada, pero al rato volverá a apestar. Mientras tanto, sospecho lo único que han sacado en claro es un magnífico banquete de canapés.
No se preocupen demasiado. Algún día las cosas estarán tan mal que ya solo podrán mejorar.
Felices fiestas.

lunes, octubre 13, 2008

Porque tú lo vales

Una mujer joven embutida en una malla azul y con el cabello rigurosamente blanco aparece en la cocina de un hogar y anuncia: “Vengo del futuro y te traigo la solución que lava más blanco. Te traigo… ¡Lejía!”.
¿De verdad alguien pretende convencerme de que si se inventa una máquina para viajar en el tiempo enviarán a mi hogar a un emisario del futuro para que me inicie en los misterios de la colada? Lave más blanco ¿Qué es más blanco? ¿No es el blanco lo suficientemente blanco?
Si me paro a ver anuncios, me quedo atónito. No soy capaz de entender cómo alguien puede ensalzar, con una gran sonrisa protésica, las magníficas cualidades del pegamento que usa para que no se le caiga la dentadura al suelo. No comprendo como una percusión sincopada, campanilleos y música de violines, acompañados de un ingenioso movimiento de bielas que se balancean y caen y se empujan unas a otras pueden persuadirme a gastar mis dineros en un automóvil. Con gran perplejidad, se me invita a una fiesta muy concurrida en la que Julio José ofrece queso a unos y otros mientras habla por teléfono con su madre, que siempre acierta cuando se trata de agasajar con viandas a los invitados. El orgasmo de la sofisticación: un plato con queso.
Qué simplezas.
Recomiendo el ejercicio de la descontextualización publicitaria como gimnasia para la mente y como lenitivo emocional. No vaya uno a pensar que es un esnob por beberse un refresco sin azúcar. O que por comprar verduras congeladas, aunque se cocinen bailando un merengue, hará que su matrimonio funcione mejor. Tampoco es cierto que los lomos de atún se preparen en el tiempo en que uno se quita la corbata y tu esposa entra por la puerta toda radiante. Piénsalo. Una vez basta. Tú no vistes corbata ni tu mujer está tan buena, aunque la quieras de verdad. Y el atún congelado hace bola. Está seco.
Un engaño tan sutil que me hace sentir desgraciado por no vivir en el mundo de la Coca Cola. Se supone que todo esto es porque yo lo valgo. Alguien lo ha dicho. ¿Qué es lo que yo merezco? ¿No tener caspa? Todo un desconcierto, señores.

lunes, julio 21, 2008

Walden o la Vida en Rebajas

Decía Thoreau, en esa obra tan necesaria como aburrida que es “Walden”, que la gente de su época parecía más preocupada por vestir ropas a la moda y sin remiendos que por sostener unos valores morales sólidos. Lo bueno de los clásicos es que nunca pasan de moda. Lo malo de la moda, es que caduca rápido.
Hace unas semanas me vi sumergido en la merienda de negros que son los primeros días de rebajas. En el proceso de engalanamiento que discurre entre que alguien entra en un establecimiento que vende ropa de saldo y el momento en el que atraviesa esa misma puerta cargado de bolsas, se lleva a cabo un intercambio masivo de valores por retales. El entusiasmo que imbuye a una persona al calzarse una blusa de incomparable estilo, una prenda de clase y categoría escondida en una montaña inmensa y tambaleante de prendas de clase y categoría todas iguales, invita al comprador a propinar toda suerte de codazos y zancadillas a los que se interponen entre él y el futuro elegante que le espera. La apariencia, lamentablemente, se cotiza mejor que las buenas ideas.
Días más tarde, viendo las noticias, me sorprendió la cantidad de gente que había pasado una noche a la intemperie para hacerse con un iPhone. Dios mío, me dije, por qué otras cosas pasaría esta gente una noche en la calle. No se me ocurrió ninguna. En un momento, el reportero hacía preguntas tanto a los que esperaban como a los que ya salían con el aparato entre las manos. Uno de los primeros compradores afirmaba: “Lo quería blanco, pero negro también me vale”. Uno de los que aún esperaba dijo: “Ya tengo tres teléfonos, éste será el cuarto”. Después de atender un rato me di cuenta de que la mayoría de los que esperaban para comprar el teléfono, un aparato concebido para hablar, no tenía absolutamente nada que decir.
El mismo día en que salió a la venta el iPhone una veintena de inmigrantes ilegales se ahogaron en el mar. Ellos habían pasado muchas noches a la intemperie pero sus eran ropas baratas y lucían ajadas y desvaídas. Qué cosas.

viernes, mayo 23, 2008

Ficciones Ajenas

Arrumbado en el sofá, mirando la televisión de manera casi empecinada, me puse a pensar en una ficción que alimentara no solo la mente sino también el cuerpo. Ahí tirado, mirando seriales sin parar, aventuras y romances, historias de desesperación o de pura histeria cómica, atrapado en invenciones empaquetadas y servidas en pedazos de tres cuartos de hora. Una detrás de otra, sin parar siquiera para comer, porque sólo esas imágenes ya me llenaban la tripa.
De ahí daba un salto mortal al magacín de tarde, bien disfrazado de boletín de realidad pero sin duda de una ficción más sutil que me sumergió en ese lugar de la tierra donde actores celebérrimos se calzan una peluca y atracan oficinas, donde jóvenes de cuerpos vigorosos aman con pasión desbocada a viejas glorias de la copla (más viejas que glorias) y donde los toreros viven la vida con mayor dramatismo que los poetas románticos…
Llevando la conjetura hasta el extremo, me vi durante noches y días sentado ahí, pendiente de imágenes que me llenaban la cabeza de islas misteriosas, de cárceles con glamour, de mujeres desesperadas o de adolescentes guapos con superpoderes, de historias de amor efímeras entre futbolistas y modelos, chismosas discusiones alrededor de nada, familias reales tan cercanas como inalcanzables. Y así, dándole vueltas a este puré de acontecimientos caí dormido con el magín lleno de acción… Más tarde, no mucho más, desperté sobresaltado porque en mi sueño no pasaba nada.
Leí hace tiempo que los hombres y los primates comparten la habilidad de reflejar en sí mismos los sentimientos de sus congéneres, salivando si los otros comían o excitándose si veían copular a otras parejas. Supongo que es esa capacidad la que nos sume con tal fruición en las vidas ajenas. Pero asumo también que ese éxito no lo sería tanto si nosotros nos gustásemos más de lo que vemos en los demás. Así que me levanté del sillón, me miré un rato en el espejo, y salí a dar un paseo tranquilo por esas calles de mi vida en las que nunca ocurre nada.

jueves, abril 24, 2008

Solidaridades

Visto el ímpetu con el que algunos exaltados tratan de apagar la antorcha olímpica, aun saltando con instinto criminal sobre el atleta que la porta con más miedo que orgullo, me pongo a pensar qué es lo que lleva a una persona a solidarizarse con las causas perdidas. No digo que esté mal, qué va, me quito el sombrero ante las personas que entregan su tiempo a defender a aquellos que viven oprimidos y desdichados. Pero ¿quiénes son los menos afortunados y cuáles son los motivos que nos decantan por unos o por otros? A estas alturas, mi duda es ¿merece más compasión un monje tibetano, con su cráneo pelado, su actitud beata y su mística vestida de oro y grana, que un niño negro hambriento y acosado por las moscas? No lo sé, pero aunque los segundos son más dignos de compasión, los primeros se venden mejor.
No quiero pensar que es por autocomplacencia que uno se lanza a la defensa a brazo partido de un monje budista. Yo creo que queda bien. Que es guay. Es una forma guapita de solidaridad. Ahora bien ¿de dónde sale ese ímpetu agresivo que forma barricadas y zarandea autobuses? Pocas veces se ven reacciones así y, honestamente, se echan de menos, sobre todo cuando las causas no son chachis o no están de moda...
Ya sea por los niños de Biafra, por los monjes budistas, por los crímenes de guerra en Irak o por los cocaleros subyugados del altiplano peruano, son estas manifestaciones de respaldo a las causas perdidas las que dan un poco de dignidad a las sociedades dormitantes del primer mundo. Si a todos los desagravios se respondiera con la misma tenacidad, acaso algo cambiase a mejor.
Lo malo y lo triste es que posiblemente el mayor ejemplo de unión y solidaridad que dé este año España sea el respaldo masivo al Chiki-Chiki que, si bien mola mogollón, viene a confirmar que algo no funciona bien en nuestras cabezas. Ojalá me equivoque.

martes, marzo 18, 2008

Management

En mi corta carrera profesional he sufrido con frecuencia una de las sensaciones menos agradables que se pueden experimentar: conversar con un jefe.
En mi particular interpretación del sermón de la montaña (Mat. 5:1; 7:28) caigo en un horrible clasismo y me sitúo indefectiblemente del lado de los pobres de espíritu, de los mansos, de los que lloran y pasan hambre. En el otro plato coloco a mis superiores, esos inmisericordes que generan falsos ídolos (la Empresa) y que nunca encontrarán mi aceptación.
Me he dado cuenta que cuando un superior te da unos golpecitos en el hombro, es posiblemente porque quiera sacudirte el polvo que se te acumula después de horas encorvado sobre un escritorio. El polvo en las hombreras da mala imagen. Además sabe que el gesto se puede confundir con un guiño alentador, lo cual es más barato que un aumento y en su muy obtusa visión del mundo, más de agradecer.
He pasado por cuatro empresas diferentes en seis años y nunca he encontrado un jefe con el que pudiera conversar sin sentirme examinado. Cuando me pongo humano, porque evito las conversaciones técnicas, ocurre lo siguiente: mi primer jefe me negó unas vacaciones un día antes irse a Benidorm, mi segundo jefe me dijo que era un perro y mi tercera jefa me preguntó si tenía frío y me aconsejó ahorrar dinero para comprarme un traje. Unas semanas después dejé los tres trabajos.
La última llegó el jueves cuando un lumbreras, un prohombre de los que habla Cinco Días, afirmó sin pestañear que mi trabajo es inútil, que está superestimado y que hace perder dinero a la empresa. Aprovechó, no obstante, que estaba saliendo de la oficina para no interrumpir mi labor, pero se demoró cuarenta minutos en desgranar blasfemias acerca del (perdón) cálculo sísmico en las refinerías. Después de 50 minutos ladrando, le dije: Señor, si dentro de diez minutos sigo aquí, le voy a pasar una hora extra. Me dio la mano y se despidió. Entendí que le había dado una lección de humildad.
Mañana empezaré a buscar trabajo.

martes, febrero 19, 2008

Vendiendo la moto

La infancia nos premia con una brumosa candidez que convierte lo eventual en milagroso, lo desconocido en mágico. A medida que nos alejamos de nuestro pasado cigótico, cuando los acontecimientos pierden esa aureola mística de lo ignoto, la realidad se torna más amarga y finalmente nace la resignación. El golpe de gracia llega cuando los padres, cansados de fingir o de soportar las veleidades de nuestros caprichos infantiles, nos anuncian de modo trágico pero liberador que ellos son los reyes magos. Se abre el telón y uno confirma que lo que antes obtenía por gracia divina ahora ha de conseguirlo mediante el esfuerzo y la constancia.
Y de repente, cuando la ilusión por los regalos gratuitos ha desaparecido de la memoria, llegan las elecciones. No hay nada como una campaña electoral para devolvernos a ese estado de ensoñación infantil. Vendiendo soluciones prodigiosas, estos tipos ofrecen un futuro mejor del que nos hacen partícipes, y en su grotesca contienda cada uno se esfuerza más que el otro por regalarnos los oídos. Ese es el juego en el que se ha convertido la democracia, desvirtuándola hasta el punto de vender una realidad que nunca llega a ser, comprando las voluntades con fundamentos peregrinos. Es un patio de colegio en el que el “yo más que tú” es lo único que suena, redundante, aburrido y hueco. Si para uno somos buenos ciudadanos, el otro asevera con más empeño que por serlo merecemos algo mejor, algo que sólo él puede ofrecer.
Al final, persuadido o aburrido por razones más bien espurias, te decantarás por uno con la bisoña convicción de haber hecho lo más correcto. Más tarde, durante cuatro años, te darás de bruces con la realidad y tendrás la misma sensación que en tu infancia: la certeza lamentable de que tus juguetes pintaban mejor en los anuncios y de que te han tomado el pelo. Otra vez.

lunes, febrero 18, 2008

Tridentino no es un chicle

Ha llegado la hora del rito tridentino ¿Y eso qué es? ¿No está usted informado? El ritual es la última moda en lo que a oficiar misas se refiere. En resumen, el señor Ratzinger cree que es más cool evangelizar de espaldas al credo, igual que hacía Jim Morrison en algunos conciertos, pero con vino en lugar de bourbon de garrafa. Los cánones del proceso son previos a la psicodelia, no mucho, sólo cuatro siglos, cuando aún no existía el wah-wah. Ahí está de nuevo la santa iglesia haciendo lo que se le da tan bien, volverse a la realidad y hablar en latín, para que nadie se entere.
Pero ya sea en latín, en polaco o en alemán éstos siempre hablan bien alto, tanto que quieren atrofiar los tímpanos ajenos para que sólo se oiga su propia voz. Lo que parece inadmisible, a estas alturas de la película, es que anden a trompicones por terrenos que no son los suyos y en los que fácilmente pueden tropezar con su propia sotana. Resulta aberrante para la razón que unos personajes que predican con un manual de instrucciones finalizado hace dos milenios intenten imponer con crispación guerrera unos patrones que están caducos ¿Por qué hablan de familia unos señores que por contrato no pueden formar una? No entiendo en qué se basan para formular tal concepto cuándo la familia de la que ellos más hablan estaba formada por una mujer que tuvo un hijo ilegítimo, de un padre que nunca apareció por casa y por un hijo incomprendido que acabó un tanto malogrado. Cuando el dogma de fe entra en conflicto con la realidad hay que hacer balance. Es mucho más tangible el pulso de la razón que la luz divina. Recójanse a sus claustros que el discurso aburre. El que busque consuelo, que acuda a su cobijo. Yo quiero pecar a gusto, porque no me creo el cuento.

lunes, noviembre 19, 2007

Pollas

Llega un momento en el que uno ha de enfrentarse a temores que permanecen enquistados o incluso ocultos (sí, hablo de tamaño). Yo nunca he sido de carácter acomplejado, aunque he tenido que superar algunos obstáculos para llegar a ser tan gili como lo soy hoy en día.
Dado que últimamente recibo una cantidad desorbitada de correo basura, he decidido prestarle atención. Al fin y al cabo responde a una demanda de soluciones a problemas que intentamos mantener en secreto. El correo electrónico ampara con una neblina de anonimato que permite enfrentarse, de una vez por todas, al mayor de los desasosiegos que albergamos los hombres: el tamaño de nuestro pene. No lo digo porque haya hecho un análisis exhaustivo de la situación, sino más bien porque el 90% de estas cartas personalizadas dan soluciones miríficas al agrandamiento de nuestras lamentables pililas. Ya da que pensar el hecho de que estos cirujanos afronten el problema insultando: “Tu picha es pequeña” o “Las mujeres nunca están satisfechas con un falo enano como el tuyo” o el mejor, que considero un auténtico prodigio de la literatura y la perífrasis eufemística: “La masculinidad real es imposible sin una sustancial cantidad de carne varonil”.
Abogo aquí y ahora por entrar en esas páginas y analizar las fotografías comparativas, esas de antes y después, y decidir si lo que realmente necesitas para mejorar tu vida es llevar entre las piernas toda una vitrina de panadería: pasando de la baguette al chusco de cuarto kilo abierto y acabando en la clásica pistola o barra de pan… caliente. Hilarante. La única solución que le veo al asunto de una polla minúscula (usando el argot especializado) es no hacerle caso. Tanto si crees que la manera de cautivar a las mujeres es sacándote el manubrio en público para hacer ostentación, como si piensas que una mujer te va a despreciar porque la tengas chica, has de superar ciertos clichés. La exhibición es ridícula. El rechazo se puede superar si demuestras que tu inteligencia va más allá de los centímetros.
Lo que realmente preocupa es que tantas inquietudes giren en torno a asuntos tan baladíes como éste. Que por otro lado haya tantas personas sedientas de hacer negocio a base engatusar a pobres diablos también es triste desde un punto de vista humano. Que el mundo esté poblado de envidias y complejos asusta hasta al más pintado.
No sé, ciertamente, porqué tengo que darle siempre un giro intelectual a lo que pongo aquí. Quizás sea para dotar de una catadura erudita a las tonterías que se me pasan por la cabeza. Pero no siempre puedo andar enredado en la trascendencia, como dice el César. No desestiméis, en cualquier caso, el correo basura. Al menos, como los complejos analizados en profundidad, siempre puede ser fuente de alguna carcajada. Una risotada casi tan grande como la que yo soltaría si viese tu miembro canijo o tu culo de pandereta.

martes, octubre 23, 2007

Golpes de Pecho


A pesar de que ahora vivo en el exilio, alejado de mi hogar, rodeado de desconocidos, sumido en la incomprensión de otra lengua y a dieta de productos porcinos y de vino güeno, mi sentimiento patriótico sigue intacto. No ha variado ni un ápice esa sensación de pertenecer a una patria, a una historia, a una cultura, con respecto a lo que sentía antes. Se reduce a la nada. Cero. Vacío sentimental absoluto.
Todo esto viene a propósito del video en el que con su habitual estrabismo, mala dicción y pésima apariencia, Don Mariano me invitaba a sacar la bandera del país en el que casualmente fui a nacer a la calle, a exhibir orgulloso los símbolos nacionales, a entonar a grito pelado el tachín tachín de nuestro himno. Y eso que éste se salva, no obstante, porque al carecer de letra nos exonera del deshonroso momento en el que uno presta atención a las soflamas descabelladas que los himnos nacionales habitualmente deparan.
Personalmente no encuentro ningún motivo para el orgullo. El hecho de que aquí se coma bien, haya buenas playas y bonitos montes a quemar, además del supuesto buen carácter del hispano (no ir a las 7 de la mañana a la M-40) no me parecen suficientes como para andar por ahí golpeándose el pecho, anunciando a bombo y platillo: “Soy español, chúpense esa”. En ese mismo orden de cosas, no hallo consuelo alguno por haber nacido cerca de la Sierra de Guadarrama o porque la meseta haga ancha Castilla. No me vanaglorio de las casualidades y menos si éstas son accidentes geográficos.
Por otro lado, nuestro país, crisol de culturas y razas, sufrió siempre una desdichada historia de invasiones y reconquistas de las que uno difícilmente puede sentirse eufórico. Tanto si te invaden el país, como si va uno dando patadas en el ojete a los árabes, golpes de sable y arcabuzazos a los incas o cañonazos a los franceses, parece complicado encontrar honra en la sangre. El absolutismo que vino después no estaba mal si eras rey. Las banderas absorben bien la hemoglobina. Algo más tarde vino la tragicomedia patética en la que ganaron los malos. Cuarenta años después, la única que pudo con la tiranía de un dictador fue la muerte. No es para tirar cohetes. No lo es para mí desde luego. Y ahora vivimos en una democracia, que no está ni bien ni mal, hace algunas cosas bien y otras mal. Pero de ahí a flipar yo veo un trecho.
Así que no veo a cuento de qué este señor viene a pedirme a mí que me indigne si mi vecino no se siente ufano de ser español. Mi satisfacción no se esconde detrás de una tela roja y gualda, ni de un himno sin letra y menos de un escudo con un lema en latín. Me importa mucho más que un político se preocupe por el bienestar, por la inflación y la seguridad social. Y me desconsuela severamente que se dé tantos aires diciendo gilipolleces y se parapete detrás de un sentimiento más bien artificial en lugar de hablar en plata de las cosas que importan. Es más, en momentos así, me avergüenzo de que mi país esté representado por memos de ese calibre. Así que puede que algo de orgullo me quede, quizás sí, pero bastante magullado.

viernes, septiembre 28, 2007

No me aguanto ni yo mismo


No me aguanto, originally uploaded by samolo_99.

lunes, agosto 13, 2007

El Terremoto

Ayer se produjo un terremoto en Ciudad Real y los informativos dieron amplia cobertura informativa, tanta que el evento ocupó la mayor parte del noticiero. De especial importancia resultó la narración de un paisano, que con gran detalle vino a resumir el evento:
“Tó temblaba y vi como me se movían las fotos de los zagales. Aluego las estuve colocando y salimos a la calle.”
Ese es el nivel de las noticias a 12 de Agosto. Da gusto estar tan informado gracias a TVE Internacional.

miércoles, julio 25, 2007

Cienciología (Una anécdota cachonda)


En mis últimas vacaciones, en las que estuve paseando por Estados Unidos, me encontré con una joven muy proclive a introducirme en las bondades de la cienciología. En una esquina de San Francisco, se acercó a nosotros con una gran sonrisa de mentecata (o de karma satisfecho, según se vea) y nos preguntó:
- Hola chicos ¿Conocéis la iglesia de la Cienciología?
- Sí - Respondí.
A lo que replicó:
- ¿Y cómo la habéis conocido?
- Tú sabes, por Tom Cruise.
- Claro, por Tom Cruise, no podía ser de otra forma.
Después de esta afirmación, y tomándose un momento de introspección, añadió.
- Y... ¿Os gustaría pasar y ver una proyección, una pequeña película, acerca de nuestra ciencia?
- Pues mira, guapa - contesté - Creo que ya he tenido bastante con las películas de Tom Cruise.
Y con la gracia que me caracteriza, di un paso torero y seguí caminando con mi señora por las frescas calles de San Francisco.

viernes, junio 15, 2007

Juegos de Mesa

El devenir laboral de algunos trabajadores es como una tarde entretenida con juegos de mesa. Lo malo del asunto es que los que juegan son empaquetados directivos y las fichas, a lo sumo meros peones, somos los que estamos a la orden de su antojo.
Mi vida, en las últimas semanas, se ha convertido en un caótico entramado de tableros. Una mañana aburrida de miércoles, algunos de los jefes de mi amada empresa, decidieron echar una partida al Stratego. Contando con una horda de soldados bien amaestrados, dispuestos al sacrificio en pos de acortar los plazos de una hipoteca, mi jefe dispone sus batallones sobre un mapamundi. En algunos casos, envía pequeñas tropas a las afueras de Madrid, generando pequeños contratiempos en las rutinas diarias. Te invitan a disfrutar de la amena congregación matinal en las autovías de la capital, te alientan ofreciéndote horas interminables de lectura en los transportes públicos de la ciudad.
A mí me tenían reservada otra sorpresa que requería de más voluntad. Conquistar, con la fuerza de mi sabiduría técnica, una refinería en Oriente Próximo. De modo que el primer movimiento fue ubicar su batallón en el centro de Turquía. Una vez que la ficha se coloca, el juego se vuelve más intrigante y desesperado, así que para aliviar tensiones sacan el Monopoly. Te miran y saben. Se masajean la barbilla. Se atusan el pelo y dicen: Sabemos que quieres una propiedad y tengo aquí unos cuantos billetes de colores que te pueden ayudar. Los ponen sobre la mesa para que los mires con el asombro de alguien que no está acostumbrado a ese tipo de espectáculo. Ahí está, no sería malo cogerlos, no, pero antes tienes que jugar al Enredos, y esto ya sí que te descompone. Un pie lo tienes en Anatolia, el círculo rojo, y el otro está en tu novia, tu familia, tu casa y tus amigos, un círculo azul. Pones una mano en un círculo amarillo que representa tu moral, y eso te exige un retruécano de articulaciones que imposibilita el equilibrio. Y por último, en el más alejado, el redondel verde, ubican el dinero. Y casi siempre, por llegar con la otra mano hasta este círculo, has de separarte de alguno de los demás. O renuncias a algo o te caes. Y así estaba yo hasta hace unos días, intentando alcanzar los cuatro círculos: familia, futuro, trabajo y moral. Y en un intento desesperado por llegar a todas, aún con las puntas de los dedos, me he desmoronado sobre el tablero, y la mano se me ha quedado sobre el dinero. Menudo papel, imposible recomponer la figura. Así que mi jefe se frota las manos y dice, ya te tengo, desaliñado como un guiñapo. Se congratula de saber que al final has cedido con el alma en los pies y con la mirada lánguida de un perdedor.
Pues ahora que ya sé que te puedes tirar al barro, me dice con satisfacción, ya no sé si irás tú o no. ¿Sabes qué? Voy a pasar unos días jugando a los dados. Así que ahora, en el último día de mi entretenida aventura de juguetes, me ha dejado con cara de Míster Potato.
Con la cara, sí señores, de un auténtico gilipollas.

jueves, mayo 24, 2007

P-E-S-I-M-I-S-T-A

Afirma la señorita A.A.T., residente en Madrid para dar señas (es intérprete para sordos), que llega a ser fatigoso soportar mi pesimismo recalcitrante. No le quito la razón, me gusta quejarme. ¿Por qué? No lo sé, aunque considero que situarse en el peor de los casos, el de víctima, sólo reporta beneficios. De cualquier forma, aún viviendo sumergido en el humor más amargo, me río bastante de todo. La risa puede llegar a ser el lenitivo perfecto que me cure de tanta calamidad.

El pesimista, tal y como yo lo entiendo, posee la visión más halagüeña de los acontecimientos. De tal modo, cuando todo está mal de verdad, las cosas no tienen más remedio que mejorar. Por otro lado, la aquiescencia universal, la aceptación de lo convencional, condena a la conversación a una vida efímera. Así, por concepto, más vale renegar de la actualidad, de la política, de la casa en la que vives, de tu sueldo, de la proclividad de las sienes a cubrirse de canas, del transporte público, de la celulitis, del tiempo o del trabajo… Al carajo, por lo menos así puedes argumentar con profusión.

Cuando llego al trabajo cada mañana, siempre hay un incauto que utiliza el recurso conversacional más solicitado en el mundo civilizado “¿Qué tal estás?”, pregunta. Después de desechar la respuesta natural, que sería contestar “¿Acaso te importa?”, replico habitualmente “Muy mal. Hoy es el peor día de mi vida”. Más de uno se siente desvalido ante la exposición cruda de mi desdicha. Si hoy es el peor día de mi vida, pienso, y sigo aquí, mi vida hasta hoy no ha estado tan mal. Mañana mejorará, y si empeora, hoy no ha sido un día tan horrible. Quiero decir, podría haber sido peor.

A propósito de alimentar la cháchara, nadie te pregunta nunca la razón por la que estás bien. Si dices que estás mal, todos se preocupan por ti. Dos ejemplos ilustrativos.

Ejemplo número 1. Estar bien:

“¿Qué tal estás?” “Bien ¿Y tú?”. “Bien, gracias”. Fin de la historia.

Ejemplo número 2. Estar mal:

“¿Qué tal estás?” “Fatal. Hoy es el peor día de mi vida...” “¿Y eso?”… No sólo te ahorras saber qué tal está el otro, dato absolutamente baladí, sino que tu vida vista así puede ser el comienzo de una novela de Paul Auster o de una película de Jim Jarmusch.

En cualquier caso, ya se me toma a risa. Yo también me lo tomo todo a chanza. ¿Qué otra cosa se puede hacer? La gente se ríe cuando asevero que ya nada me puede ir peor, y yo me siento bien. Porque a mí lo que me gusta es que la gente que me rodea se ría conmigo. La desgracia, ciertamente, es el detritus más fértil para la comedia.

Sin ninguna duda, ser pesimista es lo mejor que me ha pasado. A ver si hoy, con algo suerte, me va un poquito peor.

jueves, abril 19, 2007

Anatolia, gastroenteritis y algo de política

No deja de ser curioso que antes de venir a trabajar a Turquía, yo fuese alertado contra las diferencias culturales, la delincuencia, el integrismo, el carácter indolente del otomano, las diversas perversiones de Anatolia Central, la inseguridad y las tendencias homosexuales de los turcos, entre otras lindezas. Es gracioso que la mayoría de esas advertencias fuesen hechas por personas que nunca han estado aquí. Y lo fenomenal es que todas han resultado ser clichés fantasiosos que no se ajustan a la realidad. Pero de lo que nadie me advirtió fue de la gastroenteritis, que al final ha sido lo único que ha mermado mi equilibrio intenno. ¿Gastroenteritis? Eso es peor que Al-Qaeda, señores.
Qué mal tan extendido es aquél de opinar sobre lo que no se sabe. Por eso, el presidente la caga cuando le preguntan por el precio de un café y, por eso mismo, yo fracasaría si me pidiesen una descripción acerca del producto interior bruto del país. Y lo cierto es que todos nos sentimos capacitados para dar nuestra opinión cuando la mayor parte del tiempo ni siquiera nos la han preguntado.
A propósito de mi gastroenteritis: si hubiese atendido a cada uno de los consejos que me han dado para frenarla, hasta el momento habría tomado agua, leche, coca-cola con limón, agua con limón y sal, agua sin limón, arroz blanco, yogur, coca-cola con gas, coca-cola sin gas, café turco, café turco con coca-cola, limón a solas, té, el caldo del arroz sin arroz, aquarius, manzanas y nada de manzanas y por supuesto, el café turco absolutamente prohibido, algo de queso y nada de productos lácteos… La hostia, si sigo cada uno de estos consejos se me quitan la gastroenteritis y todos los males que tengo. La palmo del tirón.
De la misma manera, tampoco deberíamos hacer mucho caso a lo que los políticos, tanto de un bando como del otro, nos dicen. Para unos el país va bien, para otros va mal, para unos baja el paro y para otros eso significa que el empleo es de poca calidad, unos imprimen papeletas falsas y mientras se les acusa de ilegalidad, éstos se excusan diciendo que es lo más normal. El terrorismo se combate con palabras por un lado y por otro con pistolas… Esto es lo mismo que intentar quitarte la diarrea tomando coca-cola y no tomándola al mismo tiempo. Lo único que provoca atender a tanta opinión encontrada, son unas ganas incontenibles de vomitar.
Los turcos son buenas personas, según he comprobado en estos dos meses. Tan buenas personas como los españoles. Beben y se sienten culpables. Son tan racistas como nosotros. Fuman sabiendo que es malo. Adoran el sexo. En fin, son lo mismo aunque algo más morenos. El único inconveniente es que su religión no es la verdadera, al contrario que la nuestra. Y, por supuesto, también deploran a sus políticos.
La única conclusión es que no hay que hacer caso a nadie. Ni siquiera a uno mismo. A lo mejor no deberías haber leído esta columna. De lo único que estoy seguro, a día de hoy, es de mi cagalera.

martes, marzo 13, 2007

Cucharas de palo


Cucharas de palo, originally uploaded by samolo_99.

Hola. El teclado no lo uso mucho últimamente, pero al disparador de la cámara lo voy a reventar. Si queréis ver algunas de las fotos que estoy echando por Turquía, visitad:
www.flickr.com/photos/samolo

domingo, febrero 25, 2007

Pequeño Bestiario

El Ratón de Lavadora

El ratón de lavadora es un roedor diminuto originario de Asia oriental. Su cuerpo, extremadamente plano, está cubierto por un tupido pelaje metalizado moteado de pintas negras. Su hocico chato alberga una mandíbula con setecientos colmillos planos y afilados. Tiene dos rabos que no paran de juguetear, entrelazándose y desenroscándose sin tregua. De la tripa le nacen siete ventosas, dieciocho garfios y cuatro pequeños muñones, que le sirven de patas. Las ventosas se adhieren a cualquier superficie lisa y es prácticamente imposible despegar al animal de ésta, llegando a desgarrarse las ventosas del cuerpo si se intenta arrancarlo con brusquedad. Cuando el ratón de lavadora pierde una de sus ventosas emite un aullido similar al chirrido metálico de un mecanismo viejo. Después deja de respirar y su corazón para de latir. Ha muerto. Sólo cuando el ratón de lavadora muere con todas sus ventosas, aunque sea aplastado a escobazos, lo hace de manera plácida, exhalando un susurro apenas audible.

Este pequeño roedor habita en las cubetas de las lavadoras. Cuando el animal detecta una presencia ajena, en general una mano o dos, se aplasta contra la pared de la cubeta, a la que se agarra con todos sus garfios. El tono de su pelaje lo camufla y lo hace invisible al ser humano, que sólo es capaz de encontrarlo si dedica tiempo y perseverancia en esta tarea.

El ratón de lavadora se alimenta de calcetines. No necesita muchos para sobrevivir, a lo sumo uno a la semana. Su instinto sólo le obliga a comer lo justo y, si su metabolismo no lo requiere, no roe más que lo necesario. El ratón de lavadora es la razón, ignorada por la mayoría, de que tantos calcetines queden desparejos y de que muchos pulgares y talones escapen de la tiranía de la lana y el algodón a través de los tomates

El Mnemófago

El mnemófago es un gusano parásito similar a la tenia que se aloja en los pliegues de los cerebros acomodados. A lo largo de su cuerpo se disponen centenares de ojos y diminutos conductos cubiertos por una fina membrana, miles de tímpanos sin más. En cada extremo de su cuerpo se abren dos bocas circulares que son como grutas llenas de estalactitas y que se cierran y se abren con ansia, como la boca de un pez fuera del agua. El mnemófago no descansa: sus ojos parpadean velozmente y sin reposo, nunca se cierran todos simultáneamente, y sus tímpanos minúsculos no dejan de oír. El gusano no distingue entre las imágenes y los sonidos, pero una vez que los encuentra perdidos en la masa encefálica los caza con un rápido movimiento de ofidio asesino y los traga sin apenas salivar. Una vez en el cerebro, los recuerdos adquieren una textura esponjosa y húmeda muy apetecible, similar al interior de un erizo de mar.

Los mnemófagos se alimentan indistintamente con retales de canciones, códigos secretos de tarjetas de crédito, versos de poesías releídas en mil ocasiones, el nombre de aquel compañero de trabajo que se sienta junto a la fotocopiadora, números de teléfono, títulos de películas, rostros de actores y actrices, fechas de cumpleaños, fórmulas físicas, algoritmos matemáticos y leyes y normas, reglas de ortografía y recetas de cocina, matrículas de coche y también del sonido de las olas y del tacto suave de la piel del durazno.

Si una persona intenta en vano recordar lo que el mnemófago ha digerido, éste se cristaliza durante unos minutos y hace imposible recuperar la evocación perdida. Si el esfuerzo por traer a la memoria el recuerdo fagocitado es intenso, el gusano lo regurgita lentamente, dejando primero leves rastros en la punta de la lengua y quizá, más tarde, liberándolo en cualquier calle transitada de nuestro cerebro.

Las enciclopedias, las sopas de letras y los tests psicotécnicos son los enemigos naturales y reconocidos del mnemófago. Desde la creación de Internet, los mnemófagos viven sus horas más bajas y ya sólo se alimentan de las leyendas que sus padres y sus abuelos forjaron en la historia nunca escrita de la desmemoria.

El León Vegano

El león vegano es herbívoro. Su mayor ilusión es jugar con las cebras y los ñúes de la sabana africana, pero estos ignoran que no come carne. De tal manera, cuando el león aparece el resto de los animales huyen despavoridos. Éste es el motivo por el cual su rostro es tan triste y en sus ojos siempre asoma una lágrima.

El Microsquito

Este insecto microscópico se alimenta de la sangre del mosquito común clavando su aguijón en el lomo de éste y libando con suma delectación. Su picadura provoca un placer casi orgásmico en el mosquito común, que sigue sin entender por qué muchos de sus congéneres mueren de un manotazo cuando intentan complacer al ser humano.

El Homocaprio

El homocaprio, como el mítico sátiro, es mitad hombre y mitad cabra. Camina erguido sobre sus patas bovinas, que cubre con pantalón de pinza. Imita a la perfección el habla del ser humano, aunque su discurso es hueco y descabellado. En disecciones realizadas a especímenes muertos, se ha descubierto que de su frente nacen dos cuernos retorcidos, que crecen hacia el interior del cráneo, aplastando el cerebro e impidiendo desarrollo natural. Habita en las plantas más altas de los edificios de oficinas. Al homocaprio también se le conoce vulgarmente como jefe de sección o directivo.

viernes, febrero 23, 2007

Mala memoria

Federico, argentino, cuentista, olvidé el nombre de tu blog. Si visitas este déjame tu dirección. Ha sido un gusto cruzarse contigo.

domingo, febrero 18, 2007

El Calentamiento Oval

Los telediarios se obstinan afanosamente en recordarnos que el planeta se está calentando, y globalmente además, casi nada. Pero ahí estoy yo, echando humo como amoto polínganera, según mi inquebrantable línea editorial del cabreo. Vamos, que estoy en un proceso de calentamiento oval que no sé cómo va a terminar, igual se me derrite un huevo.

Es importante que veamos todos los días el parte, como decía mi abuela. Lo primero es prestar atención a la noticia en sus múltiples variantes, vengan estas de Kioto, de un antiguo vicepresidente estadounidense, del salón del automóvil o del programa de Ana Rosa, que algo tendrá que decir también esta señora. El proceso a seguir consiste en recapitular, fijarnos en los pasos que damos cada día y hacer autocrítica para tomar una conciencia clara de nuestra parte en el delito. Hagamos la posible lista del mea culpa: me dejo la luz del váter encendida y muere un pingüino, cojo el coche para ir al Mercadona y un iceberg se derrite, pongo la calefacción, sube la temperatura del mar y a las sardinas les salen tres penes y una barba como la de Chuck Norris. Me he levantado por la mañana y la he liado, en resumen.

El sentimiento de culpa es fundamental en toda esta historia. Si no lo sufres es porque no ves las noticias. No te preocupes, ésta del calentamiento global todavía no se ha pasado de moda, aún puedes enchufarte la tele un rato para que te digan que la estás cagando, chaval, que dentro de cien años vas a sudar más que un mono. Yo calculo que en tres o cuatro telediarios te puedes sentir realmente mal. Con cincuenta telediarios te puedes ver por la mañana pidiéndole al café que se caliente él solito, que si pones el microondas va a haber un maremoto en la isla Perejil.

En resumen, una vez más hay un dedo que me señala directamente a mí porque las calefacciones funcionan con carbón, porque la electricidad se produce por combustión, porque los huevos se fríen con gas o porque mi coche contamina mucho más que los portaviones de la marina. Y yo, ciudadano crédulo acostumbrado al discurso pasado por pasapurés, que me meto entre pecho y espalda lo que me diga Pedro Piqueras, el presidente Zapatero, Al Gore o el inefable Ánsar, me siento tan malamente que me tiemblan las canillas, me se aflojan los esfínteres y además sufro un temor de corte inquisitorial.

Ahora viene la segunda, que es la más interesante, la solución magnífica y redentora que nos ofrecen los prohombres que siempre vienen a salvarnos. Sí señor, aquellos que viven a expensas de una papeleta (en cuya manufactura se usan productos muy contaminantes) deciden que por haber sido malos nos van a subir el recibo de la luz, el recibo del gas, el recibo del agua, los impuestos en la gasolina y en los coches, además de justificar que vuelven a construir centrales nucleares, postergando una vez más el uso de las energías renovables... Piensa en ello. Hoy dejo que saques tú las conclusiones.

miércoles, enero 24, 2007

Humo con Cáscara

Si hay algo que viene a liberarnos de la opresora carga de consumo navideño son las rebajas. Toda vez que hemos agotado la imaginación y el dinero en regalos inútiles, podemos descansar comprando más objetos estúpidos, esta vez para consumo propio. Resulta gratificante ahorrarse, tras aplicar la disciplina de la paciencia, cinco euros en algo que nunca hemos necesitado. Tan cierto es esto como que no es lo mismo acumular polvo sobre un mueble viejo que, por ejemplo, sobre la flamante caja de un detector de movimientos. Vendían uno muy barato el otro día. No lo compré porque no me veía pasando por delante de él una y otra vez para amortizar una bombilla que se enciende cuando te descubre merodeando. Pero sigo preguntándome si no he desperdiciado una oportunidad única e irrepetible.
Ahora bien, el negocio más sorprendente que he visto nunca es el que ha aparecido este mes en algunos medios de comunicación. Una empresa visionaria ha comprendido que es mucho más rentable la idiotez que cualquier bien tangible y se ha dedicado a dividir la luna y a venderla por parcelas. Lo ponen fácil. Si no encuentras esa corbata que no necesitas, si los jerséis de saldo no te convencen porque ya traen pelotillas, o si cualquier bicoca innecesaria no sacia tus ganas de gastar más y más, ahora tienes la oportunidad de convertirte en alegre propietario de un terrenito en la luna por apenas cuarenta dólares el acre. No sé cuanto es un acre, pero suena bien y es baratito. Además no hay problemas de aparcamiento. Y hay buenas vistas.
Mi abuela no sabía contar, pero cuando soltaba unas monedas tenía claro que recibía algo a cambio. Quizás es que tenía tan poco que no era capaz de dar dinero si a cambio no podía tocar lo que compraba. Ahora ya estamos a otro nivel, adquiriendo lo intangible. Compras la idea de poseer una casa, pero la casa es del banco. Pagas por tener más megas en el ADSL, capacidad que misteriosamente dictamina quien te la vende. La música se valora de repente por lo poco que ocupa más que por sus acordes. Optas entre el Blue-Ray el HD-DVD, Wap o 3G, mp3 o aac, div-x o wmv… Siglas. Cambias el televisor digital por el analógico, sin reparar en que los programas apestan tanto si vienen en hertzios como en ceros y unos. ¿Es la porquería más aparente si se camufla en código binario?
Espero que llegue el día en el que nos cobren por nada. Honestamente, casi no me importa, porque ahora ya venden humo con cáscara. Así quizás nos percatemos de que nos han timado. Y aunque yo también vivo en este vórtice de tontería hueca, he tenido una idea que me apetecía compartir: Recostarse sobre la hierba húmeda es gratis, pero muy relajante. Pasear descalzo por la playa no cuesta dinero, pero es evocador y terapéutico. Y observar la luna, aunque no tengas una parcela en ella, puede llegar a ser muy entretenido y romántico. Leer, pensar o conversar son actividades edificantes. Estas cosas no pasan de moda, no necesitan actualizaciones y todavía no cobran por ello.
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Cabreado

Ahora que comienza el año hago un ejercicio de introspección y me pregunto por qué cada día estoy más cabreado. Y no lo sé, honestamente. Mi familia está sana y aparentemente feliz. Mi novia ha encontrado un trabajo y está contenta y, aunque se enfada conmigo de vez en cuando, parece que todavía me quiere lo suficiente como para seguir aguantando mis excentricidades. Tengo salud, buenos amigos y un trabajo estable con el que gano lo bastante como para no tener que reparar demasiado en el dinero que gasto. Así que no sé por qué estoy así de enfadado.
Las noticias y los periódicos ayudan bastante en el proceso de irritación. Me pregunto por qué no existe un medio de comunicación que sólo dé buenas noticias. Es evidente que una persona que madruga, va a trabajar obedientemente cada día, pasa ocho o diez horas entre cuatro paredes rodeado por una compañía circunstancial y no elegida, que come fuera de su casa, que regresa cansado y abatido, sufre los rigores del tráfico o la saturación del transporte público y que a final de mes ha de pagar una hipoteca que no coge vacaciones... es evidente, decía, que alguien que sufre tanto a lo largo del día, no merece llegar a casa y poner la televisión para ver un noticiario que le anuncie sin un resquicio de duda que el mundo en el que vive es una mierda monumental.
Que mi trabajo es desalentador también es verdad. Cuando semana tras semana mi jefe nos reúne para decir que no ha sido bastante, vuelvo a ponerme de los nervios. No es tanto que el rendimiento sea bajo, que no lo es, sino que para ellos nunca es suficiente. Cuando año tras año uno ve las cuentas de las empresas en las que ha trabajado, cuando los dueños bajan hasta nuestras alturas a fin de año para exponernos copa de cava en mano y canapé en boca que los beneficios han aumentado en un porcentaje desorbitado, cuando tres semanas después compruebas que tu sueldo sólo aumenta el IPC, entonces piensas que las cosas no son como deberían ser. Esto también es muy fastidioso.
Si alguien tiene que alegrarse porque las cosas van mal pero no tanto como podrían ir, es el momento en el que hay que cabrearse de verdad. Y siendo consciente de que hay personas en el mundo cuyas perspectivas más halagüeñas no rozan ni con la imaginación más fecunda todo aquello que yo ni siquiera sufro en mis peores pesadillas, no por eso dejo de anhelar los sueños que me ha generado una sociedad en la que se me prometía una suerte de felicidad eterna e incontestable. Cuando toda esta falacia se muestra en sí misma ya no encuentro un lugar para el descanso de mi conciencia, y es por ello que me enfado cada día más.
Pero como ahora las calles están llenas de luces que a golpe de vatio recuerdan que es el momento de los buenos propósitos para el año nuevo, deseos confesados en voz alta, yo sólo pido que si no encuentro la luz que me haga ver el lado más brillante de las cosas, que al menos me dejen seguir enfadándome. Ya que tal y como van las cosas es uno de los pocos derechos de los que todavía se puede disfrutar.
Feliz año nuevo.

Ciudadano y Delincuente

Mi nombre es Tristán. Ciento ochenta y dos centímetros separan mi coronilla del suelo. Cabellera castaña y crispada, dispuesta al suicidio el día menos pensado. Ojos marrones, dientes separados, cejas espesas. Complexión robusta. Mi madre decía que yo estaba fuerte, pero aunque el sobrepeso se pueda ocultar entre nombres diversos, delante de un espejo mi barriga no tiene apellidos... No sé, algo así enviaría a la comisaría más cercana para que me tengan fichado.
Y es que los políticos, que tanto se vanaglorian cuando intentan hacerme creer que velan por mi seguridad, me están conduciendo a la paranoia. No es que no tenga cierta tendencia a la delincuencia, eso está ahí, lo que me molesta es el hecho de ser juzgado antes de haber cometido un delito. Si algún día tengo la ocurrencia de viajar a Mallorca, sé que no le podré llevar una ensaimada a mi madre porque alguien ha sospechado antes que he sustituido la crema por Goma-2 con la idea evidente de hacer volar por los aires el avión que me habría de llevar de vuelta a casa. Quizás esa no sea la expresión adecuada, porque precisamente el avión volará por los aires, pero yo me entiendo. Mi intención no es reventar el aparato y llevarme por delante a todo el pasaje, cada uno con su potencial bomba de crema. Mi intención es merendar con mi madre mientras le enseño unas fotos. Si llevo un frasco de colonia, es para perfumarme o, siendo misántropo, para evitarle ciertos efluvios al que se siente a mi lado. No, no señor, no se me había pasado por la cabeza rellenarlo de nitroglicerina... Mi cinturón y mis zapatos o mi teléfono móvil no esconden artefactos explosivos. Dicho de otro modo, no soy un terrorista.
¿Cómo te quedas? Yo muy mal. No se trata de que tenga que pagar varios céntimos cuando compro un disco virgen, porque puedo hacer cosas malas con él. Cosas ilegales. No es que yo me sienta el Armagedon al coger el coche cuando podría ir caminando. No soy yo el que destruye los bosques, ni el ozono, ni mato a las focas. No soy yo el que seca los pantanos cuando me ducho o cuando bebo agua para quitarme la sed. No depende de mí tomar las medidas que lo evitarían, menos si me venden lo contrario. No se trata de que mis jefes piensen que mi principal objetivo en el trabajo es, precisamente, intentar no hacerlo. Lo que ocurre es que quizás, al pecar de cándido, todavía me rijo por una conducta tradicional en la que los buenos sentimientos imperan sobre la tentación de lo oscuro. Y se trata además de que nadie se ha disculpado todavía por llamarme delincuente cada vez que salgo a la calle. No quiero que nadie me pida perdón, a mí lo que me gusta es que piensen, a priori, que soy un buen chico.
Es justo cuando se duda de mi bondad cuando me enrabieto y me entran ganas de liarme a golpes, de robar, de quemar las calles, de dar un golpe de estado y de cagarme en la madre que parió a todos aquellos que me denigran amparándose en mi voto cómplice y criminal.

miércoles, septiembre 06, 2006

Una Mierda de Bronce

No me cabe la menor duda de que algunos nacen con una flor en el ojete. Ahí está la primogénita misteriosa de Tom Cruise que, recién nacida, ya produce dólares con la misma facilidad con que otros hacemos de vientre. Y es que me he quedado de piedra (aunque no tan dura como lo que sigue) cuando he leído que el orgulloso padre ha encargado una escultura de bronce inspirada en la primera deposición de la nena. Por mucho que uno recurra al eufemismo, esa deposición no deja de ser un mojón, un cagarro, una tola o una señora mierda. Y además la va a subastar. Y para mayor recochineo el precio de salida es de treinta mil dólares. Ahí es ná.
No quiero ni pensar lo que va a degenerar esa pobre niña cuya visión del mundo le indica que sus excrementos valen más que el azafrán. La tontuna de su padre ya es de risa y no viene al caso, pero un rayo de luz podría indicar a esa mente perdida en divagaciones adventistas que erigiese una estatua basada en cada una de sus películas. Incluso antes de rodarlas y dejarlo ahí. Al menos el bronce no hiede.
La cuestión es que el excremento broncíneo subirá en su puja hasta alcanzar un valor si cabe más desorbitado. Conviene precisar que lo recaudado irá a parar a una ONG preocupada por chicos con procedencias y destinos contrariados. Será entrañable escuchar el panegírico emocionado del donante, anunciando a los desgraciados muchachos: “Amiguitos, durante el próximo año comeréis y vestiréis gracias a la caca de la pequeña Suri Cruise. Oremos porque siga cagando durito.” No estaría de más que aclarasen a estas almas perdidas que sus evacuaciones no sirven para vestir o para comer. Sus excreciones son de segunda, no valen nada. Son tan sólo mierda. Y de la mala.
Es un lamentable caso de desprecio hacia la dignidad de los mortales. Me pregunto por qué no dona Cruise la recaudación de sus películas a esos pobres huérfanos o a algunos miles más, o quita el hambre a alguna población desahuciada o lo que sea, dado que sus bromas fílmicas no rinden precisamente réditos menores. ¿Y por qué no se queda él con esa magnífica reproducción del buen hacer intestinal de su baby? Al fin y al cabo esa cagada de escultura puede llegar a ser tan entrañable para un padre como el primer par de patucos que calza su hijo. Pues porque su mierda es tan apestosa para él como para nosotros la nuestra, aunque por algún motivo, producto seguro del desvarío, él considera que por ser suya, de su hijo o de su ano cienciólogico al resto nos debe resultar un manjar. Dulce de leche, vamos.
Deberíamos recordar más a menudo que hay gente que come lo que otros desechamos y aplicarnos el cuento sin hipérboles pues, dios nos coja confesados, todos llevamos un pedacito de Tom en nuestros corazones. Menuda mierda.

lunes, julio 17, 2006

El Sueño Inmobiliario

Hace unos días, a pesar del calor sofocante del verano, tuve un sueño de escalofrío. En mi sueño descubría una puerta en la que nunca había reparado en un rincón de mi casa. Preso de la curiosidad la abría y me encontraba en un pasillo que conducía a un salón en el que había otras puertas que daban a un par de habitaciones bien curiosas y a un patio. “Vaya”, me decía, “tres años sobreviviendo en un estudio y ahora resulta que esto es casi un hotel”. Tras la euforia inicial empecé a sospechar que mi dulce sueño escondía una pesadilla. Ignoro si la materia prima de los sueños es tasable, pero caí en la cuenta de que un agente inmobiliario avispado podría hipotecarme por el disfrute de un apartamento durante unas horas de mi vida, por muy dormido que estuviese. “No debería extrañarse, señor Tristán,” diría. “Sepa usted que la mayoría de los préstamos sólo avalan ilusiones. Y entre la ilusión y el sueño los matices son sutiles. Así que debe usted mil euros y si no despierta rápido quizás algo más”. Abrí los ojos alterado, encendí la luz, y di gracias a Dios por hallarme de nuevo en mi estudio. Nunca me había alegrado tanto de vivir en un espacio tan reducido.
Me sorprendí al encomendarme a Dios, en el cual no creo, aunque en estos casos de desesperación (o conveniencia narrativa) siempre resulta muy efectivo. Pensé que pedir un milagro para conseguir una casa mejor sería una salida airosa que, si bien es improbable, no lo es menos que encontrar un piso barato en el centro de Madrid. Y aprovechando que don Benedicto iba a pasearse por Valencia decidí que acudir a él sería encontrar al agente ideal, pues se dedica a vender parcelas en el cielo. El precio para conseguirlas es alto: hay que morirse y evitar pecados muy placenteros. Pero al planear mi visita al mediterráneo encontré que no había plazas en hoteles, ni en hostales, ni en pensiones sin estrellas y que alquilar un piso no me iba a costar menos de 3000 euros. Concluí que incluso en los entresijos de la fe se ha infiltrado el veneno de la especulación inmobiliaria.
Así que sigo, más resignado si cabe, en mi estudio camarote. Y pienso que la fiebre del ladrillo ha convertido este país en una suerte de campo de setas. Los pisos crecen como hongos y los micólogos de la usura se frotan las manos cada vez que la sombra de su avaricia se cierne sobre el terreno a edificar, alimentado por el lucrativo humus de una codicia sin límites. Los pisos son setas ponzoñosas que todos acabamos por comer, y que nos sumen en una alucinación que dura hasta cincuenta años o más. La ilusión de poseer puede más que cualquier efecto secundario, por muy nocivo que éste resulte. Y al final nos hacen creer que compramos (una quimera nomás) cuando lo que hacemos es vender, letra a letra, el sueño de nuestra libertad.


martes, junio 20, 2006

Sudoraciones en la Catedral

Se está perdiendo la conciencia de clase. Cada vez más a menudo me parece estar viviendo en el viejo chiste de los dos picapedreros que trabajaban en la construcción de la catedral de Burgos y que, sin saber que pasaban los días separados apenas unos metros sudando sangre con martillo y cincel en puño, acabaron conversando distraídamente en el rincón más umbrío de una taberna, buscando ambos el consuelo en un vaso de vino. Uno de ellos, el más ufano, preguntó al otro en qué ocupaba las horas de su día. El otro contestó sin disimulo que su mala fortuna le había conducido a pasar toda la vida arreando martillazos a unas condenadas rocas para poder llevar unas gachas calientes a su hogar cada noche. Después de esta declaración quiso saber a qué se dedicaba el primero, que afirmó sin un pestañeo de vergüenza: “Estoy construyendo la catedral de Burgos”.
Resulta escandaloso escuchar ese discurso que se refiere a los parias que vienen a nuestro país a tallar los sillares en los que se asienta el cuento chino que algunos atrevidos llaman la sociedad del bienestar. Cuando llego cada mañana a la oficina, encuentro compañeros que creen estar salvando el mundo en labores de calado titánico, olvidando que no hacen más que lubricar los engranajes oxidados de una noria que no divierte a nadie, de tan estridentes como son los chirridos de su cinismo. Muchos llegan a las siete de la mañana y aseguran que lo hacen para evitar compartir el metro con moros y sudacas que hieden a sudor. Estos colegas míos tan orgullosos de madrugar más que nadie, trabajan hasta las tantas para comprar un coche lujoso que les libere de la tiranía de la transpiración del metro, ese invento infernal para clases inferiores, sometiéndose sin embargo a la dictadura de las hipotecas, que exhala la fragancia inconfundible del perfume caro de los especuladores. Aunque tengo un olfato comatoso, que no distingue el aroma de una panadería del hedor del alcantarillado, no se me escapa el hecho de que tras diez horas en una oficina inteligente, que equivoca las temperaturas y nos sume en calores propios del mismo infierno, mis axilas y las de mis compañeros apestan tanto como un vagón de metro lleno de esos picapedreros que hablan con acento. Y una cosa es clara: por mucho que vivamos en ese prodigio del progreso que es España, ni yo transpiro agua de rosas ni los que se mueven por el subsuelo de nuestra mala conciencia sudan vinagre.
Como a mí el olor a sobaco me recuerda la historia de mi familia y la de tantas otras que me han traído hasta esta vida confortable de la que disfruto, prefiero viajar en metro cada mañana para no distraerme de la idea de que todos vivimos en la misma cantera. Las catedrales que las construyan los que se entretienen con los cantos de sirena de los anuncios de Rexona.

El Zoo Lógico

Algunas cabezas pensantes han decidido que tener un noventa y nueve por ciento del código genético idéntico al de los seres humanos da a los simios superiores la categoría suficiente como para que a ellos también les amparen los derechos humanos. Que conste que no me parece mal, a no ser por la putada que les van a hacer. A los primates, quiero decir. No sé cómo les va la vida, pues mi círculo de amigos no se relaciona demasiado con orangutanes, pero me parece una mala jugada que a partir de hoy un gorila que le arranque la escopeta a un cazador furtivo y se la meta por el culo (al pistolero) en un acto de defensa propia pueda acabar recluido, encapuchado y vistiendo un mono naranja entre combatientes ilegales en una prisión de Guantánamo.
A mí lo que realmente me interesa es ese uno por ciento que nos diferencia de los monos pero que nos acerca caprichosamente y, en distinta medida según el sujeto, a otros bichos. Me he puesto a comparar. Por ejemplo: hay una baronesa que ha decidido que su 1% es totalmente macaco y amenaza con subirse a los árboles (de forma nada romántica, a diferencia del barón rampante de Calvino) para golpearse el pecho desde allí y hacer que la miren. También hay un alcalde, que se pelea con ella, cuyo porcentaje está inspirado por los topos. Aparte de ser corto de vista y tener un morro afilado, socava y mueve la tierra del entorno en el que vive, que es el mismo en el que a otros nos impide vivir. Hay políticos que tienen un marcado acento tipo lemming: son roedores que agrupan a su alrededor a un número imposible de acólitos y después los conducen hacia el suicidio. Tenemos a suegras víboras, camellos, estudiantes linces, vecinas cotorras, adolescentes con pavo, artistas camaleónicos, vacas, tíos perros, hombres rana, tigresas... Mis últimos tres jefes han sido un felino que esperaba a encontrarte ausente para lanzarte un zarpazo, un mochuelo que se fijaba mucho, pero no decía ni pío, y un koala que se movía a cámara lenta, masticaba los yogures de modo pausado, como si fueran eucalipto, y le gustaba ser admirado.
Pero hay algunos sujetos a los que no se puede comparar con ningún animal, más que nada por no ofender a éstos. No conozco ningún animal que se dedique con tanto ahínco a joder al prójimo como algunos políticos, banqueros, empresarios sin escrúpulos o líderes religiosos. Gente tan absurda que ha hecho de su porcentaje algo absolutamente humano. Un porcentaje lleno de miseria, desprecio y repugnante mala baba, gente muy humana al fin y al cabo. Así que si a menudo haces el burro, o te rascas contra las esquinas como las cabras, duermes como un lirón o eres un poco cerdo, quizás sea lo mejor que te pueda pasar. No vayas a olvidarte de que también eres un animal, con o sin derechos.

Por La Puta Cara

Mientras escribo tengo la tele encendida y, cosas de la casualidad, me encuentro el programa “Allá tú”, donde un montón de concursantes, prosélitos del azar mal entendido, se enojan cuando no ganan cien millones de pelas por la puta cara. Hoy ha salido a jugar una concursante que no hace más que llorar, mezclando sentimientos espurios de congoja y humildad de cartón piedra con la ilusión de abandonar el mundo de la pobreza en un rato. Más tarde se verá que todo este lloriqueo ha sido en balde, pues no se va a llevar ni cuatro duros. Ese es mi deseo, que no gane nada. El programa es lamentable, pero lo veo todos los días porque me regocijo en la vergüenza ajena. De todos modos, entiendo el pensamiento advenedizo de los que pretenden convertirse en multimillonarios con la facilidad con que uno chasquea los dedos para eludir la rémora del trabajo diario, que es la piedra de Sísifo de los mediocres como yo.
Comentando con mi amigo Elías el destino funesto de los que nos levantamos a las seis y media para trabajar, éste afirmó que si a él le diesen la oportunidad de elegir un trabajo, sería el de alcalde de Marbella durante un solo día. El tipo sabe de lo que habla, aunque resulta un tanto siniestro darle la razón. Lo mío no es el choriceo indeseable de alcaldes y concejales piratas, así que no atendería a la oportunidad de convertirme en edil para enriquecerme con dinero ajeno. Las libertades que se han tomado todos estos pajarracos sólo se pueden recompensar con la emasculación, esto es: la castración. Eso, y que devuelvan lo mangado, se entiende.
Así que voy a dar un salto prodigioso hasta otro personaje menos nocivo, igualmente arribista, y que provoca arcadas: Paquirrín. Ese híbrido de primate y galleta campurriana, asevera que su padrastro, el infame Julián Muñoz (otro mangón marbellí) vive a la sopa boba, bajo la sombra –titánica- de Isabel Pantoja. Quizás arrimarse al sobaco de ese prodigio peludo sea otro modo (no falto de valentía) de labrarse un porvenir. Paquirrín, en un acto de honestidad, ha ido a la televisión para dejarse caer, como una camisa sudada, en un sofá y cubata en mano lanzar invectivas sobre el amante de su madre. Eso para ganarse unos dineritos, otra vez, por la puta cara.
Así que llego a la triste conclusión de que para alcanzar la gloria monetaria hay que ser un estafador, no tener amor propio o disponer de un estómago de cuero que no se resienta al besar las barbas de una folclórica. Como no me quite rápido el lastre de mi conciencia me veo cada noche dando cuerda al despertador para volver, de madrugada, a encontrarme con la condena del obrero eterno.

Matando Moscas A Cañonazos

Como no tengo Internet y sólo dispongo de unos diez minutos al día para hojear el periódico, vivo en una suerte de ignorancia sobre temas más o menos banales pero de urgente actualidad que me tiene reconcomido. Me preguntaba cuál sería el precio aproximado de un análisis de ADN. Eso en el caso de que el ADN se analice, que luego viene Diana y me reprocha que soy un ignorante. Qué quieres que te diga, chiquilla, si desconozco si el ADN se analiza, se pasteuriza o se desembrolla. Simplemente quería confirmar que mi sangre, mi código genético o mis ribosomas me diferencian de alguna forma notable de todos los gilipollas que, cada vez con más frecuencia, asaltan mi tranquilidad de espíritu con aberrantes demostraciones de idiocia humana. La tontería humana suena a redundancia hoy en día, tanto nos hemos empeñado en afirmar que el ser humano es el único capaz de actuar siguiendo una voluntad reflexionada o inteligente. No creo que sea muy inteligente, por otra parte, afanarse en demostrar que de entre todas las especies que pueblan este planeta, somos los únicos privilegiados que disponemos de la estupidez como patrimonio distintivo.
Hace algo más de un mes, mi indignación saltó como una espoleta cuando leí que un estúpido defensor de verdades cuestionables había intentado reventar el Teatro Alfil con el ánimo silenciar las acusaciones insultantes que Leo Bassi escupe sobre algunos buenos creyentes. De paso se habría llevado por delante a doscientos seguidores infieles que no sirven de nada. Quizás haga falta haber nacido con una sangre distinta para escuchar con calma una reflexión magnífica acerca de por qué algunas religiones caen en contradicciones tan rocambolescas que no se encuadrarían con propiedad ni en un Don Miki. De tal manera, me da la impresión de que la actualidad cada vez se asemeja más a un patio de colegio, donde el niño retraído que lee durante el recreo sufre los rigores del abusón sobrealimentado que pretende compensar su ignorancia a base de guantazos. Y es que últimamente la buena costumbre de la argumentación se combate con insultos y salidas de tono, cuando no con bombas incendiarias. Así que estoy deseando que un cura venga a explicarme su visión de este negocio, con la misma claridad y buen carácter con que Bassi lo ha hecho. Y que venga sin miedo, porque aunque no me agrade lo que me cuente, no pretendo quemarle la iglesia durante una misa, y además dejaré que las hostias las reparta sólo él. Amén.

miércoles, enero 25, 2006

Intelectuales Todo a Cien

Hay algunas personas que practican un tipo erudición al que yo denomino “cultura de mercadillo”. Su conocimiento de las cosas (en general saben de todas las cosas) es similar a las tiendas de Todo a 100, donde nunca hallas lo que buscas, pero donde encuentras en un mismo cajón calcetines con raquetas bordadas, útiles de cocina, herramientas, bragas, floreros, caramelos, trapos y distintos juguetes, llamativos al principio, de muy baja calidad después y de ninguna utilidad siempre. Hay una diferencia sustancial entre el Todo a 100 y los cultos de mercadillo: si bien es difícil rechazar las bicocas que se ofrecen en la tienda, es muy factible que uno decida no llevárselas. Sin embargo, el sabiondo de baratijas te endosa su disparatado repertorio de conocimientos sin pedir permiso, sin excusarse siquiera pero provocando una gran confusión en el que por accidente se ve obligado a escuchar, atender y dar coherencia a un discurso de retales mal entendidos.

La cultura de mercadillo viene acompañada de una querencia natural del conferenciante por el discurso plomizo y se convierte en un auténtico castigo cuando además se sazona con alguna de las siguientes especias: refinado sentido del humor, humildad fingida o falsa despreocupación.

Distingo además dos subespecies de tortura: el monólogo ladrillo y la gota en la sartén. Existe una tercera variante, la del ladrillo en la sartén, pero este no lo trataré porque se trata de un método muy expeditivo que agota y mata en cuestión de horas.

El monólogo ladrillo se caracteriza por ser un discurso a salto de mata. Un espíritu distraído es como una lombriz en un anzuelo. El abordaje es inmediato y tanto da que uno se muestre interesado, lo que evidentemente despertaría el ánimo didáctico del pesado de turno, como que haga muecas de desaprobación, amagos por atajar la conversación, que sufra un desmayo o que muera desangrado. La locuacidad desbocada de los catedráticos del verbo fácil disminuye sin duda su percepción de lo que comúnmente se denomina “el resto del mundo” y lo único que importa es disparar el monólogo, sin importar las consecuencias. Llamémosle por su nombre: diarrea vocal. El monólogo ladrillo no dura menos de 45 minutos. No trata necesariamente un tema de actualidad o de interés. Ni siquiera ha de tratar de nada. Basta unir palabras con un cordel kilométrico que no tiene fin. Las palabras salen a tropel, sin orden ni concierto, y con frecuencia aglutinan distintas facetas de la vida anodina de alguien, saltan de un viaje a Cuenca al precio de la merluza, de ahí a la crónica de sucesos y pueden concluir con una acertada reflexión sobre el ominoso futuro de Frijolito. Cuando el monólogo se sufre un máximo de una vez por semana (entendiendo siempre que el torturador es el mismo), entonces entra en la categoría de Monólogo Ladrillo. Si uno recibe más de una disertación semanal, la categoría se considera “Ladrillo en la Sartén”, de la cual ya dije antes que agota y mata con más eficacia que el tabaco. Si se reciben distintos ladrillazos de distintos plastas, el acoso se asume como la muerte del comendador, como un escarnio público. En este indeseable caso, hay que culpar al oyente mártir como poco ducho en las artes del regateo y si bien no se le va a señalar como el culpable de su propia muerte, sí se dirá que lo suyo fue un suicidio por torpeza.

La gota en la sartén es una variante menos agresiva en cuanto a dosis se refiere, pero igualmente nociva. Más que un monólogo es una colección de pequeños apuntes, algo así como una suerte de homeopatía que con pequeñas cantidades obtiene grandes resultados. Estos son, según se va intuyendo, una exasperación y un cansancio que desembocarán en el colapso nervioso. Se suele dar en los lugares de trabajo, pues el ejecutor ha de permanecer en el radio de acción del agredido. La víctima, como ente social que es, siente la necesidad de hablar con mayor o menor frecuencia, depende de su carácter. No es culpa suya, pues la comunicación es parte importante en cada momento de nuestra existencia, salvo cuando hablamos de fútbol. El agresor se entromete indefectiblemente en cada conversación, tanto si ha sido invitado a participar de ella como si no lo ha sido (caso frecuente, pues su intervención provoca rechazo una vez que ha sido catalogado como monologuista torturador). Haciendo alusión al tema del que la víctima habla, se torna protagonista en el diálogo, refiriéndose a experiencias pasadas por él o por un conocido (lo más habitual), en las que el resto de opiniones o acontecimientos vividos por otros son de escasa validez frente a los suyos, de interés impepinable por su intensidad y riqueza en los detalles. También se da el caso del aporte masivo de información poco trascendente, nada contrastada y falsamente documentada. Sirva el siguiente ejemplo: Hoy, sin ir más lejos, me he visto envuelto en una conversación acerca de las afecciones oculares que padece un compañero de trabajo. Tiene cataratas. Su edad es de 58 años. Otro compañero, agresor verbal recalcitrante, afirma sin pestañear: “Lo tuyo es un caso de mala suerte. La edad media para sufrir cataratas es de 65 a 73 años. Yo lo sé por la estadística de mi madre”. Su madre, para más datos, también sufrió cataratas. Es un caso común, convertir el hecho aislado en dato de facto. Una sola persona conforma una estadística. Pero hay que advertir que el intelectual todo a cien no siempre cae en fallos de forma tan aberrantes, en las que su ignorancia se descubre de modo ignominioso. Si no se hace referencia a la fuente de información (“la estadística de mi madre” por ejemplo), es más difícil descubrir sus mañas arteras. Recurro a otra experiencia que viví directamente hace no más de dos meses. Planeaba un viaje a Francia, a la costa bretona. Lo comenté en voz alta y un erudito de mercadillo sentenció sin que se le acelerase el pulso: “Pues se come muy bien en esa zona. Hay mucho marisco y mejillones y toda la hostia… Y son muy bonitos los pueblinos…”. Esta es la forma en la que se opina durante la gota en la sartén, inoculando apuntes inútiles a cada momento. Se introducen en la conversación como la carcoma, llenándola a la vez que la arruinan. Pero no ocurrirá en los primeros días, no, será con el paso del tiempo cuando nuestra voluntad ceda, cuando quedemos anulados por el apolillamiento de información inútil. Será entonces cuando el exabrupto salte y le rompamos los dientes al intelectual de mercadillo o cuando, de tanto aguantar, se nos reviente una arteria en el cerebro y nos quedemos hechos una piltrafa. En cualquiera de los dos casos, ese será el día en el que todo se arruine.

No encuentro una solución para los intelectuales todo a cien. Algún día moriré (un suicidio por torpeza) porque mi habilidad en la finta regateadora es mínima. No sé cómo demonios evitarlos, y una vez que me echan el gancho me cuesta horrores interrumpir de forma brusca su monólogo porque me parece una falta de respeto. Pero hacerme perder mi tiempo, turbarme y saturarme de mal humor, sin consentimiento, es algo peor que una falta de respeto. Es un crimen.

jueves, noviembre 10, 2005

Pasatiempos

Descubre a Tristán El Insurrecto

Pista: Es uno de estos tres y su estado denota enfado.

martes, noviembre 08, 2005

Cuestión de Clase

En los hogares con dinero se rompen vajillas de porcelana y cristalerías de bohemia porque dan un toque exquisito a las discusiones. Quién sabe si han dejado el duralex para los pobres, por eso de que se barre mejor.

jueves, noviembre 03, 2005

Espain is Diferente

Salgo atribulado de la oficina, intentando permanecer indemne tras las continuas agresiones a la honestidad que se perpetran en esta obra maldita y me encuentro con lindezas como la de la foto. Al menos me da la risa un rato.
Advertencia:
Vivimos atemorizados por la gripe del pollo, por la amenaza terrorista, por el choque de meteoritos díscolos, por el estatuto catalán y por el colesterol malo (bueno es sólo el del jamón, aunque atore las arterias). Sólo digo que alguien debería observar atentamente a las ingenierías. Desde dentro dan miedo. En ellas trabaja gente como yo. Sólo eso es suficiente para desconfiar. ¿No crees?

viernes, octubre 21, 2005

Ella dijo

Ella dijo:
- No me entiendes
Él contestó:
- ¡Claro que te entiendo!
Y ella concluyó:
- ¿No ves como no me entiendes?

Así empezó o acabó todo.
    

La vida

La vida no es fácil.
Tampoco es muy difícil.
Pero fácil, no es.    

miércoles, octubre 19, 2005

Misterio

Hoy mi compañero de trabajo ni siquiera ha dicho buenos días cuando entraba a la oficina. No ha levantado la mirada de la mesa desde hace más de cuatro horas, algo poco habitual si no estás muerto. No me extraña su comportamiento porque sé que es un paranoico, pero nunca había decidido guardar este silencio tan feroz. Le he preguntado si le pasaba algo y me ha respondido “No me encuentro bien, lo siento”. Le he preguntado “¿Estás enfadado?” y ha contestado “No lo sé”.

¿Se puede ignorar si se uno está enfadado?

No.

Este hombre miente y quiero saber por qué.

Es un misterio.

viernes, octubre 14, 2005

Listos y Tontos

En el lugar donde trabajo todos piensan que los demás son tontos.
Todos esos tontos piensan a la vez que son muy listos.
Si alguien cree que yo soy tonto se equivoca.
Yo no soy tonto. Pero el que lo diga de mí sí debe serlo.
Ya estoy pensando que los demás son tontos.
Esto es contagioso pero voy a evitar caer en los mismos errores de toda esta panda de imbéciles, porque yo soy muy listo y me doy cuenta de las cosas.

jueves, octubre 06, 2005

Incoherencia Bable

Paseando por las calles de Madrid, con el magín entretenido en las cuevas del subconsciente, me encuentro frente a un bar, el Mesón Pelayo, que anuncia orgulloso su “Especialidad en Comida Asturiana”. Animado por la idea de una comida suculenta, y convencido por el previsible colofón de pedorreta incontenible, me acerco a consultar el menú y esto es lo que me encuentro:

Primer Plato

Paella Valenciana
Ensaladilla Rusa
Gazpacho Andaluz

Segundo Plato

Tira Argentina
Hamburguesa
Pizza 4 Staglioni

Postre

Crema Catalana
Flan Chino
Macedonia

Pan, vino o refresco y café

Precio: 9 Euros

En fin, es lo que hay.

martes, octubre 04, 2005

De Loterías y Eclipses

Tengo la sana costumbre de apostar en las quinielas. Digo sana porque, tal y como están las cosas, hasta dormir provoca cáncer. Por el momento, las quinielas no han matado a nadie... Desconozco el dato, pero estoy convencido de que si alguien la ha palmado es porque le ha tocado el gordo y la sorpresa no le cabía en el pecho. No es que gaste mucho en las apuestas, no. Más bien, es un negocio deficitario. Fiscalmente, pierdo más de lo que gano aunque en este tipo de inversión hay que hacer otras consideraciones metafísicas o espirituales, por llamarlas de algún modo. Así, durante la semana me encuentro perdido en ensoñaciones que me llevan primero a dejar mi trabajo y luego a dormir una semana seguida y después a comenzar la compra desmesurada de yates, edificios, inversiones en bolsa, qué se yo, un enriquecimiento ridículo y anhelado a partes iguales. Son ilusiones, lo sé, que se desvanecen cuando comparo los números de mi boleto con los que el azar quiso sacar de los bombos de la suerte. Ridículo ¿verdad? Son bombos de la suerte, sí, pero de la mala, que la reparten a raudales. Aún perdiendo dinero cada semana, el balance entre la felicidad de imaginarme inmensamente rico y la decepción por aplazarlo una semana siempre resulta positivo. Digamos que verme forrado de billetes durante el resto de mi vida me cuesta unos trescientos duros a la semana. No es poco. Pero si no los pagase, no tendría la opción de pensar que voy a ser rico, ya que tengo la certeza de que ni mi trabajo ni mis virtudes, si es que tengo alguna, me van a llevar al olimpo de los magnates.
Todo esto lo llevo en un estricto secreto. Repartiré el premio cuando me toque. A tres partes. Ya saben los que lo tienen que saber que recibirán su parte. O quizás sepan que no era un hombre de palabra. En cualquiera de los dos casos, espero que lo descubran pronto.

Estaba conduciendo hacia Valencia el otro día. Hubo un eclipse. La luna pasó por delante del sol e hizo un anillo de fuego, como en la canción de Johnny Cash. Los oftalmólogos insistían en que usáramos las gafas homologadas. Unas gafas homologadas de cartón y plástico barato. Yo, con la falta de previsión que me caracteriza, que ni tenía las gafas homologadas (o las homologadas gafas, que diría Marcial Lafuente) ni miedo por abrasar mi retina, vi el eclipse a través del tercer lp de Tony Joe White. ¡Qué cojones! Si me quedo ciego, al menos podré decir que fue culpa del rock and roll. Bonita imagen. Sí señor. El anillo de fuego.

Cuando llegué a la oficina (con un notable deslumbramiento) encendí mi computadora y me encontré con el siguiente correo electrónico:
“Compañeros: Con tan extraordianario acontecimiento solar he decidido hacer una colecta para apostar al euromillones en el momento exacto en el que la luna tape al sol. Todos sabemos que las alineaciones entre astros y satélites ayudan en las tareas más arduas, proporcionan suerte y potencian las casualidades. Yo me comprometo a pagar la quiniela justo en tal momento, pues estoy convencido de que tendremos la mejor fortuna ese día y a esa hora, y nunca más”.

¡Menuda ocurrencia! “Que ponga dinero tu madre, chaval”, me dije yo. Esto es de psiquiátrico. No pensé más en ello.

Pero esta noche me he despertado pensando: ¿y si toca? ¿y si los astros influyen? ¿y si era verdad lo que me parecía una empresa ridícula? Y he sentido miedo de haber perdido la última oportunidad de vivir en un yate vestido de Armani.

Tengo que dejar de jugar a la lotería. Es una obsesión... No sé si hacerlo esta semana o la que viene. Consultaré el horóscopo, que siempre me saca de dudas.

miércoles, septiembre 14, 2005

La Humedad. Part 3.

A falta de palabras propias, que no llegan porque soy un jodido perezoso, al menos encuentro consuelo en las palabras ajenas, en este caso del guarro de Henry Miller. Veo que las preocupaciones son las mismas, lo que viene a confirmar mi teoría de que todo el mundo piensa igual, sin importar el idioma o la latitud. Un párrafo de "Trópico de Cáncer" se pone de mi parte. A disfrutar de este pedazo de humedad:

"(...) Después de una discusión de esa clase, a veces me vestía y salía a dar un paseo, bien abrigado con un jersey, un abrigo de entretiempo de Fillmore y, encima, una capa. Un frío húmedo, borrascoso, contra el que no hay otra protección que la fortaleza de espíritu. Dicen que América es un país de extremos, y es cierto que el termómetro registra bajas temperaturas casi nunca vistas aquí, pero el frío de un invierno parisino es un frío desconocido en América, es psicológico, un frío interior y exterior a la vez. Si bien nunca hiela aquí, tampoco hay deshielo nunca. Así como la gente se protege contra la invasión de su intimidad mediante sus altos muros, sus cerrojos y postigos, sus porteras gruñonas, desaliñadas y de lengua afilada, así también han aprendido a protegerse contra el frío y el calor de un clima vigoroso y tonificante. Se han fortificado: protección es la palabra clave. Protección y seguridad. Para que puedan pudrirse con toda comodidad."

miércoles, agosto 24, 2005

Las Horas del Día (ensayo sin conclusiones)

Hago cuentas de las horas que tiene un día y en qué las utilizo:

· Aproximadamente, ocho horas, ocho, se me escapan entre los brazos de Morfeo. En castellano: durmiendo.

· Tres horas las gasto en medios de transporte, yendo y viniendo de trabajar. A propósito de estas horas: Gasto tres horas en llegar a un sitio al que no quiero ir para hacer algo que no quiero hacer.

· Nueve horas – 9 – las paso en mi trabajo. De ellas, puedo pasar 6 trabajando y las otras 3 haciendo creer al resto que sigo trabajando.

· Una hora es para comer.

· Otra hora la gasto en hacer la compra y las labores de mi hogar… lo dejaremos en media hora considerando que ahora mismo hay una concentración muy notable de pelusa bajo mis pies. Tanta como para hacer un buen cojín. Hoy, el frigorífico está lleno de luz. Abro, le pregunto qué tiene y me responde mi voz. Sólo hay eco.

Me sobran dos horas.

Dos horas.

Dos horas no son nada.

Dos horas.

Joder.

Qué pocas horas tiene un día. Dos putas horas de agotamiento. Estoy cansado. Son dos horas que llegan después de 14 horas haciendo cosas que, excepto comer, me disgusta hacer.

Ahora mismo, no hay ninguna conclusión graciosa que extraer de aquí. Resulta lamentable.

Pensaba de hecho, que al día me sobraban menos horas. También es cierto que no he sumado esos pequeños momentos que se nos escapan. Esperar a que un semáforo se ponga en verde es un tiempo que se evapora, que no tiene sentido alguno excepto el de evitar que nos atropellen. Quizás sea suficiente. Quizás sea un minuto útil... Esperar. Esperar. Esperar.

Los días no tienen horas libres.

Son penosos.

Pero ahora estoy de vacaciones y me voy a la playa. A torrarme.

Ya pensaré en esto otro día. Y me obligaré a llegar a la conclusión de que, con tan pocas horas al día libres, nunca aprenderé a tocar el arpa.

martes, agosto 16, 2005

Consideración Religiosa

Dudo mucho que se hubiera generado toda esa hagiografía desproporcionada, tanta leyenda, tanto cuento chino y finalmente una iglesia a su alrededor si, en lugar de al contrario, Jesucristo hubiese convertido trescientos litros de vino en agua.
Habría sido lapidado y habría pasado a la historia como un idiota.
Eso para que nos demos cuenta de lo veleidoso que es el destino y de lo sencillo que es cambiar las tornas de la historia.

miércoles, agosto 10, 2005

Perogrulladas: Meditación canina

En ocasiones me doy cuenta de que si fuera un perro no estaría pensando que si fuese un hombre me encontraría a mí mismo pensando en gilipolleces como esta.

El Señor Mochuelo o La Guerra en las Sombras

El señor Mochuelo se me ha acercado esta tarde por la espalda. Sólo el sabe qué vendría pensando cuando me miraba a la coronilla. A mí no me hace falta girarme para descubrir su presencia, porque una nube tóxica de alquitrán le precede. Fuma tabaco negro y trae consigo un aroma rancio que anuncia su llegada con la suficiente antelación como para que me dé tiempo a calzarme el traje de la indiferencia.
Me temo que el señor Mochuelo tiene un pésimo concepto de mi persona. Incluso peor desde que ayer le di un giro sorprendente al tema de la humedad. Es un hombre tan serio... Se toma todo muy a la tremenda. Un día me reprendió porque yo no hice el servicio militar. Pronto comenzó a imaginar gestas no realizadas, invasiones extranjeras defendidas con coraje por él y los que salvaguardan los valores auténticos. En un momento de exaltación beligerante, percibí en su mirada un brillo de decepción al describir con extrema delectación, pero sabiendo que el acto no pasaría de sus ensoñaciones, la decapitación de un moro obcecado en su guerra por "arrebatarnos lo nuestro". Lo nuestro, para el Señor Mochuelo, son cosas como un coche no necesariamente bonito pero con un buen par motor, tener mucho trabajo aunque sea a tres horas de casa, poder fumar en la oficina a las 9 de la noche o disponer de tres kilos de naranjas para que se nos pudran dos... A veces me parece que lo nuestro incluye la virginidad de las españolas o el color de la piel, algo que en su caso no es nada atractivo para los inmigrantes (a partir de ahora los otros), pues el Señor Mochuelo es de un moreno pertinaz y tan feo que ni un mono querría hacerlo suyo. Habla de nuestra sociedad como si todas sus virtudes fueran partes de un proyecto en las que el ha participado. En consecuencia, dado que él ha sido parte integrante en el desarrollo de nuestra sociedad, no ve que ésta tenga ningún inconveniente. Si lo hay, es culpa de los idealistas.
- Si no te gusta, te vas - Me dijo una vez. Casi con rabia me espetó que yo era un "idealista". Los idealistas somos algo así como los comunistas para McCarthy.
Los idealistas, para el señor Mochuelo, somos todos unos gilipollas.
Los idealistas somos la termita en el mueble de la vida complaciente. No sé por qué se me incluye entre los idealistas. De hecho, ignoro qué remotos conceptos ha aglutinado el Señor Mochuelo para llegar a definir con tanto rencor a una especie que aborrece de tal manera.
Yendo algo más allá en toda esta terminología personal, los idealistas venimos a ser aquellos que sentimos simpatía por los otros. Los otros son esos atezados holgazanes que tras siglos de desidia han alcanzado la miseria y sólo ven una salida usurpando las ventajas de lo nuestro.
Lo nuestro ha sido conseguido con mañas muy válidas porque somos inteligentes. Los otros merecen calamidades para que los de aquí, los válidos, vivamos bien. Los idealistas hemos de pasar a ser los otros o habremos de subyugar nuestro discurso a la defensa de lo nuestro.
El Señor Mochuelo compila todo un embrollo de ideas reaccionarias y, para él, todo el que no las asuma es un idiota. Y yo soy un idiota más.
Pero él me necesita en su oficina. Es una pequeña derrota bien metabolizada porque contribuye al bien de lo nuestro. Yo trabajo en la sombra. Sólo pretendo ponerle nervioso. Provocarle una crisis.
Así que cuando ha llegado con toda esa humareda asfixiante, yo ya estaba preparado.
- Tristán, hay un trabajo que corre mucha prisa – Me asegura.
- Vaya, estamos todos igual. Todos con prisa. De hecho, yo me voy pitando. He quedado con unos amigos para tomar unas cañas y llego tarde. Au revoir.
Y con un gesto lleno de donaire, agarro mi mochila y me marcho por ahí con una gran sonrisa. Sé que hoy no habrá tabaco suficiente para calmar su ansiedad.

lunes, agosto 08, 2005

La Humedad. Part II.

Esta mañana me he topado con mi jefe. Son las ocho de la mañana y mi jefe llega sudando y pasándose el antebrazo por la frente.
- Es horrible esta humedad - afirma.
Ya lo sé. Me lo han dicho un montón de veces. Pero quiero darle un giro a la conversación, volver a sacar lustre a unas palabras que yo creía muertas. Me acuerdo de Radmunsen. Así que le respondo:
- Señor Mochuelo, sí que es horrible la humedad. No sólo por este sudor imparable, por este bochorno pegajoso, por esa horrible sensación de ahogamiento. Odio la humedad a la hora de follar, y cuando después de terminar me intento liar un canuto y se me apelmaza el tabaco... Pero cuando más detesto esta sensación de mojado por todas partes es cuando intento prepararme unas rayas de cocaína. Es que no hay manera. Y a todos mis amigos les pasa igual. Todos coincidimos en que es la más terrible consecuencia de la humedad.
El Señor Mochuelo ha dejado de sudar, está blanco pero mantiene esa mirada escrutadora suya. Y dice:
- Eres un depravado. Resultas peor de lo que suponía. Voy a intentar que te echen de esta empresa cuanto antes. Por todos los medios. Por mí, como si te vas ya. Eres una mierda.

Y yo con estos pelos.

viernes, agosto 05, 2005

Las prisas

Como la gente siga teniendo prisa va a terminar organizando sus propios entierros por si acaso llega el día y no encuentran el momento adecuado, o no están en la ciudad. Ya se sabe, siempre surge algo.

Se olvidan tantas cosas... O acaso es que no se saben. Yo me temo que antes no corría tanto todo. Y no me refiero ya a la velocidad, que es algo de lo que hablaré más tarde. Lo que me pregunto es si la gente estaría siempre pensando en lo que iba a hacer después…

Me resulta patético encontrarme el 7 de Enero de cada año mirando el calendario, para ver si las próximas navidades caerán en buena fecha. Si cobraré unos días más por pasarlos en casa, atragantándome con un polvorón... dentro de 365 días. Reduzco el año a hojear un almanaque y sobre el que planear mis vacaciones. Siempre pensando en unas vacaciones que al final se hacen tan cortas, tan decepcionantemente exiguas, que sin remedio acaban frustrando.

Pero yo sólo quería hablar de los aviones.

Nadie sabe si cuando los marineros que atravesaron el Atlántico en las carabelas (inmigrantes indocumentados, al fin y al cabo, con la connivencia de la monarquía reinante) se agolparon en las puertas del barco para salir a empellones. Sería comprensible, no obstante. Habían estado apoyados en una atracción de feria que no paró en 60 días.

Lo que no entiendo, y esto es realmente lo único que quería decir, es por qué la gente tiene tanta prisa por salir de los aviones cuando estos aterrizan. EXIJO que la gente reflexione y salga más tranquila. POR FAVOR, los han desplazado a una velocidad media de 1000 Km./h. ¿Quieren ahorrar más tiempo? ¿Tanta prisa tienen? Además ¿no van a tener que esperar hasta que al operario de turno le dé por colocar las maletas en la cinta? Joder, qué prisa. Qué aburrimiento de gente corriendo de un lado para otro.

Solo pido tranquilidad.

UN POCO DE TRANQUILIDAD.

jueves, agosto 04, 2005

La humedad

Me encanta que la gente hable de la humedad. Yo lo hago aproximadamente unas cincuenta veces a la semana. Es el único momento de mi vida en el que tengo un control total
sobre lo que hablo. Sé lo que voy a decir a continuación. Sé qué me van a contestar. Sé que se espera de mí y no soy tímido cuando hablo de la humedad. Voy a poner por escrito,
después de muchos años, todos los puntos que se agrupan bajo el epígrafe "La humedad y lo seco. La vida en la costa y en el interior":

- En la costa el ambiente es más húmedo. La humedad hace el calor muy pegajoso y el frío lacerantemente inclemente.

- No importa que te abrigues si hay frío húmedo. Es lo mismo cubrirse con una piel de oso que caminar en calzoncillos por el invierno gélido y mojado de Copenague. Porque el frío húmedo te cala hasta el alma de los huesos y no puedes hacer nada por remediarlo.

- Lo seco se aguanta mejor. El frío seco se acaba con una bufanda, aunque lleves la pilila al viento. El calor seco se aguanta mejor porque no sudas.

- En Madrid el calor es más seco.

- En la costa el calor es muy húmedo y riza el pelo. Se suda mucho, pero por la noche refresca.

Eso es todo. No obstante, reconozco que aunque la mantenga cada día, aunque millones de personas la continuen durante siglos, esta conversación está acabada. No da más de sí. No
tiene más aristas. Es un intercambio de frases vacías en estado terminal.

Cada vez que hables de la humedad, recuerda que tienes la boca llena de palabras muertas.

Hablar mucho de la humedad puede secarte la lengua y hacer que se te pegue al paladar y te ahogues.

miércoles, agosto 03, 2005

Buenos días señores. Hoy hablaremos de todo un poco.

Veamos. Esto es un blog. Mi blog. Blog me parece una palabra estúpida, como la mayoría de las que se inventan últimamente: E-mail, metrosensual, videoconsola, L-casei munitas... Mi blog se va a llamar:
Intereses Impersonales
Graciosa expresión. No lo considero un nombre estúpido.
Yo soy Tristán. Es mi nombre, qué le vamos a hacer.
Mi tío se llama Aniceto. Eso es peor.
No sé en qué va a terminar esto, honestamente.La cuestión será empezar a escribir aquí. Lo que sea. Llenar páginas y páginas con palabras que nunca acaban de salir, ya sea por falta de un interlocutor adecuado, por ausencia de valor o simplemente porque no encuentro el momento.
Total. Que en estas estamos. En el Puerto de Sagunto. Trabajando en una obra (Planta de Regasificación de Sagunto) que posiblemente estalle cuando se ponga en marcha. Eso serán fallas y no las de Valencia. Hoy es miércoles, 3 de Agosto. Faltan cinco días para que yo cumpla 29 años. Será la última vez que mi edad comience por 2, a no ser que llegue a cumplir 200 años. Eso sería gracioso. Ahora bien, no me gustaría tener pérdidas por entonces. Supongo que a esa edad ya habré meado mi próstata cuarenta veces y tendré un grifo de manguera para controlar mis aguas menores.
No quiero ser como Concha Velasco. Una gran actriz (o no) que ha perseguido la dignidad durante años y que de repente reaparece, con su pelo teñido, con su más apabullante sombra de ojos y con una sonrisa serena, afirmando, sin temblar, que ella se mea. Y lo dice tan feliz. Tiene pérdidas y no pasa nada. Fíjate tú.
También me haré caca. Solamente me pregunto una cosa a este respecto. Y ya termino, porque al fin y al cabo, tengo otras cosas que hacer. ¿Serán tan bonitas las mañanas? ¿Acabaré ensimismado cuando vea atardecer en la playa de mi pueblo? ¿Me seguirán gustando el cielo y las nubes, las montañas, los pájaros y las mujeres, el vino y todo lo que realmente me agrada si me hago caca?
Me gustaría que alguien respondiese. Quiero saber si la vida merece la pena cuando te haces caca y te tienen que limpiar.
Necesito saberlo.