lunes, abril 02, 2018

Pantuflas de Fieltro

Pantuflas de fieltro
El superhéroe vestía de incógnito aquella noche, con traje de calle y disimulando su rostro tras unas enormes gafas de pasta sin graduar y un peinado de recatado seminarista, como cada vez que quedaba con LoisCelebraban el primer aniversario de su noviazgo y él, por fin, había decidido invitarla a cenar a casa. Y ahora ella le hacía un regalo. Después de una sobremesa cargada de generalidades acerca de una vida ordinaria e inventada con las que le ocultaba quién era real-menterecibió con sorpresa el paquetito envuelto en papel de regalo que su novia le alcanzaba desde el otro lado de la mesa. Lois le espiaba con una sonrisa pícara. El superhéroe miró el regalo extrañado: dentro de la caja había un par de pantuflas de fieltro para andar por casa.
Hasta esa nocheel superhéroe había eludido alargar la velada después de cada cita y, tras ofrecer excusas apresuradas, solía volar hasta su lugar de retiro en el polo norte: una cueva cuquísima tallada entre témpanos de hielo pero diseñada con criterio espartano. Pasado un tiempo, el superhéroe se preguntó si no sería mejor  arrendar un pisito en el centro. Si no alquilaba algo pronto, pensaba, tendría que sofisticar aún más las evasivas con las que se justificaba antes de salir pitando tras todas sus citasEl trajín de atrapar a villanos y de deshacer entuertos no casaba bien con la distracción de buscar coartadasY al fin y al cabo, se decía, volar una hora cada noche hasta el polo norte, muerto de frío con su traje de licra finaentre vientos helados cuando no bajo truenos y lluvia, tampoco le ofrecía ninguna ventaja y sí bastantes  fatigasPronto alquiló un apartamento modesto de dos habitaciones cerca de la redacción del periódico donde se camuflaba como modesto reportero de provincias.
Tras la cena de aniversario, Lois le comenzó a visitar más a menudo y, primero con timidez y más tarde con descaro, le hizo saber que esa casa despedía un horrible tufo a pisito de soltero. Así que un día apareció con unas cortinas, unos cojines y unas velas aromáticas con las que dar un toque hogareño al saloncito. Más tarde trajo una cafetera italiana y una tostadora. Finalmente compró un televisor en el que verían películas mientras comían palomitas acurrucaditos en el sofá. El superhéroe agradecía estos detalles con poco entusiasmo. Nunca había sentido la necesidad de arreglar la casa y le parecía que pasar más tiempo en ella le retiraría de su empeño en lograr el orden y la justicia; cuando Lois le despedía a la salida del cine, o después de cenar, volaba presto a perseguir cacos, a rescatar autobuses que andaban a punto de despeñarse por un barranco o retrasar el apocalipsis unas horas másDe manera que ni el superhéroe necesitaba un colchón cuyos muelles no se le clavasen en el costadoporque nunca se acostaba, ni añoraba un sofá desde el que ver el telediario mientas cenaba. La mitad del noticiero la protagonizaba émismo con su ceñido traje azul de ondeante capa roja y el gesto confiado de un galán de Hollywood.
Meses después, sentado en un recién estrenado sillón orejero, el superhéroe miraba sus pantuflas calentitas y se decía que combinaban realmente bien con el pijama de franela a cuadros que Lois le había regalado por San Valentín. El superhéroe ha ido descubriendo poco a poco las bondades de la vida hogareña. Forzado al principio por la necesidad de fingir ante Lois que era un hombre banal y seducido más tarde por la comodidad de algunos muebles, ha comenzado a pasar cada vez ratos más largos en casa. Vestido con su pijama de franela, enfundados los pies en sus pantuflas de fieltro y mirando holgadamente el televisor desde el sillón orejero, se ha venido convenciendo de que era más saludable descansar de tarde en tarde que vivir siempre ansioso por atrapar a malhechores de poca monta. Yo me ocupo de los villanos de verdad y a estos rateros que los detengan los gendarmes, que se están volviendo perezosos, se decía. Con estos pensamientos se le iban las tardes viendo magazines en el televisor disfrutando del aroma a café con el que su moka italiana bañaba el apartamento.
El superhéroe apenas sale ya de casa cuando se cumple el segundo aniversario de su noviazgo con LoisEn ocasiones van al cine o a un restaurante pero, desde que vive en el piso, se ha aficionado a la cocina y prefiere cenar o ver una película en el sofá que soportar el tumulto de los locales del centro comercial. Con respecto a sus hazañas heroicasse ha ido forjando la idea de que tampoco resultaba muy necesario salir a ajusticiar a los villanos a los que antaño solía mantener a raya. Si antes le bastaba con atrapar a un tirano desaprensivo para justificar sus desvelos, a base de escuchar las noticias en la radio cada mañana entre sorbitos de café, ha concluido que de poco vale el esfuerzo si lo habitual es que el malo sea inmediatamente reemplazado por otro villano descocado. En realidad, se dice, su labor de superhéroe servía para poco más que para llenar las portadas del periódico en el que trabaja. Concluye que para llenar los bolsillos de su jefe, que no le revisa el sueldo desde hace varios años, mejor se queda en casa.
Unas semanas antes de su tercer aniversario con Lois, el superhéroe lleva su traje de licra azul con capa roja a una casa de empeños. Pensaba comprar un anillo de compromiso con el dinero que consiguiera, pero el traje está arrugado, huele a alcanfor y le ofrecen poco por él. Nadie se acuerda ya del superhéroe o si lo hacen es con el rencor que se profesa a los traidores, así que el traje no tiene más valor que un trapo viejoSale de la tienda lamentándose de su mala suerte pero se le olvida pronto cuando cae en la cuenta de que en un rato emitirán el último episodio su serie favorita. Como hoy hayhuelga de metro y autobuses, acelera el paso para no llegar a casa apurado. Podría ir volando en un tris perodesde hace un tiempono siempre recuerda que él todavía puede hacerlo.

martes, abril 04, 2017

El Dedo Anular

                 Alicia no tardó en acostumbrarse a mecanografiar sin el dedo anular de su mano izquierda. Nunca, hasta después del accidente, había reparado en que una parte notable de su jornada se le iba en teclear y asignar nombres a los asientos de los vuelos de la aerolínea para la que trabajaba. Se sentaba tras el mostrador de formica y observaba cómo se acercaban los pasajeros, tratando de adivinar cómo serían sus efímeros encuentros con ellos: anticipaba la suficiencia acre con la que la tratarían los ejecutivos hastiados de vuelos non-stop, el entusiasmo de las parejas de viajeros jóvenes o el aire resabiado de los turistas de más edad, que siempre encontraban motivos de queja. Con una sonrisa profesional y aséptica, Alicia amenizaba así sus días, mientras etiquetaba equipajes y repartía tarjetas de embarque.
                Cuando Guillermo le pidió matrimonio, Alicia hacía tiempo que había dejado de esperar la propuesta. Guillermo se perdía en consideraciones confusas sobre el anacronismo del matrimonio si surgía la conversación, o se enredaba tratando de apuntalar la hipocresía de una formalización burocrática del amor, de manera que Alicia se olvidó de esa posibilidad y enterró la ilusión de celebrar su boda algún día. De tal manera, la noche en que Guillermo se ausentó con cualquier excusa de la mesa del restaurante en el que cenaban, para acercársele poco después por la espalda y preguntarle con un susurro si se quería casar con él, Alicia se sorprendió a sí misma llorando de la emoción. Mientas Guillermo le deslizaba el anillo por el dedo, en solícita genuflexión, Alicia se sintió por un momento la mujer más dichosa de la Tierra.
                Unos días después, en el aeropuerto, una cinta transportadora junto a la que trabajaba Alicia se puso en marcha por accidente. Un arcón enorme e inestable que se tambaleaba sobre la cinta, acabó por volcarse sobre ella. Uno de los herrajes del baúl se enganchó en el anillo de compromiso y, en su camino hacia el suelo, arrastró con él las dos últimas falanges del dedo anular.
                Tras salir del hospital y recuperarse de las heridas, Alicia cayó en la cuenta de que si quería pasear agarrada de la mano de Guillermo, él eludía coger la suya. Cuando trataba de acariciar a su prometido, éste se revolvía incómodo y buscaba la manera de deshacerse de la caricia para acabar siendo él quien la tocase a ella. Alicia acusaba las miradas furtivas que Guillermo lanzaba con desagrado hacia el hueco dejado por el dedo ausente. Más tarde, cuando ya era imposible ignorar que el distanciamiento entre ellos era insoslayable, Guillermo le confesó que no era capaz de soportar la desaparición del dedo cercenado, ni tampoco el tacto de Alicia cuando le rozaba con el minúsculo muñón que asomaba. Así es como volvió a esfumarse la ilusión de Alicia por casarse, como si el amor se les hubiera ido por la brecha que dejó el dedo cortado. Guillermo se marchó y Alicia vivió días de duelo. Se lamentó largamente mientras intentaba discernir qué ausencia padecía más, si la del novio fugitivo o la de las falanges de su dedo, aunque al final, igual que su herida cicatrizó, también restañó la nostalgia y decidió no reparar más en ninguno de los dos vacíos que le habían quedado.

 
 

                La pareja de recién casados se encamina hacia la zona de facturación del aeropuerto tirando de dos grandes maletas envueltas por un plástico protector brillante. El rostro del hombre luce ojeroso, consecuencia de una noche de poco sueño y muchos licores. Ella, sin embargo, se muestra radiante, como si la emoción que rezumaba su rostro el día anterior fuera un maquillaje pertinaz del que no puede desprenderse con ninguna crema limpiadora. Buscan los mostradores de la compañía que los llevará de viaje de novios y, cuando los encuentran, se dirigen al primero que queda vacío.
                - Buenos días - saluda Inés con una alegría incontenible, mientras acerca los pasaportes y las reservas del vuelo a la encargada de la compañía aérea - ¡Nos vamos de luna de miel a las Maldivas!
                - ¡Qué envidia! - le contesta la mujer mientras recoge los documentos. Cuando pone su mano sobre el mostrador, nota que la novia da un pequeño respingo al reparar en su mano de cuatro dedos. Se fija entonces en el novio, que empalidece por momentos y que permanece callado. Intrigada, escruta su rostro durante unos segundos mientras él desvía su atención hacia otro lado, sin disimulo, evitando que sus miradas se crucen. Vuelve a consultar la pantalla de su ordenador y les indica con tono protocolario: - Inés y Guillermo. Sí, aquí estáis. Vuestro vuelo saldrá dentro de una hora desde la puerta 73. Aquí tenéis vuestras tarjetas de embarque. Que paséis unas estupendas vacaciones.
                - ¡Muchas gracias! - responde Inés con una sonrisa cada vez más expansiva. Mientras guarda los billetes en una carpetita de cartón azul, Guillermo ya hace un rato que se ha dado la vuelta y se ha alejado sigilosamente del mostrador.
                Se encaminan hacia la puerta de embarque, ella dando saltitos intentando alcanzar a su marido. Inés se entretiene buscando su reflejo en los escaparates de la terminal, procurando no perder de vista a Guillermo, que avanza tambaleante entre los pasajeros alienados que deambulan por la terminal. Inés se regodea al encontrarse frente a sí misma en cada espejo de las tiendas y se repite lo bien que luce su recién estrenado anillo de casada. Se acuerda del dedo cortado de la mujer del mostrador y aligera el paso para llegar junto a su marido, al que pregunta si sabe en qué dedo habría de llevar la sortija si no hubiera anular donde ponerlo. Guillermo camina tan ausente y con el gesto tan torcido que ni se preocupa en responder. Inés se encoge de hombros, y con un mohín de picardía le pregunta:
                - No te habrás arrepentido ya de haberte casado conmigo ¿eh? - Se ríe. Levanta su mano y estirando el dedo frente a la cara de él, le acerca el anillo para que lo vea de cerca - Pues esto ya no hay quien me lo quite a mí del dedo. – Y se lanza a abrazar su cuello, buscando los labios de Guillermo, que están tan tensos y secos que apenas responden al beso.
                - No, querida, no me arrepiento. Es que ayer bebí demasiado.

miércoles, marzo 01, 2017

Diario de una semana

Domingo - 5 de Febrero, 2017
 
Anoche, mientras discutía acaloradamente con un par de amigos en la barra del mexicano de la calle Olmo, perdí por un momento el hilo de nuestra conversación y me paré a escuchar lo que hablaban los tres que estaban acodados detrás de mí. Uno de ellos decía “… y eso que me he tomao tres porciones de pizza ná más”, y el otro “…es que a mí me pasa que no suelo beber alcohol blanco, y ya con el gin tonic me he quedao bien…”. Saqué mi teléfono y apunté estas dos frases, conteniendo la risa, mientras pensaba en lo aburrido que tiene que ser ir a los bares con los amigotes para hacer recuento de lo que comes y de lo que bebes.
Cuando volví a nuestra conversación, Fernando me apuntaba con el dedo y me decía: “…te estás pareciendo cada vez más a Javier Marías”. Y yo le respondí: “No, yo lo que quiero es que la gente escriba bien, usando las tildes y los dos signos de exclamación y los de las interrogaciones también, y si no lo hacen pues me cabreo”. Fernando se reía con todas sus ganas: “Lo que yo te diga, como el puto Javier Marías”.
Uno de los tres que estaban detrás sacó su móvil y escribió algo con media sonrisa en el rostro. Intenté ver qué anotaba pero no lo vi. Cogí mi whisky con Coca-Cola y me lo terminé de un trago. Le di un beso a Fernando y me fui a casa. Cada vez aguanto menos por las noches. 
Lunes - 6 de Febrero, 2017
Esta mañana, el autobús que me lleva a la oficina iba tan atestado que no he podido sacar el libro que llevaba para leer, que era lo único que me apetecía hacer a esas horas a falta de poder acostarme de nuevo. Por leer algo, he acabado fijándome en la conversación que mantenía por el móvil una chica que se apretaba a mi lado:


Acostumbrado a verlo en las películas, el amor diario y sin maquillar se manifiesta de manera muy prosaica. Y últimamente lo hace sin tildes, ni comas, ni signos de puntuación. Cada vez se escribe peor y yo me enfado como Javier Marías.

Martes - 7 de Febrero, 2017

Hoy sí había más hueco en el autobús, así que me he puesto a leer la última novela de Landero. Mediado el relato, el protagonista describe la profunda vergüenza que le asalta cuando extorsiona a sus padres para sacarles dinero. Al leer la palabra “vergüenza” he notado como creía un vacío atosigante en mi estómago. Era una sensación muy intensa, como si alguien me apretase con ambas manos en el abdomen, firmemente pero sin ejercer una fuerza excesiva. Esta presión ha subido hasta acabar oprimiéndome el pecho, donde ha empezado a surgir un calor muy focalizado, como si me hubieran introducido un globo con agua caliente entre los pulmones y la pleura. Así es como vivo mis sutiles crisis diarias de ansiedad.
Lo curioso es que ese arrebato ansioso no estaba asociado a nada que me hubiese ocurrido, sino que he sentido vergüenza y me he ruborizado sólo con leer la propia palabra “vergüenza”. Me ha alterado padecer un desasosiego por adelantado. A continuación, he sentido la necesidad de rememorar alguna situación vergonzante, de esas que me asaltan de vez en cuando, incluso años después de que hayan ocurrido y que aún me hacen sentir náuseas, exclusivamente por amortizar el excedente de vergüenza que estaba sufriendo sin ningún motivo… Finalmente, me he puesto a fantasear sobre la posibilidad de que estos ataques de realidad se hiciesen más comunes, qué ocurriría si comenzase a adelantar sensaciones sólo con leer las palabras que las definen. Hojear un diccionario sería una experiencia sensorial magnífica. Habría que evitar, eso sí, las palabras asociadas a la muerte, no fuese a suicidarme a golpe de términos funestos.
He llegado a la oficina y, un día más, no he encontrado a nadie a quién contarle estas mierdas que se me pasan por la cabeza.
 

Miércoles 8 de Febrero, 2017

Hoy he tenido una teleconferencia con los ingenieros de la oficina que dirigen el montaje de la planta bastante explosiva. Estaba bastante cabreado porque no están haciendo ni caso a las instrucciones que les enviamos hace meses y se han confirmado los temores más aciagos. Insistieron mis jefes tanto en comprar los componentes más baratos que al final se han roto. Cuando le advertí a mi jefe que esto podría pasar, me dijo: “Samuel, eres un purista”. Mi jefe tiene la puñetera habilidad de depreciarte con halagos.
Como iba caliente para la reunión, me he propuesto dejar hablar a los otros y permanecer en silencio. Si algo he aprendido con el paso de los años es a anticipar las situaciones en las que puedo acabar hecho un energúmeno. Como también he aprendido a identificar la resaca emocional que me dejan estas situaciones, y que me pueden durar días, me propongo no entrar al trapo.
treinta segundos he permanecido en silencio y luego, durante más de media hora, he soltado sapos por la boca, sin parar más que para tomar aire.
Ahora me arrepiento. Otra vez. Este será otro de esos recuerdos enquistados en mi memoria y del que me voy a avergonzar durante años. Otro oprobio más para mi interminable lista de malestares ridículos.

Viernes 10 de Febrero, 2017

 Hoy nos han llamado del banco para decirnos que nos han aprobado la hipoteca. He llamado a Ray para contárselo. “No sé si reírme o si echarme a llorar”, le he dicho. “Natalia sabe hacer las dos cosas a la vez. Esta noche quedamos para cenar y que te enseñe”. Me gusta quedar con Ray porque le quita hierro a mis paranoias.
Más tarde, nos hemos tomado dos botellas de vino y dos chupitos de un licor chino que marcaba 56 grados. “Esto tiene que ser ilegal”, ha dicho Ray y yo inmediatamente me lo he creído, porque él es abogado y porque yo ya iba bolinga y estaba blandito.

Sábado 11 de Febrero, 2017

Tengo una resaca mortal y tengo que sentarme a escribir un diario de lo que me ha pasado en los últimos siete días. A ver qué coño me invento.

viernes, febrero 10, 2017

Los símbolos

Ya me han dicho dos veces esta semana que me estoy pareciendo a Javier Marías, y no me lo dicen porque mi manejo de la prosa sea excelente sino porque estoy defendiendo con mucho ahínco el uso de los signos de apertura en exclamaciones e interrogaciones cuando se usa Whatsapp o Facebook. Y también reclamo el uso de los acentos y de las comas… En general, me estoy empeñando en invitar al personal a escribir correctamente o, al menos, a que lo intenten. Y quizás lo esté haciendo con más ímpetu del que estamos habituados a soportar últimamente, cuando la frivolización de cualquier cosa parece la norma y donde ponerse serio es síntoma de ranciedad o de parecerse a Arturo Pérez Reverte (máximo exponente de lo revenido, por otro lado).
Y aquí es donde paso a exponer mi defensa ante los cachondeítos: estoy de acuerdo con que el lenguaje evoluciona y con que hay que moverse a la vez que éste. Con lo que discrepo es con el hecho de que se confundan el lenguaje hablado y el escrito, porque el primero es inmediato y rápido  mientras que el segundo tiene sus normas y sus tiempos. Y si trasladamos la urgencia del primero al segundo, confundiendo el whatsapp (por ejemplo) con una transustanciación de lo oral en escrito, lo que está ocurriendo es que comenzamos a borrar las fronteras que delimitan ambos medios. Y lo anterior casi que me parecería bien si se quedase exclusivamente en ese ámbito. La cuestión viene cuando empiezo a ver que, independientemente del medio, cada vez se escribe peor y, en consecuencia, me entra mucha pena cuando dejo de ver párrafos largos y poco desarrollados, cuando veo más veces “q” que “que”, o “tb” que “también”…
Además, me encantan los símbolos de apertura porque me parecen una particularidad muy bella de nuestro idioma.
Y no tengo más que añadir, excepto que esta es mi batalla y que voy a seguir dando la vara aun a riesgo de acabar siendo un plasta.

lunes, enero 23, 2017

Los términos del contrato (microrrelato)

“No quiero volver a verte nunca más”, dice la mujer y ¡pop! su marido desaparece. Se asusta y dice “quiero que vuelva” y ¡pop! aparece un señor muy serio que no es su marido y que le indica que habría de tener más cuidado con lo que desea, que lo de “nunca más” era definitivo. "La próxima ocasión sea más explícita". “Bien, pues quiero que se comporte usted como mi esposo de aquí en adelante y que no me sea infiel nunca más”. El señor se muestra contrariado, pues acaba de comprometerse con su novia, pero reconoce que el entuerto es culpa suya por haber explicado de más los términos del contrato.

domingo, enero 22, 2017

Lenguaje no verbal (microrrelato)

Para implorarle que vuelva a casa, ha caminado hasta el hotel donde ella vive ahora. Previendo que alguna noche, borracho, la llamaría, se cortó la lengua para no poder hablar. Cuando pensó en mandar una carta, se cortó las manos para no escribirla. Hoy se le ocurrió ir hasta allí y pedirle que regrese. Como no tenía manos, no ha podido cortarse las piernas. Como no tenía lengua, no pudo pedirle a nadie que se las cortase. Así que ahí está, frente al hotel, dando brincos y haciendo unas morisquetas ridículas que nadie entiende y reafirmando a su exmujer en la decisión de haberle abandonado.

Periplo y Segundo Round (dos relatos encadenados)


Periplo
Desde una viga del techo una araña teje un hilo y se balancea en su resuelta travesía hacia el suelo. La araña se muere del miedo, pero la determinación de abandonar el techo, donde sufría de vértigos, ha vencido al pánico por la caída. En mitad de su viaje, se fija en una ventana y ve, al otro lado, un prado y vacas y montañas nevadas. Su pulso se acelera pues padece de agorafobia. Acelera el descenso. Pronto llega al suelo donde, entre aliviada y satisfecha, respira al fin tranquila. A continuación, la pisa un zapato y se acaban sus neurosis para siempre.
Segundo Round
Se acaban sus neurosis para siempre, piensa, cuando pise esa araña y diga adiós a la aracnofobia aunque, si quedase veneno en el suelo, podría emponzoñarse, así que correría a fregar con amoniaco, cuyos vapores le podrían intoxicar, de forma que se apresuraría a abrir la ventana para ventilar y entraría un aire tan frío que podría resfriarse, de tal manera que iría a por una bufanda al armario cuya puerta está suelta últimamente y podría caérsele encima, así que antes tendría que buscar un destornillador entre las herramientas, donde un alacrán agazapado le podría morder y matarle y acabar con sus neurosis para siempre.

miércoles, enero 18, 2017

El espíritu de la escalera


Q. ha llegado a la notaría quince minutos antes de la hora a la que ha sido citado. Considera que la puntualidad es una virtud inexcusable que denota respeto y elegancia y para no ser sorprendido en un renuncio, procura adelantarse en todos sus encuentros. Durante sus esperas, Q. anticipa el retraso de quienquiera que vaya a venir y, aunque es plenamente consciente de que no hay nada reprobable hasta la hora exacta de la cita, no deja de alimentar desde el primer segundo una indignación creciente, producto de sus barruntos desquiciados sobre una demora más que previsible. Partiendo de un resquemor sutil mientras pasea arriba y abajo frente a la puerta de alguna cafetería, Q. es capaz de alcanzar un cabreo furibundo en pocos minutos de espera, con independencia de que su cita se haya retrasado o no.

Q. recuerda, mientras hace tiempo frente al despacho del notario, los últimos encuentros familiares que le han traído hasta aquí. A pesar de tener cuarenta y siete años, Q. se ha venido sintiendo puerilmente culpable por detestar con tanta inquina las cenas navideñas, que en los últimos años han culminado en broncas muy violentas. Le costaba regresar a casa de sus padres, un trasunto deteriorado del hogar en el que pasó su juventud. Ser bienvenido por la misma alfombra de siempre, medio pelada y desvaída, le iba despertando una desazón inconsolable a medida que avanzaba por el pasillo hacia el salón. Le alteraban los cuadros que colgaban desnivelados de las paredes del corredor, el amontonamiento sin concierto de abalorios dispares sobre los estantes, las cartas sin abrir olvidadas sobre las mesillas, las figuritas de porcelana astilladas decorando una librería vacía, los platillos de la encimera donde se acumulaban flores secas y pilas gastadas... Encontraba vestigios de desorden en cualquier rincón. Mientras tanto, sus hermanas parecían obviar todo ese desastre, compartían chismes y ayudaban a su madre a poner la mesa, y sus cuñados fumaban y hablaban de banalidades entre risas y toses. Q. se irritaba estudiando las servilletas de tela, cuidadosamente dobladas pero gastadas y amarillentas, llenas de lamparones imborrables tras años frotando bocas sucias. Cuando reparaba en los cubiertos desparejados y con pintas de orín, o en los platos desportillados que se seguían usando para las ocasiones especiales, notaba cómo los vapores del mal humor se le escapaban por el cuello de la camisa.

A la hora de la cena, Q. había acumulado tal cantidad de reproches, inquina y mala uva que apenas encontraba la mínima oportunidad, deslizaba una queja amarga sobre el estado lamentable de la casa, los hábitos anticuados de sus padres o los comentarios poco prudentes de sus hermanas y sus maridos.

Que antes de la última cena de Nochebuena su padre se retrasase unos minutos charlando con los vecinos, haciendo esperar a su familia más tiempo del que Q. consideraba tolerable, prendió la mecha de su enfado. No perdió la ocasión de hacérselo notar con tibieza, apelando al mal gusto de tener a toda su familia aguardando con la sopa fría, rehenes de su cháchara eterna y cansina. Q. dio bríos a la furia de su padre. La madre intentó calmar la situación justificando con torpeza al hijo y desesperando aún más al padre, que le afeó esa manía suya de anteponer a sus hijos a la vez que le hacía de menos a él, que llevaba soportando sus desprecios toda la puñetera vida. Las hermanas de Q. se recompusieron en sus sillas y decían ya está, parad ya, mientras sus maridos se dirigían miradas cómplices y rompían el pan en pedacitos o apuraban sus copas de vino nerviosamente, sin saber muy bien qué decir. Q. se levantó de la mesa y sin dar más explicaciones se marchó de la casa haciendo aspavientos y dando voces por la escalera.

Con el ánimo remitiendo en el camino a casa, Q. intentó repasar la escena, enumerando los insultos hirientes que le había espetado su padre o qué había gritado una de sus hermanas para asustar tanto al marido, que acabó derramando su copa de vino de un respingo. Pero Q. no hilaba nada porque, en el apogeo de su enfado, la obnubilación le había impedido reparar en los detalles. Sentía que estas discusiones las tendría que ganar por ventaja. Por el contrario, se encontraba con un remordimiento insoslayable, con una sensación humillante de derrota que sólo tras toda una noche en vela iba apaciguándose, y que finalmente desapareció cuando se le ocurrió la respuesta con que habría callado a todos. Fantaseó con la ocasión perdida, con el ingenio rezagado, reviviendo la escena, imaginándose cómo podría haber conducido su discurso para zanjar la trifulca de modo tajante. Estudiando los mecanismos de las broncas familiares, se dijo, llegaría el día en el que terminaría arrinconándolos a todos con un gancho dialéctico definitivo. Los dejaría noqueados con esa idea brillante, incontestable y triunfal que nunca más llegaría tarde.

El notario es puntual, como era de esperar de un profesional tan riguroso, y recibe a Q. a la hora exacta de la cita. Q. entra en la oficina, se presenta y procede a explicar lo que requiere de él: en la noche del 24 de Diciembre, el notario acudirá a casa de Q. para levantar acta de las conversaciones que se mantengan durante la cena familiar que va a organizar. El notario asiente impasible mientras escucha la propuesta y, cuando Q. concluye su exposición, le indica que tendrá que acudir a la cena con un taquígrafo, por lo que el precio será mayor, considerando además que trabajar en Nochebuena incrementa notablemente las tarifas. Q. está de acuerdo con las condiciones y se levanta para despedirse. El notario le indica que aún no puede marcharse, no antes de redactar el contrato y firmarlo. Además tendrá que pagarle en efectivo y por adelantado. Q. se incomoda, pues no había contado con que el trámite le llevaría tanto tiempo y tendrá que apresurarse para no llegar tarde a su siguiente cita. Corre al banco para sacar dinero del cajero automático, que no funciona. Se niega a pagar una comisión desorbitada en una oficina cercana y sigue buscando otra sucursal de su banco. Se pierde a la carrera por las calles de un barrio que no conoce y donde no parece haber muchos bancos. Regresa exhausto y sudoroso al despacho, donde el contrato ya está redactado y el notario menea la pierna impaciente. Firma, paga y baja corriendo por las escaleras con el brazo ya levantado, por si pasa un taxi justo cuando salga del edificio. Los taxis tardan en aparecer y, cuando uno lo hace, el sol ya hace rato que se ha escondido tras los edificios.

Q. le indica al taxista una dirección en un barrio periférico y le pide que se apresure, que llega tarde a una reunión. El taxista responde que sí, que hará lo que pueda, y sigue conduciendo con parsimonia inquebrantable por calles donde todos los semáforos lucen en rojo. Q. se consume pensando en cómo le explicará a su próxima cita este retraso de más de una hora. Le avergüenza llegar tarde a un encuentro tan particular como el que le espera. Ha planeado mucho la siguiente cena de nochebuena y ha conseguido el número de un profesional que hace trabajos especiales. Dadas las circunstancias más extremas, ha pensado Q., habrá que terminar con la disputa por métodos más expeditivos. Si durante la cena se desata una discusión destemplada y Q. entiende que no va a ser suya la última palabra, ni siquiera tras el estudio exhaustivo de las actas levantadas por el notario, hará una señal al sicario y éste pondrá un punto final a todas las discusiones navideñas de su familia.

El taxi le deja bien entrada la noche en un cruce de calles. Q. se adentra por un callejón mal iluminando mirando su reloj, musitando quejas y renegando ostensiblemente con la cabeza. Se para frente a un portal alumbrado por un farol rojo y titilante. Llama a un número desde su móvil y a continuación espera hasta que por la puerta asoma un hombre muy corpulento, de rostro furioso. Q. se prepara para saludarle y excusarse por su retraso injustificable, cuando ve que el hombre empuña un revólver. Antes de que pueda decir nada, el hombre de rostro furioso ha descerrajado cuatro disparos en el estómago de Q.

Mientras se desangra en un callejón oscuro de un barrio periférico, Q. alcanza a escuchar al hombre de rostro furioso lamentándose por la falta de puntualidad hasta en los compromisos más serios, como si uno tuviese toda la tarde libre para perderla esperando a cualquiera.

miércoles, enero 11, 2017

Amor en papel

El amor se manifiesta de muchas maneras. El de Espe, que es puro amor, se hace patente (además de por otras muchas cosas que no os voy a contar) cuando se lanza a empresas con las que yo no me he atrevido en toda una vida.
Ahora, este blog está publicado.
Y yo soy muy feliz.
 
Quien lo quiera padecer se lo puede descargar aquí:
 
 
 

martes, diciembre 20, 2016

Biografía Escueta (Ejercicios de Estilo)

Biografía Escueta
Tras treinta y siete años trabajando con ahínco en una tintorería familiar, usando detergentes que mantuviesen vivos los colores en las prendas más delicadas y planchando faldas, camisas y pantalones ajenos para devolverlos bien lisos, Anita se miró una mañana en el espejo y vino a darse cuenta de que sus mejillas, antaño rosadas, se mostraban ahora desvaídas y su rostro, antes suave como la piel de un durazno, estaba de repente lleno de arrugas.
 Denuncia
Doña Ana Cañadas Bartolomé declara que su actividad profesional se ha desarrollado sin interrupción en la empresa Lavandería Peláez, sita en la Calle Sombrerete 18, planta baja, de la ciudad de Madrid. La duración de estos servicios cubre el periodo comprendido entre la formalización del contrato laboral, el 19 de Octubre de 1943, hasta la rescisión del anterior, unilateralmente y por parte de la denunciante, ocurrida el día 30 de Noviembre de 1980. Doña Ana Cañadas Bartolomé interpone denuncia contra su empleador y aduce que el uso continuado de diversos productos utilizados en el ejercicio de su trabajo y las mínimas condiciones de salubridad en el local donde se ejecuta la actividad han afectado negativamente a su salud, sin que en ningún momento se le advirtiese de los peligros que la actividad profesional podría tener para su integridad física.
 Chisme
“¡Ay que ver! ¿Has visto qué estropeada está Anita la de la Lavandería Peláez? Con lo guapa que era y el lustre que tenía de joven… Si hubiese trabajado menos y se hubiese cuidado más no andaría ahora tan arrugada, ni tendría esa cara que, de pálida que está, da pena verla.”
Contraportada
Con Lavandería Peláez, Samuel Tristán regresa a la novela entregando su historia más ambiciosa hasta el momento. Éste es un relato costumbrista de vidas entrecruzadas en un barrio humilde de Madrid, retratado a través de los ojos de una lavandera. En una sociedad polarizada tras la guerra civil, la historia que aquí se cuenta – con sinceridad, humor y nostalgia -  narra el romance entre Ana Cañadas, hija de unos campesinos burgaleses, y el sobrino de un militar franquista, dueño del local donde trabaja desde su juventud en la posguerra hasta los albores de la Transición.
Samuel Tristán (Madrid, 1976) se dio a conocer en 1999 con el libro de relatos Verdades Mostrencas (Premio de los Libreros de Algodonales). En Anagrama, también se han publicado sus novelas Los Tiempos Patéticos (2003) y Ambiciones Relativas (2009), además de Intereses Impersonales (2011), una antología de sus artículos de opinión para la revista Freek!
Diccionario*
Tras el tiempo transcurrido desde el nacimiento de Anita hasta el presente, teniendo una ocupación remunerada en un establecimiento donde se limpian o tiñen telas, prendas de vestir y otras cosas, limpiándolas con agua u otros líquidos, quitando mediante procedimientos mecánicos los pliegues deformes o irregulares que se hacen en la ropa, hecho esto con eficacia, empeño o diligencia grande, dirigió su mirada a una tabla de cristal azogado por la parte posterior en el que se reflejaban cada una de las dos prominencias que había en su rostro humano debajo de los ojos, que en un tiempo pasado fueron de un color que tiraba a rosa, y en este momento de un color apagado o poco intenso, y halló con sorpresa que la parte anterior de la cabeza humana desde el principio de la frente hasta la punta de la barbilla estaba ocupada hasta el límite de pliegues en la piel, ordinariamente hechos por efecto de la edad.
*  Este último ejercicio lo he confeccionado buscando las siguientes palabras en el diccionario de la RAE:
vida – ahínco – trabajar – tintorería – lavar – ropa - planchar –mirar – espejo – mejilla – antaño – rosada – ahora – desvaída – encontrar – rostro – lleno –arruga